OPINIóN
Precisión humana

La morgue es un espacio de ciencia, dignidad y salud pública

“La muerte de una persona no pone fin a la responsabilidad del sistema sanitario y abre la puerta a procedimientos que deben realizarse con rigor científico, trazabilidad, respeto y empatía”, sostiene la autora. La formación de profesionales en evisceración debe jerarquizarse.

Morgue
Morgue | UMAI

Durante mucho tiempo, la morgue fue vista como un lugar cerrado, silencioso, casi invisible para la sociedad. Sin embargo, detrás de sus puertas se desarrolla una tarea profesional de enorme responsabilidad, donde confluyen la medicina, las ciencias forenses, la criminalística, la bioseguridad, la administración y, sobre todo, el respeto por la dignidad humana.

La muerte de una persona no pone fin a la responsabilidad del sistema sanitario. Por el contrario, abre una etapa en la que cada procedimiento debe realizarse con rigor científico, trazabilidad, respeto y empatía. El cuerpo de una persona fallecida continúa siendo portador de información esencial para su familia, para la Justicia y para la salud pública.

No son depósitos de cadáveres. Las morgues son espacios profesionales donde se recibe, identifica, documenta, conserva, estudia y entrega un cuerpo siguiendo procedimientos que deben garantizar seguridad, trazabilidad, cumplimiento normativo y trato digno.

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En ese contexto, la evisceración constituye una etapa fundamental de la autopsia. Lejos de ser una simple técnica de apertura y extracción de órganos, es un procedimiento sistemático que permite acceder a información anatómica y patológica capaz de explicar causas y mecanismos de muerte, confirmar o cuestionar diagnósticos realizados en vida y aportar conocimiento más allá del caso individual.

Cada autopsia puede convertirse en una fuente de aprendizaje para toda la comunidad. Puede revelar patologías no diagnosticadas, enfermedades infecciosas, complicaciones inesperadas o patrones que, observados en conjunto, permitan identificar situaciones de importancia epidemiológica.

La pandemia de COVID-19 dejó esa evidencia frente a los ojos del mundo: las morgues también forman parte de la estructura esencial de un sistema de salud.

Una autopsia debe incluir anatomía, patología, bioseguridad, conservación cadavérica, documentación, identificación humana, cadena de custodia, legislación, ética profesional, administración y atención a las familias"

Cuando una persona fallece dentro de una institución sanitaria comienza un proceso administrativo, sanitario y, en determinadas circunstancias, judicial. La correcta identificación del cadáver, su documentación, el registro de sus movimientos, la conservación, la entrega autorizada y la preservación de elementos vinculados con una investigación forman parte de una cadena de responsabilidades que no admite improvisaciones.

Un error en cualquiera de esos pasos puede tener consecuencias graves. Por eso, quienes trabajan en una morgue no deberían depender únicamente de conocimientos adquiridos por experiencia cotidiana o transmisión informal. Necesitan una formación específica, integral y reconocida.

Esa formación debe incluir anatomía, patología, bioseguridad, conservación cadavérica, documentación, identificación humana, cadena de custodia, legislación, ética profesional, administración y atención a las familias. Porque detrás de cada cuerpo existe una historia, una familia y una comunidad que merece respuestas.

Una autopsia puede revelar patologías no diagnosticadas, enfermedades infecciosas, complicaciones inesperadas o patrones que permitan identificar situaciones de importancia epidemiológica"

La dimensión humana de esta tarea no puede ser ignorada. Para una familia, el fallecimiento de un ser querido suele traer dolor, trámites, incertidumbre y decisiones difíciles. En muchos casos, el personal de morgue se convierte en uno de los últimos referentes institucionales con los que esa familia tiene contacto. La empatía, el respeto y la comunicación adecuada no son gestos accesorios: son herramientas profesionales.

Argentina, además, es un país atravesado por una profunda diversidad cultural y religiosa. Las distintas comunidades pueden tener creencias, rituales y formas particulares de vincularse con la muerte y con el tratamiento del cuerpo. Conocer y respetar esa diversidad también debería formar parte de la capacitación de todo profesional que desarrolla tareas en una morgue.

La ciencia no está reñida con la sensibilidad. Al contrario: una práctica verdaderamente profesional debe integrar ambas dimensiones.

De allí surge la necesidad de avanzar hacia una Tecnicatura Superior en Evisceración y Morgue. Una carrera específica permitiría establecer estándares de capacitación, fortalecer protocolos de trabajo, mejorar la seguridad del personal y jerarquizar una actividad indispensable para el sistema sanitario, judicial y forense.

En este camino, la experiencia de la Universidad Maimónides, con el desarrollo de la Diplomatura en Evisceración y Morgue, demuestra que este ámbito no es un universo aislado, sino un espacio interdisciplinario en el que convergen distintos saberes.

No alcanza con saber realizar correctamente una técnica. También es necesario comprender qué significa cada procedimiento, por qué debe hacerse de determinada manera, qué consecuencias puede generar un error y cómo ese trabajo impacta en una investigación, en una familia o incluso en la salud de toda una comunidad.

Durante años, la morgue fue percibida como un lugar secundario dentro de las instituciones. La emergencia sanitaria internacional demostró que no puede serlo. Una morgue correctamente organizada necesita infraestructura adecuada, protocolos claros, equipamiento, bioseguridad y, sobre todo, personal capacitado y reconocido.

No se puede exigir responsabilidad, precisión y compromiso sin ofrecer formación profesional, condiciones laborales adecuadas y reconocimiento acorde con la tarea realizada. Jerarquizar la evisceración y el trabajo de morgue no significa solamente jerarquizar un oficio: significa fortalecer la autopsia, mejorar la trazabilidad, proteger a los trabajadores, brindar mayor seguridad a las instituciones, acompañar mejor a las familias y contribuir a la salud pública.

La muerte individual puede dejar conocimiento para quienes continúan viviendo. Esa es una de las grandes enseñanzas de la autopsia. La evisceración, en ese contexto, no debe ser considerada simplemente una técnica para abrir un cuerpo, sino parte de un proceso científico y profesional que puede transformar una muerte en información, esa información en conocimiento y ese conocimiento en mejores prácticas para preservar la vida.

La morgue no debe seguir siendo un espacio invisible. Debe ser reconocida, profesionalizada y humanizada. Porque detrás de cada cuerpo hay una persona; detrás de cada persona, una familia; y detrás de cada autopsia puede existir una respuesta capaz de contribuir a una sociedad más segura y a una medicina de mayor calidad.

Es tiempo de que la formación en Evisceración y Morgue ocupe el lugar que merece dentro de la educación superior y dentro de las políticas de salud y justicia.

*Jefa de División de Admisión, Egresos y Morgue – Hospital General de Agudos Dr. Cosme Argerich; Técnica Superior en Papiloscopìa y Levantamiento de Rastros; Técnica Superior en Criminalística; prof. Diplomatura en Evisceración y Morgue (Universidad Maimónides)