Activo estratégico

La Antártida, Malvinas y el nuevo tablero geopolítico regional

En 1959, el Tratado Antártico había puesto en stand by las disputas de soberanía y el Protocolo de Madrid pospuesto hasta 2048 la explotación minera. Todo eso parece haber volado por los aires. De Groenlandia a la Antártida, Washington quiere controlar todo el continente y por eso Argentina es pieza clave.

Marines de EE.UU. y la Armada Argentina en Tierra del Fuego. Foto: X @Argendef

Hasta hace no mucho tiempo, la Antártida era un capítulo aparte y más bien secundario de la agenda internacional. El Tratado Antártico de 1959 suspendió las disputas de soberanía y lo reservó exclusivamente, en teoría, a la paz y a la ciencia. 

A su vez, el Protocolo de Madrid, próximo a vencer en 2048, prohibió de forma estricta la minería y la explotación de recursos minerales en la Antártida. Ese relativo aislamiento del continente blanco se terminó. La Antártida ocupa en la actualidad un lugar central en el marco de la disputa geopolítica entre grandes potencias. 

En ese sentido, conviene prestar particular atención a la nueva estrategia de seguridad nacional de Estados Unidos. La controversial visión planteada por Donald Trump no es una política antártica en sentido estricto, sino algo mucho más ambicioso: garantizar el control de los corredores estratégicos con una visión de polo a polo, o bien de Groenlandia a la Antártida, pasando por Tierra del Fuego. Por eso, Argentina pasó de ocupar un lugar periférico a convertirse en una pieza central del ajedrez de Washington.

La lectura que circula entre destacados analistas como Rosendo Fraga es clara: Trump abandonó la mirada “horizontal”, centrada en Europa, que ordenó la política exterior de Estados Unidos durante ochenta años, y adoptó una de tipo “vertical”, de Groenlandia a la Antártida. En el caso de Groenlandia ya alberga una base militar aeroespacial estadounidense (Pituffik), la cual ha sido reforzada tras la reciente presión de Trump para quedarse con su “pedazo de hielo”. 

Trump abandonó la mirada 'horizontal', centrada en Europa, que ordenó la política exterior de Estados Unidos durante ochenta años, y adoptó una de tipo 'vertical', de Groenlandia a la Antártida"

El Canal de Panamá, en tanto, fue declarado “prioridad de seguridad nacional”, con Panamá concediendo ante Trump la expulsión de operadores hongkoneses. Finalmente, el Estrecho de Magallanes y el Pasaje de Drake son descriptos en documentos de planificación como uno de los seis pasos estratégicos del planeta, con valor tanto comercial como para el despliegue de submarinos.

En ese mapa, nuestra bella provincia de Tierra del Fuego ha dejado de representar el poético “fin del mundo” para convertirse en la puerta de entrada obligada al continente antártico y el punto de apoyo natural para cualquier despliegue militar en el Atlántico Sur. 

A todo esto, se suma el interés por los minerales críticos -Argentina provee más de la mitad del carbonato de litio que importa Estados Unidos- y por la Patagonia como eventual sede de centros de datos, que requieren frío y mucha agua, lejos de zonas de conflicto. La Antártida, en este esquema, no es el objetivo final sino la prolongación lógica de un corredor que Washington ya empezó a articular pieza por pieza.

El resurgimiento de la cuestión Malvinas

En este contexto, la cuestión Malvinas se coló en la agenda estratégica de Washington, pero no como un gesto de simpatía de Trump hacia su aliado Javier Milei, como muchos ingenuamente especularon. Sucede que la relación entre EEUU y el Reino Unido, una de las más sólidas y duraderas alianzas económicas y militares de la historia, atraviesa un momento crítico. 

Fiel a su estilo de matonería transaccional, Trump ha decidido utilizar la cuestión Malvinas como una herramienta más de extorsión sobre el Reino Unido, ofuscado por el escaso aporte británico a la OTAN y por la negativa de Londres de involucrarse en la desastrosa guerra que iniciaron Estados Unidos e Israel contra Irán.

Tierra del Fuego ha dejado de representar el poético 'fin del mundo' para convertirse en la puerta de entrada obligada al continente antártico y el punto de apoyo natural para cualquier despliegue militar en el Atlántico Sur"

Trump dejó trascender que está dispuesto a “revisar” la neutralidad histórica de su país sobre la disputa. Milei capitalizó la señal mediante un fuerte giro en lo que era hasta ahora su política hacia Malvinas, con anuncios para endurecer las sanciones a las petroleras que operan en la zona,la construcción de una base militar integrada en Ushuaia y la creación de un Consejo de Seguridad Nacional (réplica del modelo estadounidense), entre otras medidas. 

Sin embargo, al entusiasmo oficial de Milei conviene evaluarlo con cautela, ya que Malvinas se discute puertas adentro en Washington en el marco de una visión que integra con Tierra del Fuego, la Antártida y el Pasaje de Drake, como parte de un mismo esquema de seguridad regional frente a China. Y no como una reivindicación solidaria de la legítima soberanía argentina.

La Antártida, Malvinas y el nuevo tablero geopolítico

Nada es gratis en el mundo Trump. Es esperable que Estados Unidos demande, cuando menos, la posibilidad de uso operativo de la base de Ushuaia. Y quizás también de la base antártica Petrel, cuyo reacondicionamiento ya completó la primera etapa. 

Los acuerdos de defensa a los que Argentina ya adhirió, como el “Escudo de las Américas”, habilitan un grado de intervención militar estadounidense que hasta hace poco hubiera sido impensado. A su vez, la presencia de contratistas privados como Palantir en infraestructura de defensa argentina agrega otro elemento sumamente delicado.

¿Y qué pasa si Trump resuelve su pelea con Londres y la relación vuelve a su cauce histórico?"

China, mientras tanto, avanza a paso firme en la Antártida. Beijing ya inauguró su quinta base antártica y observa con paciencia el horizonte hacia 2048, cuando se habilitará la revisión del protocolo que hoy prohíbe explotar recursos minerales en el continente. 

China insiste en que sus intenciones en la Antártida son netamente pacíficas y con fines científicos. Pero cada movimiento que Washington hace en el continente banco se lee también en Beijing como parte de esa disputa de largo plazo que se presenta inevitable, mientras se siga desplegando la doctrina de Trump. 

La Argentina tiene, en este tablero, un activo estratégico que ningún acuerdo puede replicar: su posición bicontinental, única puerta natural hacia la Antártida. Eso le otorga a nuestro país una carta de negociación real. Pero el tema es cómo se juega esa carta. La diferencia entre convertirse en socio estratégico o ser un simple territorio de paso para una superpotencia a la que nos alineamos totalmente, es evidente. 

Esto va a definir la capacidad argentina de exigir contrapartidas concretas, como financiamiento para desarrollar infraestructuras críticas. 

¿Y qué pasa si Trump resuelve su pelea con Londres y la relación vuelve a su cauce histórico? ¿Por qué no pensar todo esto con nuestros socios naturales de la región? 

Como sea, el corredor de polo a polo ya se está desarrollando. La pregunta es si la Argentina proyecta su futuro como socio, desde una posición de fortaleza relativa y evitando los alineamientos automáticos.

*Analista internacional y docente universitario; Director Ejecutivo del Observatorio Sino-Argentino.