Comunicación rota

Las criaturas luminosas saben escuchar

“¿Cuántas tragedias no nacen por falta de amor, sino por falta de escucha?”, se pregunta la autora y recuerda al pulpo de la nueva película de Netflix, que percibe lo que a los humanos se les escapa. Siempre cuesta la libertad: “el pulpo está encerrado en un acuario; los humanos, en sus propias versiones del acuario emocional”.

Criaturas luminosas, la película de Netlix Foto: Cedoc Perfil

Hay películas que parecen hechas para conmover: una pérdida grande, una casa demasiado vacía, alguien que no sabe qué hacer con su dolor, otro personaje que llega tarde a su propia historia y un animal extraordinario que observa más de lo que los humanos comprenden. Todo está servido. El problema es que no todos los platos bien condimentados caen bien.

En Criaturas luminosas (Netflix), lo más interesante no es solamente el pulpo, aunque sea el verdadero centro magnético de la historia. No por tierno, ni por simpático, ni porque funcione como mascota filosófica de un drama humano, sino porque introduce algo que los personajes parecen haber perdido: una inteligencia silenciosa, atenta, casi implacable. El pulpo mira. Registra. Percibe. No necesita gritar para existir.

Frente a esa criatura inteligente, los humanos aparecen desbordados. No son necesariamente malos ni crueles, pero sí emocionalmente torpes. Personas llenas de pérdidas, secretos, omisiones y silencios que nunca terminaron de hablarse. Y ahí aparece una pregunta que me interesa mucho más que la resolución final de la historia: ¿cuántas tragedias no nacen por falta de amor, sino por la falta de escucha, la comunicación rota?

Los brazos del pulpo son su aparato reproductor, una especie de cerebro y también su lengua

Porque no alcanza con amar. Amar mal también puede destruir. Amar sin escuchar puede convertirse en una forma elegante de abandono. Uno puede querer a un hijo, a una madre, a una pareja, y al mismo tiempo haber construido una atmósfera donde el otro no se anima a decir la verdad.

Ese es, para mí, uno de los puntos más fuertes de la película, aunque no siempre parezca advertirlo del todo. Los personajes no sufren solo por lo que pasó. Sufren por lo que no se dijo, por lo que alguien ocultó, por lo que alguien no preguntó, por lo que alguien no quiso, no pudo o no supo escuchar.

La verdadera criatura luminosa no es la que brilla ni la que habla mucho de su dolor, ni siquiera la que ayuda; es la que sabe escuchar"

La verdadera criatura luminosa no es la que brilla ni la que habla mucho de su dolor. Ni siquiera la que ayuda, si esa ayuda se vuelve una manera de dirigir la vida ajena. La verdadera criatura luminosa es la que sabe escuchar de tal modo que el otro no le tenga miedo. Que no necesite esconderle cosas. Ser luminoso es volverse un lugar donde el otro no tenga que mentir para sobrevivir.

Y eso, en la película, casi no existe entre los humanos.

Tova, la protagonista, no es simplemente una “mujer fuerte”, como suele decirse de cualquier mujer que sigue de pie después de una pérdida. Esa frase, usada sin cuidado, a veces borra más de lo que explica. Tova es una mujer emocionalmente arrasada, atravesada por la muerte de su hijo y de su marido, sola en una casa enorme, sostenida por rutinas, limpieza, control y desconocimiento. No parece fuerte: parece organizada para no caerse.

Su vínculo con el pulpo tiene ternura, pero también algo más inquietante: ella vuelca allí una parte de su mundo emocional, quizá porque el pulpo no la contradice como podría hacerlo una persona. No le exige una conversación completa ni le pide revisar lo que no quiso ver.

Pulpo. Una criatura luminosa.

Pero los humanos sí necesitan palabras. Y cuando no las tienen, empiezan los túneles.

Un hijo que no contó. Una madre que no supo preguntar. Otra madre que oculta un nombre y no hace nada para averiguar la desaparición de su amor. Un padre que amaba, pero queda fuera de la historia para siempre. Un joven que aparece sin comprender del todo de dónde viene. 

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Todos giran alrededor de una misma falla: la comunicación rota. No rota de una manera espectacular, sino de esa forma doméstica, casi invisible, que después produce catástrofes.

A veces una tragedia no empieza con un gran acto de violencia. A veces empieza con una conversación que no existió.

Por eso cuesta aceptar sin resistencia la idea de que todo pueda ordenarse hacia el final de un modo milagroso. La película acumula pérdidas, malentendidos, secretos y heridas, y luego parece confiar en que una serie de revelaciones finales puede acomodar el mapa. Puede pasar, claro. La vida también tiene casualidades absurdas. 

Pero narrativamente queda forzado. El anillo, el acuario, el pulpo llevándolo como si ejecutara una misión secreta y dejándolo justo donde la verdad puede aparecer: todo eso funciona como recurso mágico. Y aun dentro de esa magia, uno podría pensar que bastaba un movimiento torpe, un balde dado vuelta, una mínima distracción, para que la revelación volviera a perderse.

El problema no era solamente saber quién era quién. El problema era que nadie había sabido escuchar y/o hablar a tiempo.

¿Qué hacemos con toda nuestra supuesta inteligencia si no somos capaces de escuchar a quienes amamos?"

También aparece el eje de la libertad. El pulpo quiere libertad física: salir, volver a su elemento. Es una criatura capturada, aunque haya sido capturada para salvarla. Esa contradicción importa: los humanos lo salvan encerrándolo. Como tantas veces hacemos con otros humanos cuando intervenimos, protegemos, corregimos y después llamamos amor a esa administración de la vida ajena.

Mientras el pulpo busca la libertad del cuerpo, los humanos parecen necesitar otra libertad, bastante más difícil: la libertad interior. Están atrapados en culpas, duelos, mandatos, miedos y orgullos. Nadie está del todo libre. El pulpo está encerrado en un acuario; los humanos, en sus propias versiones del acuario emocional. Por eso la ayuda también merece una pregunta: ¿hasta dónde ayudar es ayudar, y desde dónde empieza a ser dirigir?

El título, Criaturas luminosas, invita a pensar qué entendemos por luminosidad. Algo luminoso no solo brilla. La luz no es decoración. La luz revela. Muestra un camino, destaca algunas zonas y deja otras en sombra. Por eso la iluminación también tiene una responsabilidad: no todo lo que brilla aclara; algunas luces encandilan.

En esta historia, lo luminoso no debería estar solo en la resolución esperanzadora, ni en la presencia casi mágica del pulpo, ni en la emoción final. Lo luminoso tendría que estar en la posibilidad de comprender. De abrir una zona de escucha. De mirar lo que estaba siendo evitado.

Los brazos del pulpo son su aparato reproductor, una especie de cerebro y también su lengua

Cuando no hay inteligencia emocional, la emoción no ilumina: oscurece. Se vuelve niebla. Desordena. Hace que las personas reaccionen tarde, mal o con una dureza que después no saben reparar. A veces esa falta de inteligencia emocional tiene la forma de una madre que limpia demasiado. De un hijo que calla. De alguien que se va dando un portazo cuando debería haberse quedado a preguntar. De alguien que no averigua, no insiste, no busca, no escucha.

El pulpo, en cambio, observa. Y esa observación parece más inteligente que muchas palabras humanas. Tal vez por eso resulta tan poderoso como personaje: porque no está saturado de explicaciones. Su presencia abre una pregunta incómoda sobre nosotros. ¿Qué hacemos con toda nuestra supuesta inteligencia si no somos capaces de escuchar a quienes amamos?

La película emociona, sí. Tiene encanto, tiene oficio, tiene momentos de belleza. Pero también deja la sensación de que el final acomoda demasiado prolijamente lo que durante años estuvo roto de manera profunda. 

Como si la vida pudiera cerrar sus expedientes con una revelación, un abrazo y una música adecuada. Y la vida suele ser menos obediente. Más despeinada. Más burocrática en su dolor.

Tal vez por eso lo más valioso no esté en el mecanismo final de la trama, sino en la pregunta que queda flotando después. ¿Cuánto daño se habría evitado si alguien hubiera escuchado antes? ¿Cuántas personas ocultan cosas no porque no amen, sino porque temen no ser recibidas?

Ruidosos. Los niños no son las visitas favoritas del pulpo en Criaturas luminosas.

Escuchar no es quedarse callado mientras el otro habla. Eso también puede hacerlo una pared, y algunas paredes tienen mejor acústica que ciertos parientes. Escuchar es crear una atmósfera donde la verdad pueda aparecer sin casco. Es no interrumpir con el propio miedo. Es no convertir cada confesión ajena en una ofensa personal. Es no usar el dolor del otro para confirmar el propio drama.

La verdadera criatura luminosa no es necesariamente el pulpo, aunque quizá sea quien mejor encarna esa inteligencia sin desborde. La verdadera criatura luminosa es cualquier ser capaz de escuchar sin devorar, acompañar sin dirigir, mirar sin invadir y ayudar sin apropiarse del destino ajeno.

No necesitamos películas donde todo se resuelva mágicamente al final, sino relatos donde los personajes aprendan a escuchar antes de que la tragedia sea irreversible. Una película luminosa no necesita acumular pérdidas extremas para funcionar. También podría tratar sobre personas inteligentes a las que les sucede algo inteligente. Personas que se hablan. Que se animan. Que llegan antes del derrumbe.

Claro que eso sería menos melodramático. Pero tal vez sería más revolucionario.

Porque la luz, cuando es verdadera, no aparece solo para embellecer la ruina. Aparece para que no sigamos chocando siempre contra la misma pared.

Tal vez la única criatura realmente luminosa sea la que escucha. No la que salva a todos.No la que ordena el final.No la que brilla.
La que escucha.
 

*Coach por Michigan University (Emotional Intelligence: Cultivating Immensely Human Interactions); Universidad de la República Oriental del Uruguay (Abogacía y Sociología)