Los 90 años del Teatro Gran Rex
En 1936, el arquitecto Alberto Prebisch lo pensó como un edificio “con sala de espectáculos para 3500 espectadores, confitería, restaurante, y la playa de estacionamiento para 200 vehículos”, recuerda el autor.
Hace 90 años, allá por 1936, cuando en la Ciudad de Buenos Aires la avenida Corrientes dejaba de ser la “calle angosta”, el arquitecto Alberto Prebisch inicia la construcción del mítico Teatro Gran Rex.
Tras haber construido el Obelisco, sobre la avenida 9 de Julio, desarrolla esta obra envuelta en los postulados del denominado The International Style, que caracterizaron los rasgos de la nueva arquitectura, explotando la estética intrínseca del material y las soluciones estructurales, en contraste con la utilización del ornamento que hasta entonces prevalecía.
El proyecto ocupó toda la superficie de un lote ligeramente irregular, conocido con anterioridad como la “fonda de los artistas” en Corrientes al 800. El edificio se dividió funcionalmente en tres usos diferenciados: sala de espectáculos con capacidad para 3500 espectadores, confitería y restaurante, y la playa de estacionamiento, para 200 vehículos.
La fachada, revestida íntegramente en mármol travertino sin lustrar, está conformada por un rectángulo puro y refinado, despojado de todo tipo de ornamentación y en que se destacan: el nombre de la sala inscripta en relieve sobre la parte superior, la marquesina sobre planta baja que recorre todo el frente, el muro macizo -sobre un costado- destinado a uso publicitario y, como centro de la escena, la importante abertura sobre el foyer, que oportunamente se dio en llamar “la ventana más grande de América Latina”.
Se accede al edificio luego de trasponer un vestíbulo de triple altura, a modo de fuelle con el exterior, revestido en travertino lustrado y flanqueado por las escaleras principales. La sala de espectáculos, de generosas dimensiones, ha sido organizada con forma de abanico para asegurar las mejores visuales desde cualquier punto de observación.
Los espectadores se distribuyen en tres niveles: platea, con 1400 butacas, superpullman (primer balcón), con 600 butacas y pullman (segundo balcón), con 1500. Recostada sobre uno de los ejes medianeros, se encuentra la confitería, distribuida en tres plantas y parte del primer subsuelo, y en la parte restante se ubicó al estacionamiento de vehículos.
Un símbolo tras los cristales
Toda la estructura del edificio se ejecutó completamente en hormigón armado, excepto la del techo de la sala, realizada con cabreadas metálicas que conforman una bóveda dividida en arcos de bordes superpuestos, cuyo diseño responde a requerimientos acústicos. Los vacíos entre arcos son espacios de absorción del sonido y contienen la iluminación.
Como alarde de la técnica, el gran ventanal de la fachada está dividido por una viga de 25 metros que soporta la losa del segundo balcón y se halla sostenido desde el techo por tensores.Como escasísimos edificios de la época, desde su construcción contó con un sistema de aire acondicionado central, que se inyecta por orificios debajo de cada butaca.
El Gran Rex está sintetizado en su gran ventanal, allí se traduce su forma, con un lenguaje depurado que eliminó todo adosamiento decorativo; su función, una membrana acristalada que establece un fluido diálogo del interior con el exterior y su técnica, una estructura de grandes luces de donde “cuelgan” los componentes.
Difícilmente pueda encontrarse ejemplos de una arquitectura capaz de combinar con tanta precisión y equilibrio estos tres conceptos esenciales: forma, función y técnica, y ponerlos de manifiesto con tanta simpleza en un rectángulo de fachada.A sus 90 años, al Gran Rex cabe mirarlo como expresión apropiada de una arquitectura internacional, como alarde de una técnica sofisticada y como símbolo y vidriera de una sociedad emergente.
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