Ambiente

El espectáculo está comenzando

El clima electoral ya se percibe en una sociedad atravesada por la fatiga y la fragmentación.

Indicios. Parece ser que esta campaña podría desarrollarse en un terreno diferente al conocido. Foto: AFP

La política comenzó a mover sus piezas antes de lo previsto. El clima electoral ya se percibe en una sociedad atravesada por fatigas acumuladas, fragmentación política, internas persistentes y creciente desconfianza hacia las élites.

La política siempre tuvo una dimensión escénica. Desde sus orígenes supone actores en busca de adhesiones convertidas en votos. También es habitual la presencia de consultores, estrategas y comunicadores intentando moldear la opinión pública. Como observaba Pellegrini, las elecciones presidenciales movilizan emociones, expectativas y humores colectivos.

La pregunta obligada es: ¿qué tipo de campaña será la de 2027?

Algunas señales sugieren un escenario diferente al tradicional espectáculo político. Lo que parece emerger es una transformación más profunda: el paso a nuevas formas de construcción de poder, condicionadas por tecnologías digitales y la inteligencia artificial. Ya no se trata solamente de comunicar mejor, sino de intervenir simultáneamente en la información, la percepción pública, los procesos cognitivos y el comportamiento electoral.

Cualquier diagnóstico es prematuro y el contexto nacional e internacional es incierto. Sin embargo, ciertos indicios permiten anticipar que la próxima campaña podría desarrollarse en un terreno diferente al conocido hasta ahora.

Durante décadas, la competencia política descansó sobre mediaciones relativamente estables: partidos, prensa, televisión, liderazgos tradicionales e identidades ideológicas, capaces de organizar el debate público. Hoy esas estructuras parecen debilitadas por un ecosistema comunicacional dominado por la fragmentación, la instantaneidad y el hiperpersonalismo. La consecuencia visible es una política cada vez más centrada en liderazgos individualizados, emocionalmente intensos, pero escasamente estructurados en torno a doctrinas consistentes. Incluso la figura del outsider, antes excepcional, se ha incorporado con naturalidad al paisaje político contemporáneo, como evidencia de las limitaciones del propio sistema.

¿Cómo será la campaña 2027? Cualquier diagnóstico es prematuro y el contexto nacional e internacional es incierto.

Sin embargo, la personalización extrema convive con un fenómeno aparentemente contradictorio: una ciudadanía menos impresionable frente al artificio puramente escénico. Amplios sectores sociales muestran fatiga ante la retórica vacía, las empatías simuladas y las promesas desconectadas de los resultados concretos. La demanda parece orientarse hacia menos gestualidad y más eficacia, menos épica discursiva y más capacidad de resolución. Esta paradoja, sugiere un electorado que distingue cada vez más entre performance y resultado.

Ello no significa que la imagen haya perdido relevancia. La percepción pública continúa siendo decisiva en política. Pero la eficacia de la imagen depende cada vez más de un requisito adicional: la credibilidad. La puesta en escena sólo conserva fuerza cuando encuentra correspondencia con experiencias y problemas reconocibles por la sociedad.

Así, el espectáculo continúa, aunque bajo condiciones distintas. La política nunca se reduce por completo a su representación mediática, por debajo de la superficie siguen operando factores más profundos y persistentes: tradiciones políticas, memorias colectivas, identidades culturales, intereses económicos e instituciones históricas. Por eso la política real rara vez coincide plenamente con la imagen que proyecta.

En ese marco, las elecciones de 2027 plantean además otro interrogante: ¿la competencia volverá a organizarse alrededor de clivajes ideológicos definidos o ingresamos definitivamente en una etapa dominada por liderazgos pragmáticos, personalistas y fluctuantes?

Todo indicaría que las fronteras doctrinarias han perdido capacidad para ordenar establemente el espacio público. Incluso el consenso liberal contemporáneo parece haberse reducido a una fórmula mínima de administración institucional y económica, insuficiente para ofrecer horizontes políticos capaces de generar cohesión duradera.

En este contexto, la llamada “política-espectáculo” deja de ser simplemente una deformación mediática de la democracia para expresar una crisis más profunda: el desplazamiento de la deliberación política por mecanismos de producción de imágenes, emociones y percepciones instantáneas.

Durante años se atribuyó a consultores y especialistas en marketing político una capacidad casi ilimitada para construir liderazgos o destruir adversarios. Sin embargo, el fenómeno decisivo probablemente ya no se encuentre allí, sino en el avance de las capacidades tecnológicas sobre los espacios de influencia estatal y social.

En efecto, la expansión global de las corporaciones digitales introduce un desafío diferente: la emergencia de un poder tecnológico, con creciente voluntad política propia. Ya no se trataría sólo de mediar la comunicación pública, sino de condicionarla e incluso determinarla. Internet, las plataformas digitales y, especialmente, la inteligencia artificial, aparecen como instrumentos capaces de intervenir simultáneamente sobre la infraestructura material del Estado y sobre la infraestructura discursiva de la vida pública. Su capacidad para segmentar mensajes, personalizar estímulos, anticipar comportamientos y administrar enormes flujos de información, puede alterar profundamente las formas tradicionales de representación democrática. En este escenario, la centralidad de los medios tradicionales tendería a diluirse frente a dispositivos capaces de construir vínculos políticos directos, personalizados y permanentes entre el poder y la ciudadanía.

La cuestión deja entonces de ser exclusivamente electoral. 

Si la inteligencia artificial se transforma en el principal instrumento de organización de la percepción pública, la política podría ingresar en una etapa inédita, donde el control de la información, del lenguaje y de las infraestructuras digitales, resulte tan decisivo como las formas clásicas de representación institucional.

Allí reside, quizás, el verdadero interrogante de la campaña presidencial de 2027: no solo sobre quiénes competirán por el poder, sino qué formas de poder disputarán efectivamente el control y el funcionamiento de la democracia contemporánea.

En todo caso, el espectáculo está comenzando. Los actores ya ocupan sus camarines y el público conoce buena parte de la trama. Pero, esta vez la novedad quizás no resida únicamente en quienes suban al escenario, sino también en quienes programan y controlan las luces del sistema.

 

* Profesor UBA y UMSA. Miembro del Instituto de Filosofía Política e Historia de las Ideas de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas.