La partitura invisible de Lionel Messi
Por costumbre, repetición o marketing, se dice “adonde va Vicente va la gente”. Pero con el goleador argentino habría que decir “donde está Lionel, va la gente”. Su magnetismo es muy superior al de la "Mona Lisa" de Da Vinci; en él “hay inteligencia espacial”, el don de "poder ver táctica y misterio donde nadie lo está buscando".
Hay un refrán antiguo que dice: “¿Adónde va Vicente? Adonde va la gente”.
Tal vez ahí esté escondido uno de los grandes mecanismos del mundo moderno. No siempre vamos hacia lo que amamos. Muchas veces vamos hacia lo que alguien, antes que nosotros, señaló con un reflector.
Vicente, en este caso, no es un hombre. Vicente es la promoción mundial. Es la postal, la fila, el folleto. Es esa voz colectiva que no pregunta si algo nos conmueve: nos ordena que vayamos.
La Mona Lisa es uno de los grandes altares de Vicente. No voy a discutir aquí si es una obra extraordinaria o no. Esa discusión ya viene demasiado condicionada por la fama. Lo que me interesa es otra cosa: la obediencia que se organiza alrededor de ella. Millones de personas entran al Louvre y van hacia la Mona Lisa como quien cumple un rito.
No siempre van a contemplar una pintura. Muchas veces van a comprobar que estuvieron allí. Van a traer una evidencia. Una foto. Una prueba de presencia.
Partitura invisible
La obra queda detrás del vidrio; delante, la humanidad levanta teléfonos como si necesitara probar que estuvo cerca de algo sagrado. Alrededor, mientras tanto, duermen maravillas menos promocionadas. Obras que quizá podrían tocarnos más profundamente si no estuviéramos corriendo detrás del gran Vicente.
Incluso hay algo inquietante en todo esto: la posibilidad, aunque sea apenas una sospecha imposible de probar, de que aquello que se exhibe no sea exactamente aquello que creemos estar viendo. No afirmo nada. Solo digo que la pregunta, por sí sola, ya resulta reveladora. Si una obra es considerada casi incalculable, si fue atacada, robada, protegida y convertida en símbolo mundial, ¿sería tan absurdo imaginar que pudiera existir una réplica perfecta para exhibición y un original custodiado en la sombra?
Tal vez sí. Tal vez no. Pero quizá lo más inquietante no sea si el cuadro colgado es el original o una copia. Quizá lo más inquietante sea descubrir que, para la mayoría, daría casi lo mismo. Porque no van a mirar materia pictórica. Van a mirar fama. La Mona Lisa, original o no, ya fue devorada por su propio mito. Cuando una obra queda sepultada bajo expectativas, celulares, souvenirs y vitrinas antibalas, tal vez deja de ser una pintura y se convierte en otra cosa: una estampita universal de la obediencia.
Si se pudiera tocar la Mona Lisa, la escena sería más clara: habría rosarios colgados del marco, flores marchitas al pie del vidrio, papelitos con pedidos, monedas, promesas, ofrendas, lágrimas de turistas obedientes.
Algunos le pedirían salud; otros, amor; otros, una foto decente sin cabezas ajenas. Se acercarían como quien toca el manto de una virgen, convencidos de que rozar la fama también contagia algo. Porque la Mona Lisa, a esta altura, ya no es solo una pintura: es una santa laica. Una virgen renacentista canonizada por la promoción mundial.
Esto me hace recordar otras escenas que vi y que todavía me sirven para entender cómo funciona la fe colectiva.
Una vez fui por la zona del Llao Llao, en Bariloche, a un pequeño bosque de arrayanes. Me dijeron que allí se podía hablar con los duendes. Y vi turistas al pie de los árboles hablando hacia la corteza, como si del otro lado hubiera una oficina invisible atendiendo consultas espirituales. Yo no vi duendes. Vi otra cosa.
Vi la energía de la gente creyendo junta. Y eso, aunque no pruebe la existencia de ningún duende, sí prueba algo igual de poderoso: la emoción compartida cambia el aire. Las emociones son como el calor: pasan de un cuerpo al otro. Se transmiten. Una persona empieza a creer, otra se emociona, otra se conmueve, y de pronto el lugar parece distinto. No aparece necesariamente un milagro. Aparece un clima.
Me pasó algo parecido en una iglesia de Palermo. El cura decía que iba a salvar a la gente y que quienes quisieran recibir esa gracia pasaran adelante. Las personas pasaban, él les tocaba la frente y caían desmayadas. Yo pensé: “Esto es mentira”. Mi amiga, que me había invitado, dijo: “Yo voy”. Pasó. Le tocaron la frente. Y se desmayó.
Yo no pasé. Algo en mí se resistía a entrar en esa corriente. Yo veía la expectativa crecer hasta que el cuerpo empezaba a obedecerla. En esos momentos se siente la fuerza que genera la gente. La masa fabrica temperatura espiritual. A veces la llama fe. A veces milagro. A veces arte. A veces fama.
Y algo parecido me pasaba cuando vivía en París. Mucha gente me decía: “Vamos al Louvre el fin de semana”. Yo ya lo conocía y no tenía problema en volver. Pero muchas veces querían ir para ver otra vez la Mona Lisa. Otra vez. Como si no la hubieran visto. Como si el rostro pudiera haber cambiado en una semana. Como si la señora se hubiese hecho una cirugía estética entre sábado y sábado. No iban necesariamente a mirar una pintura. Iban a renovar una obediencia. A comprobar que el altar seguía ahí.
El gran Vicente funciona así.
No solo en los museos. También en los restaurantes imposibles de reservar, en las ciudades convertidas en selfie, en los libros que hay que leer porque todos los nombran, en las películas que nadie se anima a decir que aburrieron, en los artistas consagrados por repetición, en las canciones que suenan hasta que confundimos costumbre con gusto.
El mundo no siempre consagra lo mejor. A veces consagra lo más repetido. La fama es una señora muy eficiente: entra primero a la sala y nos dice dónde tenemos que emocionarnos. Y entonces obedecemos. Nos paramos donde nos dijeron. Miramos lo que nos indicaron. Sentimos, o intentamos sentir, lo que se supone que hay que sentir. Sacamos la foto antes de haber mirado.
La partitura invisible de Lionel Messi
Pero sería injusto decir que toda admiración colectiva es obediencia. A veces hay razones para mirar algo. Razones fuertes. Razones verdaderas. A veces algo, o alguien, merece realmente ser mirado y también admirado.
Pienso, por ejemplo, en Lionel Messi.
Nunca me gustó el fútbol. Lo digo sin culpa: me aburría bastante. Sin embargo, hubo una época en que miraba algunos partidos solo porque jugaba Lionel Messi, especialmente cuando en el Barcelona formaba aquel triángulo casi eléctrico con Suárez y Neymar. Ahí pasaba otra cosa.
Cuando Messi juega, el mundo se levanta. Y esa energía de la gente de pie, aplaudiendo, gritando, emocionándose, entra incluso a través de una pantalla. Atraviesa el aire, países, idiomas. Una puede estar lejos del estadio y aun así sentir que algo extraordinario acaba de suceder.
En ese caso, la admiración tiene sentido. No nace solamente de una imagen repetida ni de una promoción mundial. Nace de una evidencia viva. De un ser humano con cualidades excepcionales, con una conducta sostenida en el tiempo, con bonhomía, humildad y una especie de magia inexplicable en los pies.
Con Vicente, la frase sería: “Adonde va Vicente va la gente”. Pero con Messi habría que decir otra cosa: Donde está Lionel, va la gente.
Y no va solo porque sea famoso. Va porque Lionel atrapa algo más profundo que una mirada. Atrapa la atención, la conciencia, la curiosidad. Una quiere saber qué vio antes que todos, qué cálculo hizo en una fracción de segundo, qué espacio encontró donde los demás veían una pared.
Porque en Messi no hay solamente habilidad física. Hay inteligencia espacial. Hay inteligencia táctica. Hay una lectura del mundo en movimiento. La cancha, para él, parece no ser un rectángulo con líneas blancas, sino una partitura invisible.
Y a eso se suma su otro valor: esa manera de no necesitar agrandarse para ser enorme.
No miramos una estampita consagrada por repetición. Miramos a un ser humano haciendo, en vivo, algo excepcional. Una magia que no está quieta detrás de un vidrio: aparece, desaparece, gambetea, espera, toca la pelota y de pronto levanta al mundo.
Vicente empuja. Lionel convoca. Vicente necesita carteles. Lionel necesita una pelota. Y ahí está la diferencia entre la fama que arrastra y la grandeza que llama.
La verdadera experiencia empieza cuando una se aparta un poco de la fila. Cuando deja de obedecer al prestigio y empieza a escuchar su propia percepción. Cuando se permite decir: “Esto es famoso, sí, pero a mí no me dijo nada”. O también: “Esto que nadie mira me habló más fuerte que todo lo consagrado”.
No se trata de despreciar lo célebre. Se trata de no confundir celebridad con verdad. Porque adonde va Vicente va la gente. Pero a veces, justo en la dirección contraria, empieza el descubrimiento.
Y les cuento que, aquel mismo día, en el pequeño bosque de arrayanes detrás del Llao Llao, ocurrió algo que todavía guardo como una pregunta.
Mientras veía a los turistas hablar con los árboles, saqué varias fotos. Fotos normales, digitales, sin buscar detalles mínimos, sin acercar la lente, sin intención de capturar nada misterioso. Después volví al hotel y las miré.
En una de ellas apareció una figura pequeña, borrosa, casi blanquecina, como de hielo. Parecía tener un cuerpo diminuto, dos piernitas y dobles alas. Parecía, sí, un hada.
Yo no la había visto. La cámara, en cambio, la había registrado. No digo que fuera un hada. Tampoco digo que no lo fuera. Tal vez fue una luz, un reflejo, una hoja, un insecto, una casualidad óptica jugando a la mitología. Tal vez fui yo, después, dándole forma a una mancha. O tal vez, quién sabe, el bosque decidió dejar una firma mínima en la fotografía. No sé si esto demuestra algo.
Probablemente no. Pero todavía me acuerdo de esa foto. Y ahí está, para mí, la diferencia.
Una cosa es que Vicente nos arrastre hacia donde todos van, nos diga qué mirar, qué admirar, dónde emocionarnos y ante qué altar moderno detenernos con el celular en la mano.
Otra cosa es que, en medio del ruido, aparezca una pregunta verdadera.
La Mona Lisa, detrás del vidrio, parece exigirnos admiración. El gran Vicente nos empuja hacia ella con siglos de promoción mundial. Pero aquella figura borrosa en la foto no exigía nada. No pedía fila, ni entrada, ni souvenir, ni selfie, ni obediencia.
Estaba ahí. Pequeña. Dudosa. Casi helada. Como una posibilidad. Y tal vez el verdadero misterio no esté en aquello que el mundo nos obliga a mirar, sino en eso que aparece cuando nadie lo estaba buscando.
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