Cuestión de escala

La soberanía que sí podemos pagar

Aunque se diga que la IA soberana es un sueño irrealizable, “en Barranca Larga, un pueblo rural de Catamarca se está construyendo la única soberanía que se puede ejercer: la de los propios datos”, sostiene la autora. Ese es “el único nivel donde un país como Argentina puede jugar hoy”, agrega.

Barranca Larga pueblo cartamarqueño. Foto: Google Maps

The Economist acaba de declarar que la "IA soberana" es una quimera: ningún país puede independizarse de los chips estadounidenses ni de los modelos chinos, y los gobiernos ya anunciaron más de US$ 70.000 millones en proyectos que probablemente queden obsoletos antes de encenderse. 

Tienen razón. Y sin embargo, en un pueblo rural de Catamarca se está construyendo la única soberanía que se puede ejercer: la de los propios datos.

En la última cumbre del G7, los jefes de Estado compartieron mesa con Sam Altman, Demis Hassabis y Dario Amodei: los líderes de las economías más poderosas del planeta cortejando a los dueños de los modelos. Días antes, Washington le había prohibido a Anthropic ofrecer su modelo más avanzado a extranjeros; OpenAI lo imitó. Macron advirtió que nadie va a comprar una IA que puede desactivarse por decreto ajeno, y China, según Reuters, evalúa hacer lo mismo.

El pánico tiene nombre de moda: "IA soberana". Los proyectos estatales de IA fuera de Estados Unidos y China se quintuplicaron entre 2024 y 2025. The Economist repasó los números y dictó sentencia: un solo centro de datos de un gigavatio cuesta unos 50.000 millones, los chips quedan obsoletos en cinco o seis años. Arabia Saudita y los Emiratos planean gastar más de 100.000 millones cada uno, y aun así seguirán dependiendo de Nvidia.

Pero hay en todo el debate un error de escala. Hay tres niveles de soberanía posible en IA, con precios radicalmente distintos.

El primero es el imposible: fabricar chips de frontera y entrenar modelos que compitan con GPT o Claude. Huawei, con el respaldo total del Estado chino, logró un chip que rinde una quinta parte del último de Nvidia. Si China apenas puede, nadie puede.

El segundo es el ruinoso: los megaproyectos estatales, los centros de datos de mármol, infraestructura que se deprecia más rápido de lo que tarda en inaugurarse. Es donde hoy se quema casi todo el dinero anunciado.

El tercero es el que nadie mira, porque no da para foto con casco y pala: la soberanía de los datos y de la arquitectura. Y es el único donde un país como Argentina puede jugar hoy, con lo que tiene.

"Esto es una nube de humo, el proyecto Stargate necesita claridad"

Kevin Xu, un inversor citado en la nota, propone la reformulación clave: entender la soberanía menos como independencia y más como control. No importa quién fabricó el motor; importa quién tiene las llaves. La traducción técnica tiene nombre: RAG, Generación Aumentada por Recuperación.

En lugar de esperar que el modelo "sepa" todo, se le conecta un corpus propio y el sistema responde buscando primero ahí. El modelo se vuelve una pieza casi intercambiable; el activo estratégico es el corpus. Y el corpus es tuyo: no lo puede apagar una orden ejecutiva de Washington ni una ley de seguridad de Pekín. Para la enorme mayoría de los usos reales no hace falta un modelo de frontera; hace falta uno decente que sepa leer lo que se le da.

Arabia Saudita y los Emiratos planean gastar más de 100.000 millones cada uno, y aun así seguirán dependiendo de Nvidia"

Bajemos la teoría al territorio. En el noroeste de Catamarca, en un pueblo llamado Barranca Larga, funciona un Eco-Laboratorio rural comunitario, parte de un museo cogestionado entre el municipio, la comunidad y el CIIVAC, el colectivo interdisciplinario que dirige la arqueóloga Alejandra Korstanje y que lleva más de treinta años produciendo conocimiento en los valles altos. 

Allí está naciendo un Asistente de Conocimiento Comunitario: un sistema de IA generativa que responderá preguntas de la población rural a partir de un corpus doble, científico y comunitario. Es el proyecto doctoral de Estefanía Cajeao, becaria del CONICET, dirigido por el Dr. Fernando Longhi y que tengo el gusto de codirigir. El prototipo ya existe: lo armamos tres especialistas en IT con muchos años de oficio —José Jerez, Jonatan Gómez y quien firma— con herramientas y modelo abiertos, primero en una computadora personal y hoy en un servidor propio. Escala completa del proyecto: un servidor. Sin gigavatio, sin los 50.000 millones.

En Catamarca está naciendo un un sistema de IA generativa que responderá preguntas de la población rural a partir de un corpus doble, científico y comunitario"

Un detalle de la cocina lo demuestra mejor que cualquier argumento. El prototipo se pensó primero para la API de Gemini, de Google. Hoy ese mismo sistema conversa con un modelo abierto de la familia Llama. ¿El costo del cambio? Unas pocas líneas de configuración. Ni un dato del corpus se tocó; el sistema cambió de cerebro sin enterarse. 

Esa es la definición operativa que le falta al debate: no es no depender de nadie, imposible, sino que ninguna dependencia sea irreversible. Si mañana un proveedor corta el acceso, el mismo corpus se conecta a otro modelo, incluso a uno corriendo localmente, y nada se pierde, porque lo valioso nunca estuvo del otro lado del cable.

The Economist cierra concediendo que, dadas las alternativas, hasta un poco de soberanía puede rendir mucho. Coincido, con una precisión geográfica: ese poco no se está construyendo en Bruselas ni en Riad. Se está construyendo en Barranca Larga, Catamarca, con un servidor propio, un corpus de treinta años de conocimiento y tres especialistas que saben lo que hacen. La única soberanía que puede ejercerse es la de los propios datos. Lo demás es mármol.

*Dra. en Ciencias Físicas, Ministra de Ciencia y Tecnología de San Luis y Rectora de la Universidad de La Punta (2015-2024), Pres. Fundación Naos.