OPINIóN
a 50 años del golpe

Lo que no se pudo ocultar

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Misión. En noviembre de 1976, Amnistía Internacional envió una misión para recabar información. | cedoc

Hay algo que los autoritarios detestan especialmente: la mirada de los otros. No la del aliado, no la del cómplice, no la del espectador tolerante. La otra: la que pregunta, documenta, nombra y denuncia. Por eso la historia de Amnistía Internacional durante la dictadura argentina merece ser recordada hoy, precisamente ahora, cuando desde distintos gobiernos y sectores de poder se intenta desacreditar a los organismos de derechos humanos como si fueran una molestia ideológica, una obsesión del pasado o una interferencia incómoda. La historia demuestra lo contrario: muchas veces, esa “interferencia” fue una forma concreta de protección. A veces, incluso, una forma de salvar vidas.

En noviembre de 1976, mientras la dictadura argentina consolidaba su maquinaria clandestina de secuestro, tortura, desaparición forzada y detención sin cargos, Amnistía Internacional (AI) envió una misión al país para hacer lo que hacen los organismos serios: recabar información directa, escuchar testimonios, reunirse con autoridades y poner por escrito lo que el Estado negaba. El informe publicado en marzo de 1977 fue una de las primeras constataciones internacionales, in situ, de que en la Argentina no había “excesos” ni “errores”, sino un sistema de terror. Allí se habló de miles de presos por motivos políticos, de detenciones indefinidas a disposición del Poder Ejecutivo, de torturas, desapariciones y de una presunta legalidad vaciada de garantías.

La dictadura quiso imponer clandestinidad, silencio y desmentida. Quiso que las familias dudaran, que la sociedad mirara para otro lado y que el mundo no viera. La presencia de Amnistía Internacional ayudó a romper ese aislamiento. No actuó sola: estaban las Madres, los familiares, los sobrevivientes, quienes presentaban habeas corpus. Pero la presión internacional amplificó esas voces: les dio eco, legitimidad y resguardo.

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Los organismos internacionales de derechos humanos no están para hacer declaraciones simbólicas. Su trabajo funciona: investigan abusos, los documentan y ayudan a poner límites al poder. Amnistía Internacional, fundada en 1961 y hoy integrada por más de 10 millones de personas en más de 150 países y territorios, basa su trabajo en investigación, campañas y presión pública; no depende de gobiernos, partidos, intereses económicos ni credos religiosos. Esa independencia es lo que vuelve incómoda su voz. Cuando un Estado persigue en vez de proteger, que exista una red global capaz de movilizar denuncias, informes y atención internacional no es un detalle: es una forma de romper la impunidad en tiempo real. El sistema de “acciones urgentes” de AI –que moviliza personas de todo el mundo para exigir por los derechos de una persona o grupo– nació en 1973 con esa lógica: actuar rápido, desplegar esfuerzos globales y aumentar el costo político de la represión.

La historia argentina también muestra que ese compromiso no terminó con la dictadura. Amnistía Internacional siguió después, cuando tocó enfrentar la impunidad en democracia. En 2001 presentó un amicus curiae contra las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, contribuyendo a que la Corte Suprema dejara sin efecto ese andamiaje de impunidad. Esa continuidad importa: demuestra que los derechos humanos no son una consigna coyuntural, sino una práctica sostenida frente a cualquier poder que pretenda colocarse por encima de la ley.

La presión internacional incomoda, sí. Pero también protege, acompaña y registra. También les dice a las víctimas que no están solas y a los perpetradores que alguien está mirando. La Argentina ya conoce el precio del silencio. También conoce el valor de quienes, desde adentro y desde afuera, se negaron a callar. Amnistía Internacional fue una de esas voces. Y recordarlo no es nostalgia: es una advertencia para construir una sociedad más justa y plural.

* Directora ejecutiva Amnistía Internacional Argentina.