“Consciente” se volvió una palabra de circulación casi automática. Empresa consciente, alimentación consciente, espiritualidad consciente. Ahora todo e “consciente”. El tema es que su éxito es directamente proporcional a su indeterminación: cuanto menos define, más puede circular. Y en ese punto conviene no confundir un problema meramente semántico con un fenómeno político. No estamos ante una palabra "de moda" sin más, sino ante un operador discursivo que produce legitimidad, organiza pertenencias y desplaza la exigencia de pruebas hacia el plano moral.
En su uso filosófico o psicológico, "conciencia" remite a una operación reflexiva: advertir el propio acto, tomar distancia, hacerse cargo de criterios. Sin embargo, en los registros contemporáneos de consumo, gestión y bienestar, "consciente" suele funcionar como un atributo meramente honorífico. Es adorno de una identidad, ni siquiera describe una práctica.
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Una empresa no se presenta como alguien que implementó X mecanismo verificable: se presenta como "consciente", con todo ese aire grandilocuente que la palabra arrastra, como si ahora la empresa y el empresario aparecieran en una túnica blanca y sandalias de bambú, como si la palabra aportara un plus identitario.
Es un desplazamiento claro: de acciones a esencias y de procedimientos a reputación. Y con ese desplazamiento cambia el tipo de discusión posible. Ya no se pregunta qué se hace y con qué resultados: se acepta lo que se dice ser.
Pero pensémoslo un poco más. El primer mecanismo es la vaguedad estratégica. "Consciente" es un significante elástico que permite recontextualizaciones múltiples. Cada audiencia puede rellenar el término con sus propios valores: sustentabilidad, empatía, autocuidado, propósito, presencia. Esta elasticidad produce consenso rápido, pero un consenso sin ningún tipo de argumentación.
El término se vuelve prácticamente irrefutable porque no fija criterios; además, en rigor, no dice nada. Si alguien lo cuestiona, se lo puede acusar de cínico o de “no entender”: “ay, no lo entenderías porque hay que ser un despierto, un distinto”. No hace falta agregar que esa es una función clásica de ciertas palabras prestigiosas: inmunizar el discurso contra la demanda de precisión, o mejor dicho, contra toda crítica.
El segundo mecanismo es axiológico. “Consciente” no opera como descripción: opera como juicio. Ubica al hablante del lado de lo virtuoso y empuja al crítico al lado de lo “inconsciente”, lo atrasado, lo irresponsable. La diferencia deja de ser una disputa de razones y pasa a ser una frontera moral. Esto clausura la deliberación porque convierte el desacuerdo en un déficit ético.
El tercer mecanismo es la producción de subjetividad. “Consciente” no solo etiqueta productos o culturas, también fabrica un tipo de sujeto. En sociedades donde la gobernanza se vuelve difusa, y donde la gestión de riesgos y costos se desplaza hacia abajo, se espera que el individuo se autorregule. La retórica de la conciencia encaja perfecto porque convierte el control en ideal. No hace falta disciplinar desde afuera cuando el sujeto interioriza la norma como aspiración.
Ser consciente se vuelve un deber, casi una identidad. Y lo clave es el efecto político: cuando algo falla, la explicación tiende a individualizarse. Obvio, mi no es el sistema, es tu falta de conciencia, tu hábito, tu nivel de presencia. Es decir, nunca es la estructura, el sistema, los intereses de fondo, ni mucho menos la matriz económica y política. Siempre sos vos y tu falta de conciencia.
Esa individualización tiene un costo epistemológico visible porque desplaza saberes. “Alimentación consciente”puede transformar un problema socioeconómico y biopolítico en una cuestión de elección privada, como si el acceso desigual a alimentos, la industria del ultraprocesado, la violencia publicitaria, la precariedad del tiempo y el estrés laboral fueran meros detalles.
“Empresa consciente” puede funcionar como pantalla que vuelve secundarias preguntas por salarios, tercerizaciones, condiciones de trabajo, mecanismos de queja, rendición de cuentas, impactos ambientales auditables. La palabra, en vez de abrir análisis, lo reemplaza por un perfume ético. Se compra legitimidad sin pagar el precio de la prueba.
Pero ojo: “consciente” puede leerse también como un operador de verificación liviana. Lo que quiero decir es que produce efectos de verdad sin someterse a un régimen de validación. No se apoya en protocolos, indicadores o auditorías, sino en reputación y pertenencia.
Es una palabra-carnet: habilita acceso simbólico al circuito de los “buenos” y desplaza al campo de la sospecha a quienes piden explicaciones y criterio, a quienes tienen pensamiento crítico. Lo más interesante es que su poder no radica en su capacidad de explicar, sino, por el contrario, en su capacidad para no explicar absolutamente nada.
Por eso, la importancia de desmontarla. La crítica exige operacionalizar: ¿qué significa "consciente" en prácticas observables? ¿Qué criterios lo determinan? ¿Quién mide y quién audita? ¿Qué se hace distinto, con qué recursos, con qué consecuencias? ¿Qué estructura se transforma y qué asimetría se corrige? Cuando se obliga a responder estas preguntas, muchas veces la palabra se desinfla. Es ahí cuando se nota que “consciente” era nada más y nada menos que una estrategia de legitimación.
El punto final es, quizá, el más molesto: estas palabras prosperan porque prometen sentido en un mundo saturado. Funcionan como atajos afectivos. Pero precisamente por eso su crítica es una tarea epistemológica y política.
No intento negar el deseo de vivir mejor, pero sí impedir que ese deseo sea capturado por etiquetas que moralizan, despolitizan y clausuran el análisis, la crítica y el pensamiento. Recuperar rigor aquí es recuperar una forma de libertad: la libertad de sospechar y de pensar aquello que se vuelve tan transparente, empalagoso, repetitivo.