BRUSELAS – En los últimos meses, Estados Unidos se ha embarcado en negociaciones sobre dos cuestiones geopolíticas distintas pero igualmente tensas: poner fin a la guerra de Rusia contra Ucrania y asegurar garantías de que Irán nunca desarrollará armas nucleares. Aunque estos esfuerzos no están relacionados, juntos ponen de relieve el profundo cambio que está experimentando la política exterior estadounidense bajo el mandato del presidente Donald Trump. En lugar de operar dentro de un marco basado en reglas que tenga en cuenta las limitaciones, las dinámicas de poder y la estabilidad a largo plazo, EE. UU. ha adoptado el transaccionalismo o, más precisamente, la negociación de posiciones.
Trump lleva tiempo promocionando su formación empresarial y su capacidad para cerrar tratos como la clave para romper estancamientos y promover los intereses de Estados Unidos. Su administración aborda cada disputa de la misma manera: con negociaciones bilaterales estrechas y un uso abundante de la influencia. El tono es siempre adversarial, la suma es siempre cero y la única medida del éxito es si se alcanza un acuerdo (y con qué rapidez).
Este enfoque puede funcionar para las transacciones inmobiliarias, pero es lamentablemente inadecuado para los desafíos diplomáticos complejos. Negociaciones como las de la guerra de Rusia contra Ucrania y las supuestas ambiciones nucleares de Irán no deberían aspirar a fijar las condiciones de un intercambio puntual, sino a construir un marco capaz de configurar y gestionar los acontecimientos futuros; uno que sobreviva a sus arquitectos, resista los cambios políticos y limite las opciones de los futuros gobiernos. Tal durabilidad es imposible de lograr sin tener en cuenta la historia, las alianzas y las estructuras de poder.

Hay pocas razones para creer que el designado por Trump para dirigir negociaciones sensibles —el enviado especial Steve Witkoff, multimillonario promotor inmobiliario, magnate de las criptomonedas y viejo compinche de Trump— sea capaz de diseñar un marco de este tipo. Pero eso no le importa a Trump, quien insiste en que solo alguien de fuera puede romper los bloqueos de larga duración. Libres de las mentalidades y protocolos diplomáticos tradicionales, alguien como Witkoff o el otro "enviado" favorito de Trump, su yerno Jared Kushner, supuestamente pueden idear soluciones novedosas y actuar con una agilidad sin precedentes.
La afirmación implícita es que la experiencia es una carga, las instituciones son una barrera y los conflictos no resueltos son simplemente tratos que esperan ser cerrados. Pero la guerra de Ucrania no es una táctica estrecha, y Rusia y Ucrania no son dos magnates que compiten por unos cuantos dólares extra. Se trata de un choque de proyectos políticos: Rusia busca la gloria imperial y el dominio regional que cree que se le debe, y Ucrania defiende su libertad, soberanía y democracia. Para las partes implicadas, lo que está en juego no podría ser más importante. Witkoff califica el conflicto de "tonto".
Trump respalda a figuras como Witkoff en parte porque no puede imaginar un escenario en el que las consideraciones comerciales no sean primordiales. Pero también está enviando un mensaje: en esta nueva era, la autoridad no deriva de las estructuras institucionales, sino de la proximidad a él. El poder personalizado es la clave del juego, y el apalancamiento es la forma de ganarlo.
Trump no está interesado en la ardua tarea de alcanzar un equilibrio duradero; quiere presionar a la parte más débil para que acepte un acuerdo rápido que él pueda presentar como una victoria. Esto es válido para Irán, que se enfrenta ahora a un rápido despliegue de medios aéreos y navales estadounidenses cerca de sus fronteras. Y es válido para la asediada Ucrania, a la que EE. UU. ha intentado imponer repetidamente condiciones de paz draconianas, aunque Trump se ha visto decepcionado por la negativa de Rusia a aceptar incluso un acuerdo claramente sesgado a su favor.
En la mente de Donald Trump, la presencia europea en estas conversaciones solo puede ser un estorbo, especialmente en Ucrania. No solo quiere evitar tener que compartir el mérito de cualquier acuerdo; sabe que sus homólogos europeos no se conformarán con un arreglo que institucionalice graves desequilibrios, en lugar de ofrecer soluciones estables a largo plazo. Como tales, exigirían el tipo de garantías institucionales y de cumplimiento creíble de las que casi con toda seguridad carecería cualquier acuerdo mediado por Witkoff o Kushner.

Esto, más incluso que las (muy reales) deficiencias de capacidad de Europa, explica por qué EE. UU. ha intentado excluir a la Unión Europea de las negociaciones sobre Ucrania, por no hablar de Irán. La administración Trump se ha comprometido a controlar tanto el formato como el resultado. Pero cualquier acuerdo no será más que una expresión de dominio. Podría conducir a una pausa en las hostilidades, a una relajación de las sanciones o a un apretón de manos de gran repercusión, pero no a una paz o estabilidad a largo plazo.
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Las consecuencias se extenderán más allá de Ucrania e Irán. Cuando la principal potencia del mundo adopta la negociación de posiciones en lugar de una diplomacia ponderada, remodela los comportamientos y las expectativas en todo el sistema internacional. Los estados poderosos fuerzan los límites. Los estados más débiles se apresuran a buscar su propia influencia. Los aliados se cubren las espaldas. El giro hacia la negociación de posiciones no provocará el colapso del sistema mundial, pero provocará una mayor volatilidad, a medida que las normas, relaciones e instituciones de larga data sigan erosionándose.
Diga lo que diga Witkoff, las guerras no son disputas "tontas" a la espera de un intermediario ágil que actúe a instancias de un gobernante autoritario. Presionar a las partes más débiles para que renuncien a sus intereses a largo plazo no hace sino redistribuir el riesgo y posponer el ajuste de cuentas.
(*) Exministra de Asuntos Exteriores de España y exvicepresidenta senior y consejera general del Grupo del Banco Mundial, es profesora visitante en la Universidad de Georgetown.