Hace unas semanas, una mujer se sorprendía en un vivero de Buenos Aires porque para tener kiwis —ese delicioso fruto de exterior aterciopelado— debía comprar dos plantas. Es que, en estas variedades —le explicaron—, machos y hembras viven en casas separadas.
Esta observación se remonta a mediados del siglo XVIII. Fue el naturalista Carlos Linneo que, entonces, revolucionó la ciencia al ordenar el reino vegetal basándose, precisamente, en los órganos sexuales de las plantas. Su enfoque fue tan directo que la Europa ilustrada y puritana de la época llegó a tildar sus textos de “pornografía botánica”.
Pero si habrá sido acertada la analogía empleada, que aún hoy resulta de gran utilidad para entender la reproducción de las plantas.
En general, la botánica moderna suele agrupar a las plantas en tres grandes estrategias residenciales según cómo distribuyen sus sexos. El panorama se divide así: flores hermafroditas; plantas monoicas con flores unisexuales y plantas dioicas
Flores hermafroditas “en la misma cama”
El caso más popular es el de las flores que tienen los órganos masculinos (estambres) y femeninos (pistilo) juntos. ¿Recuerdan ese primer dibujo de una flor que nos enseñaron en la escuela primaria? En ellas, ambos sexos comparten la misma habitación. Podríamos decir que el romance ocurre a milímetros de distancia.
Sin embargo, los órganos sexuales de una misma flor no siempre son compatibles. Cuando esto ocurre, la fecundación exige, inevitablemente, la polinización cruzada entre distintas plantas de la misma especie; un mecanismo con el que la naturaleza asegura la diversidad genética a fin de favorecer la evolución.
El principio aplica también a los seres humanos. El ejemplo histórico más célebre se encuentra en las dinastías reales europeas de la Edad Moderna: la endogamia y los matrimonios consanguíneos destinados a preservar el poder terminaron por desencadenar severos problemas de salud y el colapso de los linajes.
A estas flores las vemos en muchas plantas: el caso de las rosas (Rosaspp.), los tomates (Solanumlycopersicum), la pasionaria (Passifloracaerulea), el orégano (Origanum vulgare) y los lirios (Liliumspp.).
Plantas monoicas con flores unisexuales o “en camas separadas”
Es la convivencia en la que el mismo individuo posee órganos masculinos y órganos femeninos en distintas flores. Viven bajo el mismo techo —la misma planta—, pero duermen en habitaciones diferentes.
El polen debe trasladarse de una habitación a otra para que se forme el fruto y la semilla —en el caso de las plantas con flores verdaderas—, o únicamente la semilla —cuando se trata de estructuras como las piñas de las coníferas—.
No obstante, al igual que pasa con muchas especies que tienen flores hermafroditas, aunque una planta posea flores masculinas y femeninas en el mismo individuo, esto no garantiza que su propio polen pueda fertilizar sus propios óvulos.
Ejemplos de estas plantas son los castaños (Castanea sativa), el pino llorón (Pinuspatula) y el maíz (Zea mays).
Plantas dioicas viviendo en casas separadas
Aquí tenemos ejemplares macho y ejemplares hembra. Necesitan que, por ejemplo, el viento o los polinizadores “crucen la calle” para poder encontrarse. Cada sexo tiene su propia vivienda. Si se adquiere una planta hembra, nunca producirá frutos o estructuras como piñas y, por supuesto, no producirá semillas, a menos que un vecino tenga un macho cerca.
En este grupo le damos la bienvenida al kiwi (Actinidia deliciosa). Y a otra planta muy famosa: el ginkgo (Ginkgo biloba), emparentado con las coníferas y que, como toda gimnosperma, produce semillas desnudas porque no tiene flores verdaderas para armar un fruto.
Estaremos de acuerdo en que con el último no sería grave —sus semillas carnosas huelen muy mal—, pero con el kiwi más vale estar seguros de que contamos con ambos ejemplares.
Plantas polígamas: una excepción al orden botánico
Aunque esta clasificación ayuda a comprender la norma general, la naturaleza siempre encuentra formas de romper las etiquetas humanas. Una excepción podría definirse como el “caos residencial” (plantas polígamas): no eligen una sola opción, sino que emplean varias a la vez.
Una misma especie puede, por ejemplo, presentar flores hermafroditas, masculinas y femeninas en simultáneo. Un excelente ejemplo lo da la papaya (Carica papaya). Llegados a esta instancia, ¿quién no la mirará con mayor detalle la próxima vez que la tenga enfrente?
Apomixis y el misterio del diente de león
Por si esto fuera poco, existe la “descendencia sin invitación” (apomixis): algunas plantas prescinden por completo de la polinización y de la fecundación para reproducirse. Generan semillas que son clones idénticos de la madre.
Un ejemplo es el del diente de león (Taraxacumofficinale), que en general se multiplica de esta forma asexual. Porque, si queríamos complicarlo más, algunos —una minoría— sí tienen la opción génica de multiplicarse de forma tradicional.
¡Qué hubiera dado la realeza de la Edad Moderna para poder clonarse! Dicen que la imaginación del hombre es poderosa, pero queda claro que la naturaleza siempre va a ganar esta pulseada.