La “doctora” en IA: los laureles que supimos conseguir
El Gobierno presentó a la nueva secretaria de Innovación, Ciencia y Tecnología como doctora en IA. Detrás del título hay una universidad fantasma de Honolulu, un catálogo de 168 doctorados y un currículum que se fue borrando a medida que llegaban las preguntas.
En 2023 escribí en el libro Motores del futuro, publicado por la Fundación KAS, que la tecnología argentina en el Estado necesitaba menos políticos y asesores no calificados, y más gente que conociera el rubro.
También advertía sobre la cantidad de falsos profetas y discursos sin fundamento académico que afloraban. No pedía un título, sino conocimiento comprobable del área en la toma de decisiones. No imaginé que, tres años después, el Estado intentaría resolverlo con un doctorado flojo de papeles.
Este mes el Gobierno nacional designó a Adriana Baravalle al frente de la Secretaría de Innovación, Ciencia y Tecnología. La comunicación oficial enviada por Jefatura de Gabinete la presentó como “doctora” en Inteligencia Artificial. El presidente compartió publicaciones donde presentaban a la “Dra. Baravalle” como una eminencia en IA y ciberseguridad. Confieso que me alegré, pero la alegría duró lo que una pregunta: ¿doctorado en IA de dónde?
El doctorado, según informó el Gobierno, provenía de American Andragogy University (AAU), una supuesta universidad privada con sede en Honolulu. Según una demanda del estado de Hawái, nunca tuvo acreditación reconocida en Estados Unidos, no tenía oficina en Honolulu y omitía advertir que no estaba autorizada en ninguna jurisdicción para otorgar títulos legalmente
Ahora sí lo advierte, aunque medio oculto. En LinkedIn, Baravalle mostraba ser PhD en IA (doctorado, en inglés) y durante más de un año aceptó presentaciones como doctora en entrevistas, charlas y artículos. Nunca decía en qué institución se había doctorado. Seguramente, un descuido.
El Doctorado en IA de la AAU reconoce estudios, trabajo y hasta “experiencia de vida”, y calcula ocho semanas para proponer y desarrollar la tesis, que puede ser de investigación previa. Es uno de los 168 doctorados que conté en un catálogo donde conviven IA, enfermería, astronomía, física teórica, petróleo, teología, metafísica y parapsicología. Sí, un doctorado en parapsicología.
La portada declara 725.102 alumnos, 12.700 cursos, 210 premios y presencia en 726 países, aunque el planeta ronda los 195 Estados reconocidos. Dice ser de Honolulu, pero llamativamente habla español y apunta su publicidad a América Latina.
Tres reseñas en Google Maps de presuntos alumnos describen la posibilidad de omitir etapas y pagar prácticamente por el título, que además no tiene acreditación. Coinciden demasiado bien con el modelo publicitado. Parece atraer tanto a quien cree comprar una credencial valiosa como a quien conoce su valor nulo, pero espera que el de enfrente no. La huella digital tampoco parece la de cientos de miles de egresados: cada red social tiene menos de 500 seguidores; Instagram no publica desde abril de 2024.
Baravalle no es la primera funcionaria latinoamericana cuyo diploma de la AAU termina en escándalo: un ministro peruano de Ambiente exhibió un doctorado de AAU y Panamá nombró a un funcionario con tres títulos de AAU.
Tras mi investigación en X, el sitio oficial del Gobierno quitó 'Dra.'; desapareció su ficha del sitio de la Universidad Austral, y la secretaria borró de su LinkedIn la referencia a su doctorado o PhD en IA"
Allí, además, unos 110 docentes de la universidad pública de Chiriquí presentaron títulos de instituciones no acreditadas y 27 los habrían usado para cargos o aumentos. La AAU ya repartía prestigio instantáneo en la región.
Baravalle sí tiene registrado un magíster en Explotación de Datos y Gestión del Conocimiento de la Universidad Austral, aunque también merece preguntas. Lo habría cursado sin título de grado aparente y antes de obtener siquiera el de Analista de Sistemas. La ley admite excepciones por preparación y experiencia para cursar un magíster; puede ser legal. Pero lo cursó en la universidad que la empleaba y justo cuando decía integrar el Consejo de Dirección de Posgrados: muy cerca de ambos lados del mostrador.
La Universidad Austral no contestó ninguna de las preguntas formuladas para esta columna. También consulté a la Secretaría; las respuestas no llegaron. Apareció, en cambio, el método Control-Z. Tras mi investigación en X, el sitio oficial del Gobierno quitó “Dra.”. También desapareció su ficha del sitio de la Universidad Austral, y la secretaria borró de su LinkedIn la referencia a su doctorado o PhD en IA.
Los estudios de Baravalle son recientes y exhibe tres cursos introductorios de IA de 2024. Microcursos de 45 minutos, y no es una ironía. No prueba ignorancia, pero contrasta con la eminencia de décadas con la que nos la presentaron.
No es una discusión semántica. La Secretaría reúne cuatro subsecretarías y organismos que gestionan identidad y trámites digitales, firma y gobierno electrónico, datos abiertos, ciberseguridad, el CONICET, la CONAE, la Agencia I+D+i, la implementación de IA en el Estado, la app Mi Argentina —con datos de los ciudadanos— y el Banco Nacional de Datos Genéticos.
Allí conviven política científica, satélites, infraestructura digital e IA. Decide si Argentina produce futuro o apenas lo importa. Y lo decide la misma semana en que Bill Gates publicó una carta para líderes de gobierno con una advertencia: es hora de tomar las riendas de la IA, o la vamos a pasar muy mal.
El primer secretario de Estado de Ciencia y Tecnología fue Alberto Taquini (padre), en 1968: médico e investigador del equipo de Bernardo Houssay —primer presidente del CONICET y premio Nobel—. Luego estuvo Sadosky, doctor en Ciencias Físico-Matemáticas y quien trajo la primera computadora a la Argentina.
Los siguieron muchos otros: médicos, ingenieros y químicos. No todos fueron científicos ni doctores: el cargo no exige un doctorado y la conducción política puede aportar gestión. Pero un título dudoso es peor que ninguno.
Es un síntoma de época. Desde ChatGPT, los expertos en IA se reproducen más rápido que los modelos: gurús, magísteres y doctores flojos de papeles recorren programas y eventos.
En IA, una “alucinación” completa un vacío con un dato verosímil que se afirma con seguridad. La nueva secretaria y el Gobierno parecen haber alucinado un doctorado. En esta historia, la inteligencia no fue lo único artificial. También lo fueron los laureles que supimos conseguir.
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