Poner límites es enseñar

El respeto también debería estar en el boletín escolar

“Una escuela no puede naturalizar que un alumno humille, insulte, desafíe o desautorice a un docente”, dice la autora. Propone crear una herramienta institucional que evalúe “respeto, empatía, responsabilidad, autocontrol, solidaridad, participación y la capacidad de reparar un daño”.

Falta de respeto de un alumno al maestro o profesor en el aula. Foto: IA

¿Por qué evaluamos lo que un alumno sabe, pero casi nunca miramos con la misma seriedad cómo convive? Tal vez sea hora de pensar en un boletín académico y otro socioemocional -o en uno integrado- para que la escuela vuelva a enseñar algo básico: aprender también es respetar, reparar y convivir.

Hay un tema que la escuela ya no puede seguir esquivando: el destrato hacia los docentes por parte de los alumnos.

Una escuela no puede naturalizar que un alumno humille, insulte, desafíe o desautorice a un docente como si fuera parte del paisaje escolar. Cuando se rompe el respeto por quien enseña, también se rompe la posibilidad de enseñar.

Decir esto no es pedir una escuela autoritaria. No es querer “meter miedo” o “acá mando yo”. Es algo mucho más simple y, a esta altura, mucho más urgente: recuperar una escuela adulta.

Cuando un chico destrata a un docente, no solo agrede a una persona: interrumpe la clase, rompe el clima del aula, afecta a sus compañeros"

El derecho de un alumno no puede pasar por encima del derecho de otros treinta a aprender en un ambiente sano y pacífico. Cuando un chico destrata a un docente, no solo agrede a una persona: interrumpe la clase, rompe el clima del aula, afecta a sus compañeros y manda un mensaje peligrosísimo: “acá se puede hacer cualquier cosa y no pasa nada”. Eso no educa. Más bien, abandona.

Durante mucho tiempo, y seguramente con buenas intenciones, la escuela fue corriéndose hacia una mirada cada vez más centrada en los derechos de los alumnos. Y está bien que así sea. El problema aparece cuando, en nombre de esa protección, dejamos de hablar de responsabilidad. 

Se agrava el ausentismo estudiantil: más de la mitad de los estudiantes falta al menos 15 días por año

Y acá es importante separar los tantos: cuidar no es justificar todo; incluir no es permitir cualquier cosa; entender el contexto de un alumno no significa borrar las consecuencias de sus actos.

La familia, por supuesto, es clave. La educación empieza en la casa de cada alumno y se fortalece en la escuela. Pero cuando algo se rompe en la convivencia escolar, no alcanza con señalar responsables. No sirve que la escuela diga “esto viene de la casa” ni que la familia diga “arréglenlo ustedes”. Los chicos necesitan adultos alineados. No adultos tirándose la pelota.

Hoy tenemos un tejido social muy dañado. Muchas familias llegan agotadas. Muchos docentes se sienten solos. Muchos equipos directivos quedan atrapados entre normativas, reclamos, expedientes y miedo a equivocarse. Y en el medio están los chicos.

Cuando algo se rompe en la convivencia escolar, no alcanza con señalar responsables, los chicos necesitan adultos alineados que no se tiren la pelota entre sí"

Por eso, tenemos que volver a hablar de límites. Sin culpa. Una sanción no tiene por qué ser represiva. Una sanción bien pensada también enseña. Enseña que las palabras dañan, que los actos tienen consecuencias y que la convivencia no es un cartel lindo pegado en una pared: es una práctica cotidiana.

Ahora bien, acá viene una distinción importante. Si un alumno tiene una falta grave de convivencia, la respuesta no debería ser rendir todas las materias. Eso, muchas veces, no repara nada. Confunde los planos.

Lo académico y lo actitudinal se relacionan, claro. Un alumno que interrumpe, agrede o destrata también afecta su propio aprendizaje y el de los demás. Pero no son exactamente lo mismo ni deberían evaluarse con la misma herramienta.

Cada profesor podría aportar una mirada breve y concreta, y luego el tutor, el preceptor, el equipo de orientación o el directivo podrían leer el patrón completo"

Entonces, tal vez deberíamos pensar en una propuesta diferente: un boletín paralelo, o un boletín integrado, que mire seriamente la dimensión socioemocional y convivencial de los alumnos. No una “nota de conducta” vieja, puesta a ojo, según simpatías o antipatías. No un casillero para descargar bronca. Una herramienta clara, institucional, con criterios compartidos.

Así como se evalúa el rendimiento en matemática, prácticas del lenguaje y biología, también deberíamos mirar cómo un alumno convive: respeto, empatía, responsabilidad, autocontrol, solidaridad, participación, capacidad de reparar cuando daña.

En primaria parece más simple: el docente de grado puede completar ese informe con aportes de los profesores especiales. Pero en secundaria, donde hay varios docentes, la información puede ser, inclusive, mucho más rica. Cada profesor podría aportar una mirada breve y concreta, y luego el tutor, el preceptor, el equipo de orientación o el directivo podrían leer el patrón completo.

Y ahí aparece algo muy valioso. Si un alumno tiene problemas de convivencia en casi todas las materias, la escuela tiene una señal clara: hay que intervenir. Si ese alumno funciona bien en la mayoría de los espacios, pero tiene conflictos graves en uno solo, también hay información para mirar: tal vez hay un problema vincular, una dinámica grupal, una dificultad del docente para sostener autoridad pedagógica o algo específico de esa clase que merece acompañamiento.

El boletín socioemocional no solo mira al alumno. También le permite al directivo leer la escuela. Y eso es poderoso.

Ahora, ¿qué pasa si un alumno no alcanza esa dimensión actitudinal? No debería “recursar las materias por conducta”. Pero tampoco debería seguir como si nada. Ahí debería abrirse una ruta de reparación y mejora. Una ruta concreta: entrevista con el alumno, participación de la familia, acuerdo de mejora, seguimiento, talleres, acciones reparadoras y acompañamiento adulto. 

Si hubo bullying, por ejemplo, no alcanza con pedir perdón de apuro. Ese alumno debería trabajar seriamente sobre el daño que produce la humillación: leer testimonios, analizar casos, participar en talleres, diseñar una campaña, reparar en la medida de lo posible y sostener un cambio observable. La consecuencia tiene que estar vinculada con el daño.

Si humilló, tiene que trabajar sobre la humillación. Si excluyó, sobre la empatía y la pertenencia. Si agredió, sobre el impacto de la violencia. Si interrumpió sistemáticamente, sobre el derecho de los demás a aprender.

Y la familia tiene que participar, pero no como espectadora de una queja, sino como parte de la reparación. La escuela no puede sola. La familia tampoco. Pero cuando los adultos se alinean, el mensaje cambia.

También hay que cuidar algo: que esto no se transforme en otra carga más para los docentes. Si el boletín socioemocional se convierte en una planilla eterna, fracasa antes de empezar. Tiene que ser simple, rápido y útil.

Pocas dimensiones. Criterios claros. Registro breve. Y, sobre todo, respuesta institucional. El docente tiene que sentir que cuando informa una situación, algo se activa: que no queda solo; que su palabra tiene peso. Que la convivencia no depende de su garganta, de su paciencia o de su capacidad de aguantar.

Como yo lo imagino, el boletín socioemocional no debería ser más trabajo para el docente. Debería ser menos soledad.

Aprender también es aprender a convivir. Y si la escuela evalúa tantos contenidos, ¿por qué no va a mirar también cómo se respeta, cómo se repara y cómo se vive con otros?

El vínculo pedagógico no se construye sobre el miedo. Pero tampoco sobre la permisividad absoluta. Se construye con respeto, con docentes y directivos respaldados y con una comunidad que se anima a decir: acá todos tienen derecho a aprender, y nadie tiene derecho a destruir la posibilidad de que otros aprendan.

¿Seguiremos como hasta ahora, o alguien se animará a barajar y dar de nuevo, con esta o alguna otra propuesta que apunte a recuperar una escuela donde la convivencia no sea un tema menor, el respeto no sea negociable y los límites vuelvan a tener sentido educativo?

*Traductorado Público en Universidad Argentina de la Empresa, Magíster en Cs. de la Educación y Doctoranda en Educational Leadership (Sabal University, USA).