A 202 años de su muerte

Manuel Belgrano y la Bandera Nacional: una mirada desde la Historia de la Educación

La inscripción de Belgrano en el panteón nacional como creador del emblema nacional, reduce y sesga, a la vez, el conocimiento de su acción revolucionaria en la política de su tiempo y las implicancias educacionales de su pensamiento y su obra.

Manuel Belgrano (CEDOC CULTURA.GOB.AR)

Cada junio y hacia el día 20 las instituciones educativas se preparan para conmemorar un nuevo aniversario del fallecimiento de Manuel Belgrano y de su creación, la Bandera argentina; además, año tras año, la tradición escolar recobra en la Promesa de Lealtad a la Bandera realizada en los cuartos grados del Nivel Primario, una memoria de aquella jura del 27 de febrero de los soldados en 1812 a orillas del río Paraná, en el camino hacia la emancipación.

La fecha de su entrada a la inmortalidad, cual santoral patriótico, será ubicada en los calendarios escolares para evocar en un mismo día el reconocimiento de la Bandera como símbolo patrio y a Belgrano como su artífice.

La naturalización del mito fundacional argentino oculta de algún modo que el lugar de Belgrano, hoy incuestionable, ha sido disputado en cuanto a su legitimidad. Por otra parte, la inscripción de Belgrano en el panteón nacional como creador del emblema nacional, reduce y sesga, a la vez, el conocimiento de su acción revolucionaria en la política de su tiempo y las implicancias educacionales de su pensamiento y su obra.

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Por ello, conocer y reconocer a Manuel Belgrano, como un político comprometido desde la pluma y en su accionar en el campo de batalla, abre la posibilidad de recobrar a ese hombre desinteresado, detrás de los relatos históricos recubiertos de bronce, que se transmiten en general, en las evocaciones escolares. Ese bronce, que endurece su profunda humanidad, es por fortuna, interpelado por distintas instituciones y asociaciones belgranianas, que se han ocupado de mantener viva su historia.

Algunas de las huellas encontradas en investigaciones realizadas en ocasión del bicentenario del fallecimiento de Belgrano, exhiben el modo en que Belgrano entra en la historia, desde los dispositivos a través de los cuales el Consejo Nacional de Educación ―hoy Federal, en adelante CNE― instauró la educación patriótica, organismo que gobernara la educación primaria, desde 1881 y que se hacen visibles particularmente en su figura, hacia el Centenario de la Revolución de Mayo, en 1910.

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Hacia fines del siglo XIX y en abierta disputa con el relato de López y Mitre en torno a Belgrano, la narrativa, José María Ramos Mejía, en su ensayo Las multitudes argentinas (1899), plantea otra historia. Para Ramos Mejía, Belgrano, ni fue como miembro de la Junta un promotor de la revolución, ni el creador de la bandera; para Ramos Mejía la protagonista de estos eventos centrales hacia la independencia, son las multitudes argentinas, el pueblo. 

Según Ramos Mejía, en este escrito, la bandera es una “cuestión de óptica, más que de inspiración”. En una clara operación política, Ramos Mejía, corre de lugar y de actor, la creación de la bandera, relato que no prosperará cuando en la presidencia del CNE instaura el dispositivo de la Educación Patriótica. Otro ejemplo de destitución que se encuentra en esta obra finisecular, es la actuación de Belgrano en territorio paraguayo, cuando dice que lucha “con más audacia que armas”. Ramos Mejía, en su función ejecutiva en el CNE y hacia 1908, promoverá las peregrinaciones de estudiantes y maestros a estos lugares de veneración patriótica.

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Por último, y sin agotar las evidencias, de Belgrano calificado por Ramos, como nobilísimo meneur, “sin asomo de pericia militar, según su propio biógrafo” es apenas conductor al que le reconoce solamente, el estudio de los maestros de la guerra. Si bien éstos son fragmentos de la historia propuesta por Ramos Mejía hacia fines del siglo XIX, el relato que se impone en las primeras décadas del siglo XX, definitivamente es el mitrista, y a esta altura la disputa parece haberse saldado, no encontrándose evidencia que revele acciones de Ramos Mejía para instaurar su propia narrativa finisecular, todo lo contrario; desde la presidencia del CNE, su programa le atribuirá a Belgrano, ―no la espada, cuyo santo ya la tendría otorgada primero―, sino nada más y nada menos que esa bandera negada doblemente: en sus multitudes la creación es atribuida a la multitud, y primero negada en el origen por el Triunvirato, cuando en respuesta a la carta que enviara desde Rosario, con fecha 27 de febrero de 1812 al Gobierno Superior de las Provincias del Rio de la Plata le responden que la elimine.

Himnos y poesías en honor del creador de la Bandera serán motivo de concursos promovidos por el CNE, para terminar de cristalizar en la primera década del siglo XX, la mística de los símbolos a los que se apelará para definir los colores de la argentinidad.

 

* Dra. Laura S. Guic. USAL – UNLa.