A primera vista parece un error. En pleno desierto, bajo un sol que cae como martillo, algunos pueblos se visten de negro y beben té caliente. Mientras la lógica urbana recomienda ropa blanca, duchas frías y bebidas heladas, ellos hacen exactamente lo contrario. No por rebeldía ni por tradición vacía, sino por experiencia. Porque el desierto no perdona teorías mal entendidas.
Yo escuché durante años las mismas recomendaciones repetirse como un mantra moderno: hay que enfriarse, hay que tomar todo frío, hay que refugiarse puertas adentro, hay que vestirse de blanco. Cada vez que las oía, algo no me cerraba. No desde la teoría, sino desde el cuerpo. Yo sabía , lo sabía de una manera difícil de explicar, que un té caliente, incluso un té con leche caliente, me ayudaba a soportar mejor el calor. Me hacía bien. No entendía por qué, pero funcionaba. Y como toda contradicción persistente, me llevó a investigar.
Fue una curiosidad casi obstinada. Recuerdo horas en bibliotecas, leyendo sobre climas extremos, fisiología, culturas del desierto. No buscaba confirmar una idea, buscaba entender por qué mi experiencia iba en contra de lo que la sociedad repetía con tanta seguridad. Y ahí apareció una lógica distinta, menos urbana, menos ansiosa, más antigua.
Entre los Tuareg del Sahara y los Beduinos, la vestimenta oscura no es una elección estética ni simbólica: es una tecnología ancestral. Capas amplias de tela negra envuelven el cuerpo y crean un colchón de aire entre la piel y el exterior. Ese aire actúa como aislante térmico. El negro absorbe el calor del sol, sí, pero la clave está en que ese calor no se transfiere de manera directa al cuerpo cuando la ropa es suelta. No aprieta, no asfixia, no pega la piel al clima. Deja respirar.
La creencia moderna de que “el blanco enfría” es incompleta. Es cierto que el blanco refleja la radiación solar, pero también es cierto que, en climas extremos, la verdadera amenaza no es solo el sol, sino la deshidratación y el desgaste energético.
Tomar té caliente estimula la transpiración, y la evaporación del sudor"
Estudios comparativos demostraron que la ropa amplia, independientemente del color, protege mejor al cuerpo que la ropa ajustada, porque favorece la circulación del aire y la evaporación del sudor. El cuerpo humano no está diseñado para combatir el entorno, sino para regularse dentro de él. Y la regulación necesita estabilidad, no golpes térmicos.
Aquí entra en escena la segunda herejía: las bebidas calientes. Tomar té caliente estimula la transpiración, y la evaporación del sudor enfría el cuerpo de forma natural. No hay engaño fisiológico ni alivio artificial. Hay equilibrio. El frío extremo, en cambio, engaña al organismo, interrumpe los mecanismos naturales de regulación y obliga a gastar más energía para volver a un punto estable. Lo aprendí primero en el cuerpo; después, en los libros.
Occidente ama las soluciones rápidas. Aire acondicionado, bebidas heladas, duchas frías. El verano convertido en enemigo. El cuerpo tratado como una máquina que hay que corregir, no como un sistema que hay que escuchar. Esa estrategia funciona mientras hay enchufes, heladeras y electricidad. El desierto, en cambio, enseñó a sobrevivir sin negar lo que es. No se lucha contra el calor: se lo administra.
Vestirse de negro bajo el sol no es una contradicción. Es una lección. Una de esas que no vienen en manuales contemporáneos ni en publicidades de verano, pero que llevan siglos escritas en la arena. Tal vez el problema no sea el calor. Tal vez el problema sea nuestra costumbre de desconfiar del cuerpo, incluso cuando el cuerpo —en silencio— ya entendió lo que la cultura todavía discute.