El juego político en la trama electoral
Desde la reforma constitucional de 1994, Buenos Aires parece el espejo donde se miran las provincias en relación con el gobierno nacional que, en democracia, ha tenido orientación históricamente peronista. De la autonomía inicial post-reforma bajo un gobierno radical, le siguen en los 2000, los gobiernos de una nueva dirigencia empresarial del partido PRO (hoy Cambiemos) en un contexto de progresiva acumulación de poder económico y socio-urbano. Su actuación escaló hasta ocupar, en la actualidad, espacios de poder influyentes que torsionan las mayorías construidas por el peronismo.
En general, la emergencia de las ciudades como actores políticos está determinada por el aumento de instituciones en los territorios. Un ejemplo de ello es la expansión de instituciones educativas. Especialmente de universidades que, en las provincias, tienen efectos multiplicadores en el ámbito social. Hoy, existe al menos, una universidad nacional por provincia. Esta expansión facilitó el acceso de estudiantes que son primera generación de universitarios, aumenta el acervo cultural y forma líderes de arraigo territorial. En este proceso se fueron desmarcando cada vez más de los intereses nacionales, generando nuevas formas de apropiación local.
Algo de esto aparece en la foto que arroja el mapa electoral. De las veinticuatro jurisdicciones, más de la mitad (catorce), son gobernadas por fuerzas no peronistas. Desde 1983 ninguna fuerza no peronista gobernó más de diez provincias.
Entre las provincias que conduce el partido Frente de Todos, la Provincia de Buenos Aires resalta por mayor cantidad de electores: representa un 37,04% del total del país. La elasticidad territorial del partido jugó en las elecciones generales de 2019 cuando Axel Kicillof gana por una diferencia de casi 15 puntos a María Eugenia Vidal (Juntos por el Cambio). Buenos Aires junto con Córdoba, Santa Fe; Ciudad Autónoma de Buenos Aires (estas tres últimas hoy en manos de Cambiemos) son los cuatro distritos con mayor porcentaje de electores en todo el país, alcanzando más de un 60% entre todos.
El avance de los gobiernos de proximidad supone que los de abajo y los de dentro, saben más y mejor que los que están arriba o por fuera del territorio. Una práctica de implicación colectiva que recupera Néstor Kirchner cuando revaloriza la política como herramienta de transformación social. Esta apertura también facilitó la multiplicación de espacios donde opera la política y sus participantes.
En la campaña presidencial, las coaliciones políticas dedican tiempo al mayor acercamiento con los territorios (y sus votantes) frente a una certeza: el espacio no es simplemente un reflejo, escenario o telón de fondo sobre el que se inscriben los hechos sociales. Es un producto social, histórico y político; por tanto, es tributario de una potencia creadora desde la cotidianeidad.
La mirada retrospectiva a cuarenta años de democracia ininterrumpida sirve para evaluar el comportamiento de las instituciones (familia, escuela, universidad, trabajo, el propio Estado como el mayor organizador social) como espacios de contención social, política y ciudadana. La participación en los gobiernos de proximidad interpela a los liderazgos centrados en Buenos Aires. Si bien los gobiernos subnacionales no pueden solos sostener políticas estructurales, sin ellos, no es posible acercarse con éxito a los problemas de cada territorio o anticipar la dirección y profundidad de los cambios.
La emergencia de “localismos” sugiere la pérdida de sentido de aquellas “soluciones” de política que, desde el poder central, se imponen como universales y aplicables a cualquier lugar. En cambio, éstas se retraducen o resignifican en el nivel local o regional atento a las formas particulares que asumen las problemáticas sociales en cada territorio, estrechamente vinculadas a sus costumbres, prácticas y tradiciones.
*Politóloga e investigadora en Conicet.
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