OPINIóN
desfinanciamiento universitario

Qué futuros se nos permite imaginar y cuáles no

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Derecho. En la marcha del martes, mucha gente no tenía ninguna razón obvia para estar ahí. | Pablo Cuarterolo

Algo poético sobre la marcha en defensa de la ley de financiamiento universitario del martes es que en esa marea que ocupó las calles de todo el país, había mucha gente que no tenía ninguna razón obvia para estar ahí –porque no es docente, no es estudiante, no trabaja en ninguna universidad– pero fueron igual, salieron a marchar, y esa decisión dice algo que el debate sobre el financiamiento universitario sistemáticamente se niega a escuchar, algo que tiene menos que ver con los números del presupuesto y mucho más con una pregunta que el ajuste trata de volver impronunciable: qué clase de país estamos construyendo cuando ponemos en debate si la educación pública es un derecho o un privilegio.

Privado, en latín, viene de privare, que significa despojar, arrancar, o sustraer algo a alguien. La etimología del término no se trata de un mero juego de palabras, porque lo que describe es exactamente el mecanismo que opera cada vez que el Estado decide que algo deje de ser un derecho y pase a ser una mercancía y que el acceso solo será para quien puede pagarlo. La pregunta que la marcha del martes puso en la calle, aunque no siempre con esas palabras, es si estamos dispuestos a que se privatice el conocimiento, el futuro, y la posibilidad misma de imaginar que las cosas pueden ser distintas.

​​Público, en cambio, viene de populus, el pueblo, y significa exactamente lo opuesto al despojo: es lo que pertenece a todos, lo que no puede ser arrancado porque no le pertenece a nadie en particular sino a cualquiera que llegue, sin apellido que lo preceda, ni capital que lo habilite, ni barrio que lo clasifique antes de que abra la boca. Y hay algo en esa definición que conecta directamente con lo que el gran maestro Paulo Freire entendía como el corazón de la educación: para él, la prioridad pedagógica nunca se centró en la mera transmisión de contenidos, sino en la posibilidad de que alguien aprenda a nombrar el mundo en que vive, porque nombrar el mundo es el primer paso para poder transformarlo, y quien no tiene acceso a las herramientas conceptuales para nombrar lo que le pasa sigue viviendo su situación como fracaso personal, como mala suerte, sin categorías para entender que lo que le ocurre tiene estructura, tiene historia, tiene nombre, y que ese nombre es político.

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Freire llamó concientización al proceso por el cual alguien deja de leer su propia vida en clave de culpa individual y empieza a comprenderla en términos de estructura, de historia y de poder, y recién entonces puede entender que aquellos que está viviendo no es consecuencia de lo que no hizo, sino que responde a un orden que se construyó deliberadamente para que ciertas personas tuvieran acceso a ciertas cosas y otras no, y que ese orden, precisamente porque fue construido, puede ser desmantelado, pero solo por quienes aprendieron a verlo, a nombrarlo, a entender que tiene bordes: esos bordes son políticos y no naturales. De este modo operó históricamente la universidad pública y eso es lo que realmente se destruye cuando se desfinancia, aunque el comunicado oficial hable solo de algunos puntos del PBI.

Cuando un Estado decide que el conocimiento es un gasto y no un derecho, no está tomando solo una decisión fiscal, está decidiendo sobre qué futuros podemos imaginar para ejecutar, y cuáles no. Está decidiendo sobre quién va a tener la capacidad de imaginarlos y quién va a quedarse administrando la urgencia del presente sin marcos conceptuales para preguntarse si las cosas podrían ser de otra manera; y esa cancelación del horizonte no es un efecto secundario del ajuste sino uno de sus objetivos vitales. Franco “Bifo” Berardi lo llama “cancelación del futuro”, una descripción sobre cómo el modelo neoliberal produce agotamiento cultural deliberadamente, porque una sociedad que no puede imaginar futuros alternativos tampoco puede organizarse para disputarlos.

La defensa de la ley de financiamiento universitario es, en todo momento y en todo lugar, una cuestión política, pero si no lo comprendemos así y dejamos que esta discusión se quede en los números y en los puntos del PBI, estamos dejando pasar algo mucho más grave que un recorte presupuestario: estamos aceptando, en silencio, que el futuro también es un bien de mercado, y que el derecho a imaginarlo distinto le pertenece a quienes pueden comprarlo.

*Antropóloga, @panopticocultural