Hay una hermandad ineludible entre la Séptima sinfonía en do mayor opus 60 (1941) del compositor ruso Dmitri Shostakovich-que el próximo 1º de marzo interpretará en el Teatro Colón la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires dirigida por James Conlon-, y la gran novela del escritor, también ruso, Vasili Grossman Vida y destino, escrita en 1959.
Si bien a las dos grandes creaciones artísticas las separan casi dos décadas, a ambas las caracteriza su monumental tamaño: unos 80 minutos de más de cien instrumentistas demanda la interpretación de la primera; algo más de 1100 páginas componen la segunda. Asimismo, las dos producciones abordan y están atravesadas por uno de los momentos más trágicos de la historia del siglo XX, como fue la invasión nazi a la Unión Soviética.
La primera, el sitio de Leningrado, durante el cual el compositor compuso la mayor parte de la pieza; la segunda, la batalla de Stalingrado. Pero si bien estos y otros tantos componentes las vinculan fuertemente, hay uno que resulta ineludible en ambas y es que sus creadores sufrieron las consecuencias de haber denunciado, de modo más o menos explícito, junto con los horrores del nazismo, los del régimen stalinista.
En efecto, al intentar publicar en 1959 la segunda parte de lo que luego sería su novela más famosa, Grossman sufrió, incluso ya muerto Stalin, no solo la censura lisa y llana del Politburó, sino también la violación de su domicilio por parte de la KGB y la confiscación de los manuscritos. Años más tarde, una copia microfilmada de aquellos y que había sido enviada a Suiza, pudo recuperarse y publicarse en 1980, seis años después de la muerte de Grossman, quien abandonó este mundo convencido de que su obra, tan querida, se había perdido definitivamente.
Por su parte, hay documentación que da cuenta de que el compositor -que ya había transitado en carne propia la experiencia de la persecución de Stalin en ocasión del estreno de su ópera Lady Macbeth del distrito de Mtsensken, 1934-, compuso su sinfonía en homenaje a la resistencia de su ciudad natal frente a la invasión nazi. Sin embargo, en sus Memorias, Shostakovich llegó a expresar que lo había hecho como denuncia de los años previos a la invasión, es decir, los de las purgas stalinistas de 1937-1938.
Sea como sea, resulta insoslayable que ambas obras dan cuenta de dos de las más emblemáticas expresiones artísticas de lo que fueron las tragedias y el horror del siglo XX. Y por ello ambas terminaron convirtiéndose en verdaderas obras-símbolo.
La sinfonía de una ciudad heroica
De las quince sinfonías compuestas por Shostakovich en el arco de una vida que se extendió entre 1906 y 1975, la Quinta y la Séptima son las más famosas, aunque esta última no suele ser de las ejecutadas con mayor frecuencia dadas sus enormes exigencias.
Subtitulada A la ciudad de Leningrado o simplemente Leningrado -la siguiente llevaría el nombre de Stalingrado-, el compositor dio inicio a su obra apenas dos meses después de que Hitler invadiera la Unión Soviética en junio de 1941, dando inicio al prolongado sitio de la ciudad que se extendió por novecientos días.
La miopía que padecía el músico hizo que no se lo alistara en el ejército, lo que le permitió pese al avance devastador de los nazis, escribir con celeridad tres de los cuatro movimientos de que se compone la obra. De su actitud resistente frente a la adversidad, da cuenta su participación en una emisión especial de radio en la que anunciaba, a mediados de setiembre, sus avances: “Hace unas horas terminé de orquestar el segundo movimiento de mi más reciente composición”, dijo.
“Si logro trabajar bien y si puedo terminar el tercer y cuarto movimientos, la obra será mi Séptima Sinfonía. A pesar de la guerra y el peligro que amenaza a Leningrado, escribí muy rápidamente los dos primeros movimientos […] Les cuento esto para que sepan que la vida continúa en nuestra ciudad. Como nativo de Leningrado […] siento agudamente la tensión del momento. Mi vida y mi obra están íntimamente ligadas a esta ciudad” (Dmitri Shostakovich. Genio y drama, de Carlos Prieto).
Pero si bien el contexto en el que llevó adelante su composición y, fundamentalmente, el espíritu que emana de la partitura de Shostakovich -sobre todo en el expandido primer movimiento en el que la serenidad inicial se irá deformando y transformando al son permanente del redoble de un tambor- ya eran suficientes para que la música revelara convincentemente el contexto vivido por el músico, el devenir inmediato posterior de la sinfonía vendría a reforzar y a proyectar aún más esa trágica imbricación entre obra y condiciones de producción.
En primer lugar, su estreno mundial, en marzo de 1942 en la ciudad de Kuibishev. Inmediatamente después, el estreno estadounidense que resultaría decisivo para la fama mundial posterior del compositor, ocurrido en julio y a cargo del afamado y comprometido antifascista director Arturo Toscanini.
Un hecho capital en la historia de la música contemporánea solo posible -como le ocurrió al texto de Grossman aunque ya en un capítulo más representativo de la Guerra Fría que de la Gran Guerra Patria-, gracias a una partitura microfilmada que de modo secreto recorrió Moscú, Teherán, El Cairo y Casablanca para ser recogido y llevado a los Estados Unidos en un barco de guerra. Y, finalmente, el conmovedor estreno en la propia Leningrado, con el escaso número de músicos de la Filarmónica que habían logrado sobrevivir al hambre y a la desolación, y en el medio de los bombardeos nazis.
Aquella sucesión entre espectacular y dramática de estrenos de la obra inmediatamente después de concluida la partitura, terminaron dando a la Séptima Sinfonía y a su autor una proyección mundial inmediata. Al punto que la revista Time incluyó el retrato de Shostakovich en la tapa de su edición del 20 de julio de 1942.
En la misma, el compositor aparece en una fotografía estilizada de otras que circularon en su ciudad natal con el casco de bombero, oficio que el régimen soviético le asignó luego de rechazar la intención del músico de alistarse como voluntario en la guerra cuando estaba imposibilitado por sus serios problemas visuales. Acaso pueda leerse esa operación periodística en el marco del estreno americano de esta emblemática pieza y bajo la batuta de un director abiertamente pro-aliado, como una anticipación del clima de la Guerra Fría que comenzaría a vivirse inmediatamente después de finalizada la conflagración mundial.
Sea como sea, lo cierto es que la Séptima Sinfonía de Shostakovich quedaría, de allí en más y hasta nuestros días, como la única pieza musical compuesta en condiciones tan trágicas y tan plenamente asociadas con las implicancias de una guerra que dejó en ruinas a una ciudad, aniquiló a miles de personas y sumió a una enorme cantidad de sobrevivientes en estado de total desesperación.
Si mediante el lenguaje musical, Shostakovich dejó para la posteridad la terrible significación de estos hechos, lo propio haría con las palabras Grossman, quien en las últimas páginas de su novela describe, conmovedoramente, la incertidumbre y la desolación que el final de la guerra dejó a tantos miles de ciudadanos:
“Y aunque ninguno de ellos pueda decir qué les espera, aunque sepan que en una época tan terrible el ser humano no es forjador de su propia felicidad y que solo el destino tiene el poder de indultar y castigar, de ensalzar en la gloria y hundir en la miseria, de convertir a un hombre en polvo de un campo penitenciario, sin embargo ni el destino ni la historia ni la ira del Estado ni la gloria o la infamia de la batalla tienen poder para transformar a los que llevan por nombre seres humanos.
“Fuera lo que fuese lo que les depara el futuro […] ellos vivirían como seres humanos y morirían como seres humanos, y lo mismo para aquellos que ya han muerto; y solo en eso consiste la victoria amarga y eterna del hombre sobre las fuerzas grandiosas e inhumanas que hubo y habrá en el mundo” (Vida y destino, p. 1093).
Sonidos y palabras estarán allí para recordárnoslo. Siempre.