Relación de fuerzas

Nadie parece temerle al estrecho de Ormuz, todos los que transitan pagan peaje a Irán

En un contexto de tensión con Estados Unidos, la medida combina control territorial, innovación financiera y selección política de actores, aunque se trate de una violación al derecho internacional.

Mohammad Bagher Ghalibaf (el segundo de la derecha), presidente del Parlamento iraní. Foto: AFP

Desde Ginebra, Suiza — Con el proyecto de hacerle pagar honorarios de tránsito a los barcos que pasan por el estrecho de Ormuz, Irán trastorna el funcionamiento del comercio naval, paradójicamente gracias al concurso de Estados Unidos, en virtud de las incertidumbres de una tregua de cese el fuego de 2 semanas entre Washington y Teherán. Según la televisión del Estado iraní, la medida podría generar 64 miles de millones de dólares anuales por barco, a pagar en criptomonedas. (1)

Desde el 28 de febrero pasado, el estrecho ha estado prácticamente cerrado a la navegación. Del 1 al 21 de marzo, solo pasaron 144 embarcaciones, registradas por «Kpler», la sociedad que vigila el flujo petrolero. Ello representa una caída del 95% del ritmo normal en el canal. Incluso en la guerra Irán-Irak (1980-1988), pese a los ataques contra los navíos, el estrecho prosiguió abierto. Allí están ahora inmovilizados 800 navíos, entre ellos, 47 son grandes petroleros.

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Aceptando someterse a la autorización iraní para acostar, los armadores han reconocido, de facto, la soberanía de Teherán sobre un espacio que el derecho internacional considera un paso en tránsito libre. Este «peaje de Teherán», reposa sobre 3 innovaciones simultáneas. La primera es geográfica. Los barcos transitan una ruta aprobada por Irán. Con la autorización de los Guardianes de la Revolución, los navíos comerciales rodean la Isla de Larek, prácticamente desierta, cerca de las costas iraníes, un lugar inhóspito declarado abierto a todos.

La segunda innovación es monetaria. La opción no es anodina. Esquiva el sistema financiero internacional, eludiendo sanciones, «clearings» bancarios y vigilancia de Swift. En una sola decisión Irán cobra el peaje en criptomonedas, experimentando una arquitectura transaccional soberana que escapa estructuralmente a los instrumentos de presión occidentales. Sin duda, la maniobra puede inspirar a otros Estados, invocando la legítima defensa.

La tercera innovación es política. Solo los países aliados de Irán circulan sin trabas particulares: Rusia, China, India, Irak y Pakistán. Irán trata los pedidos de paso caso por caso, pero ciertos Estados, como la India, negocian arreglos más amplios. En definitiva Irán selecciona, filtra y discrimina. Erige una geografía política de acceso marítimo que la historia del derecho al mar jamás conoció de esta forma.

Estrecho de Ormuz.

Sin embargo, el derecho internacional es claro. La Convención de Naciones Unidas sobre el derecho al mar de 1982, garantiza «el paso en tránsito por los estrechos internacionales: libertad de navegación «sin trabas» para todo navío en tránsito continuo y rápido. Incluso si Irán no ha ratificado el texto, ese régimen es considerado como un derecho habitual. Un peaje generalizado constituiría, según los juristas, una violación flagrante.

Evidentemente el derecho frente a la relación de fuerzas, no es suficiente. Pisoteando el derecho internacional, el presidente norteamericano, Donald Trump, ha hecho inaudible toda lección de legalidad. Cuando la primera potencia mundial elige discrecionalmente cuales reglas la obligan, ella se priva -y priva a los aliados- de toda autoridad moral para someter a los otros Estados a plegarse. Estados Unidos e Irán mantienen conversaciones permanentes sobre Ormuz.

La desintegración del orden marítimo no es obra solamente de Irán. Lleva también la firma de Washington. Es irónico constatar en los hechos que se observan en Ormuz una validación, punto por punto, de análisis formulados por numerosos universitarios de Princeton, de Londres, de Oxford, sin que los autores hayan imaginado hasta el presente que sus demostraciones tomarían la forma de un peaje en criptomonedas en un estrecho del Golfo.

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Los teóricos de la potencia, no se sorprenderán. Desde 1988, la economista política británica Susan Strange, en «States and Markets»,forjó un concepto llamado a irrigar todo pensamiento estratégico de los decenios siguientes, el de la «potencia estructural». Ese concepto no ilustra la capacidad de coerción directamente, pero modela las estructuras financieras, energéticas y tecnológicas en las cuales todos los actores son obligados a desempeñarse. Con el estrecho de Ormuz, Irán no gana una batalla naval contra los Estados Unidos. Simplemente cobra un alquiler respecto a la estructura mundial de los flujos petroleros, pagados por los armadores griegos, indios y panameños a los Guardianes de la Revolución.

En cuanto a la cuestión del pago en criptomonedas, existe una suerte de cartografía sobre la manera como los Estados Unidos modificaron su posición central en las redes financieras mundiales, convirtiéndolas en instrumentos de coerción geopolítica de una gran eficacia. Pero esta arma tiene un talón de Aquiles, al hacerse inoperante cuando las transacciones abandonan las redes bajo vigilancia. Exigiendo criptomonedas Irán no se contenta con el pago del peaje, pues se hace una idea de las dimensiones reales del peaje que dominan los Estados Unidos.

Sobre el acuerdo del miércoles 8 de abril, «apertura total» para Trump, «derecho de paso organizado con Omán por Teherán», ilustran la tesis que la soberanía no es un hecho político, sino una puesta en escena colectiva, una norma que todos los Estados utilizan y transgreden según sus intereses del momento. Washington gritó la libertad total. Teherán reivindicó un derecho soberano organizado. Cada uno jugó la soberanía vaciándola de la sustancia.

Bloqueo en el Estrecho de Ormuz.

En cuanto a la isla de Larek como punto de control, resulta claro que la competencia para dominar infraestructuras numéricas (cables submarinos, centrales de datos, estándares tecnológicos), se asemejan a la lógica de los antiguos imperios: quien tiene el nudo físico de una red de flujos (petróleo ayer, datos en un futuro) domina la potencia. El hecho que Irán controle el paso de Ormuz invocando un conflicto armado y la legítima defensa puede inspirar a otros.

China podría aplicar un razonamiento simétrico en el estrecho de Malaca, donde no tiene las riveras, pero su influencia marítima crece. Turquía podría alegar los Acuerdos de Montreal para su proyecto de Canal de Estambul, trazando una vía de paso ignorando convenciones existentes. Los hutíes y sus herederos podrían reivindicar un derecho de vigilancia pago en Bab Al-Mandab. Desencadenado el libre paso en tránsito, resiste mal a la lógica de precedentes acumulados.

El acuerdo del pasado 8 de abril consagra, en un sentido, una práctica inédita: un Estado puede subordinar el paso de un estrecho internacional a una autorización previa, a un pago, a una discriminación fundamentada sobre las alegaciones políticas de los Estados concernidos. En ausencia de una oposición resuelta -jurídica, diplomática, militar- ese precedente puede solidificarse en norma de hecho.

La libertad de circulación marítima ha necesitado siglos para imponerse como principio fundador del comercio mundial. Ella puede desmoronarse rápidamente. Lo que se juega en estos momentos en Ormuz, sobrepasa el precio del tránsito de un petrolero. La cuestión es saber que, mañana, quien escriba las reglas del mar, y a que tarifa, obligará a los otros a someterse.

 

Fuentes de referencia; Xavier Carpentier-Tanguy, «Le Monde», Paris, Francia, 12, 13 y 15 de abril de 2026. Henry Farell y Abraham Newman («El imperio subterráneo. Como han hecho los Estados Unidos de las redes una arma de guerra») Odile Jacob, 2024. Stephen Krasner en «Sovereignty. Organized Hypocrisy» (1999). Anu Bradford, «Digital Empires», Oxford University Press, 2023.