Sábado 10:48 hs. Cuando uno entra en el bar notable Varela Varelita, entiende que sus raíces son profundas, pero no se entera hasta qué punto.
Al fondo del bar, sobre mesas juntadas: medialunas, jarritos y tableros de ajedrez. Alrededor; cuatro abuelitos jugando, charlando y gastándose bromas.
– “¡Mirá tu caballo! ¡Mirá cómo le hago bailar tango!”
Pronto, Héctor se entera de la jugada, abandona y me dice “¡Sentate y jugá hijo! Yo descanso.” Reinicia los relojes, coloca las piezas y se sienta en otra silla para leer el periódico.
Sábado 11:05. Mi oponente me tiende la mano. En ese apretón breve caben el gusto de conocerme y la declaración de desafío cortés. Se llama Artemio. Ese abuelo flaco siempre lleva boina y camisa, le gusta jugar la siciliana, y vive por San Telmo: tiene todo de la elegancia del artista porteño.
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Mientras empezamos la partida, me cuenta que se conocieron todos hace medio siglo en una asociación cristiana. Se juntaron una vez para jugar, y esa costumbre quedó. “Está bueno para la memoria, igual” me asegura antes de darme un primer jaque.

Detrás del periódico, Héctor se ríe y le dice: “No tan bueno para la memoria Artemio: nos conocimos hace sesenta años y no cincuenta, ¿en serio no te acordás?” Pero para esas enciclopedias ambulantes, diez años son como boletos de cien pesos; vienen y se van sin contarse.
Sábado 13:25. Ya vamos jugando algunos partidos, y claro; me va ganando Artemio. Al lado mío, un regordete que lleva bigote repite por tercera vez: “Como decía el turco: estamos bien, pero vamos mal”. José Luis le acaba de comer un alfil, y Quique está por rendirse otra vez. Se dice que, en algún tiempo, a Quique no le podía ganar nadie, que además era un campeón de finales.
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Pero, poco a poco, se fue perdiendo la memoria. Así que, cuando el cansancio lo alcanza, en medio de una partida, pasa sin razón de jugar con las blancas a jugar con las negras. “No me afanés mi reina, chorro” se ríe José Luis justo cuando Quique se equivoca.
Y Quique, manos arriba como para arrepentirse: “A la reina de un amigo no se toca, es verdad… eso, sí que es verdad”.
Sábado 13:55 – El mozo que está corriendo por todos lados con gafas negras y una sonrisa de oreja a oreja se llama Frey y es colombiano. Pronto nos atiende. Le pregunta a Quique si quiere pedir algo, entonces el ajedrecista medio perdido se gira hacia Héctor y le pregunta: “Che, ¿aquí hay merluza verdad?”
Y claro, Héctor le contesta que no hay, que además acaban de desayunar, y que pedirán dentro de un rato. Entonces, la mirada de Quique vuelve al tablero: “Y ¿a quién le toca ahora?”
Sábado 15:03 – “Mirá te explico. Este… Tuvimos dictadura, tuvimos democracia, incluso tuvimos muchos débiles y corruptos al poder. Pero un loco así, aún no conocíamos.” Es hora de política. Mientras llegan los huevos revueltos bien cocidos, las papas, las empanadas, los juguitos y un fernet con soda para Héctor, hablan de jubilación, de la reforma laboral, de la inflación, de los que no llegan a fin de mes, y me adentran en la historia argentina comparando épocas y dinámicas sociales.
En medio de una frase, José Luis se acerca y baja la voz como para decirme algo importante: detrás de nosotros hay un ex primer ministro. “Ese tipo, por ejemplo, él sí que tenía coraje”.
Sábado 16:15 – “¿Vamos por la revancha, o qué?” pregunta Artemio ya moviendo el caballo antes de que Frey termine de limpiar la mesa. Y así siguen un rato más mientras Héctor me cuenta su cotidiano: bailar tango, cenar en peñas, pintar barcos sobre el mar, participar en grupos de lectura y, una vez al año; se van todos al Tigre.
“Quizá iremos juntos una vez. Para que sepas: salimos en coche desde Thames y Santa Fe. Acordate: Thames y Santa Fe.” Ahora llega el hijo de Quique. Viene a recogerlo. Entonces pedimos la cuenta y antes de irse en bici José Luis me dice: “Bueno, ¿nos vemos el próximo sábado che?”