opinión

“Nunca más” a la violencia de la dictadura y “siempre más” a una democracia justa

Aniversario 50 Dictadura Militar Foto: CeDoc

Hermanas y hermanos de nuestra querida Nación argentina: en estos días se cumplirán los cincuenta años de aquel 24 de marzo de 1976 que marcó, en un ambiente general de violencia, el inicio de esa oscura noche en nuestra historia: la tragedia del terrorismo de Estado que se prolongó por siete largos años, hasta el 10 de diciembre de 1983, cuando finalmente recuperamos la democracia. Hoy decimos de manera rotunda: “nunca más” a la violencia de la dictadura y “siempre más” a una democracia justa. Reconocemos la gravedad de lo acontecido en esos años violentos y comprendemos que la memoria exige una autocrítica, de la sociedad y la Iglesia presente en ella, que ayude a redescubrir y reconstruir el sentido de la fraternidad entre los argentinos. “Queremos ser nación” sigue siendo un anhelo y una oración con la cual imploramos la ayuda de Dios para poder hacer realidad esta meta que nos cuesta realizar, tanto ayer como hoy.

1. Una memoria íntegra y luminosa. Ahora bien, como nos recuerda el papa Francisco en la encíclica Fratelli tutti, sabemos que “Es fácil hoy caer en la tentación de dar vuelta la página diciendo que ya hace tiempo que sucedió y que hay que mirar hacia adelante. ¡No, por Dios! Nunca se avanza sin memoria, no se evoluciona sin una memoria íntegra y luminosa. Necesitamos mantener ‘viva la llama de la conciencia colectiva, testificando a las generaciones venideras el horror de lo que sucedió’ que despierta y preserva de esta manera el recuerdo de las víctimas, para que la conciencia humana se fortalezca cada vez más contra todo deseo de dominación y destrucción”. Tengamos bien presente que mutilar la historia abre la puerta a la posibilidad de repetir los mismos errores. Hacer memoria, en cambio, nos permite comprometernos con los desafíos del presente y orientarnos hacia un futuro mejor. Que esta memoria sea íntegra y luminosa en cuanto sea posible es algo que estamos llamados a intentar, una y otra vez, porque “la verdad nos hará libres” (Jn 8, 31-32). (...) La libertad para una nación nunca se construye por la vía de la violencia y la violación de los derechos humanos de otros hermanos y hermanas. La memoria del terrorismo de Estado ha de conducirnos hacia una vida democrática más justa. 

2. Queremos ser nación, una comunidad nacional en hermandad. Por ello es necesario afirmar con el papa Francisco: “Construir la amistad social no solo exige el acercamiento entre grupos que tomaron posiciones diferentes en algún período histórico difícil, sino también un renovado encuentro con los sectores más empobrecidos y vulnerables de la sociedad. Un compromiso incansable para reconocer, proteger y restaurar concretamente la dignidad, tan a menudo olvidada o ignorada, de nuestros hermanos y hermanas, para que puedan verse como los principales protagonistas del destino de su nación”. 

La democracia tiene que acertar con su finalidad última que es el bien común, que es incluir a todos en el camino de la plenitud humana. (...) 

Más vida democrática significa, entonces, asumir el valor del trabajo como uno de los ejes centrales de la cuestión social, pues este no solo aporta dignidad, sino que permite que cada ciudadano “ponga el hombro” en la construcción de una patria de hermanas y hermanos. Cuando las instituciones democráticas favorecen la creación de trabajo digno para los adultos y aseguran una educación de calidad para niñas, niños, adolescentes y jóvenes, están llevando adelante, en definitiva, la mejor política de seguridad.

3. La verdad nos hará libres. Es clave recordar que la verdadera libertad va de la mano con la fraternidad y con una efectiva igualdad que permite a todos vivir con dignidad. Solo cuando eso se vuelve realidad, una nación es verdaderamente libre y auténticamente democrática. Por eso, cuando en el Himno cantamos “Oíd el ruido de rotas cadenas”, no estamos celebrando una realidad consumada, sino una aspiración que aún debemos alcanzar. 

Ahora bien, vivimos una época con una tendencia creciente al autoritarismo; un tiempo en que los populismos de distinto signo explotan la angustia de los ciudadanos, pero no representan el remedio de una vida buena. (...) 

Frente a esto, es necesario rehabilitar una política que ponga la economía al servicio de la dignidad humana, que promueva la paz y que cuide nuestra casa común, empezando por preservar el aire puro y las fuentes de agua dulce y potable. Para ello, es imprescindible recuperar el diálogo sincero, desinteresado y honesto al servicio de una verdadera amistad social. Es que: “Un país crece cuando sus diversas riquezas culturales dialogan de manera constructiva: la cultura popular, la universitaria, la juvenil, la artística, la tecnológica, la cultura económica, la cultura de la familia y de los medios de comunicación”. Se trata de un diálogo que sabe respetar, no excluye a nadie y que, por ser cultural, no puede dejar de ser político y social. 

Tenemos que volver a elegir el diálogo para abordar los conflictos y los desacuerdos, sin caer en polarizaciones estériles. ¡Del insulto de cada día al que piensa distinto, líbranos, Señor! Se torna peligroso acentuar la culpa ajena para proclamar la propia inocencia y justificar una agresión indeterminada. Debemos renunciar a todo tipo de violencia, sabiendo que su espiral comienza con el discurso y escala hacia la acción. No podemos naturalizar la violencia en las redes sociales, en nuestros barrios, en el Congreso de la Nación. 

Como nos invita el papa León XIV, es necesario abstenerse de utilizar palabras que afecten y lastimen al prójimo: “Empecemos a desarmar el lenguaje, renunciando a las palabras hirientes, al juicio inmediato, a hablar mal de quienes están ausentes y no pueden defenderse, a las calumnias. Esforcémonos, en cambio, por aprender a medir las palabras y a cultivar la amabilidad: en la familia, entre amigos, en el lugar de trabajo, en las redes sociales, en los debates políticos, en los medios de comunicación y en las comunidades cristianas. Entonces, muchas palabras de odio darán paso a palabras de esperanza y paz”. 

 

*Fragmentos del mensaje de la Comisión Permanente redactado en Buenos Aires el 10 de marzo de 2026.