OPINIóN
A 50 AÑOS DEL GOLPE

Nosotros

Tenía 19 años cuando se presentó el informe Nunca más, el 20 de septiembre de 1984. La mejor edad para tener en ese momento.

No porque uno entienda todo a los 19 –uno no entiende casi nada–, sino porque a esa edad las cosas entran sin filtro. Sin la mediación de la pertenencia política, sin el peso de lo que uno ya había dicho antes, sin la necesidad de proteger ninguna posición. Entran directamente. El horror entró directamente.

Eso me marcó de una manera que todavía hoy define cómo pienso la política: como una práctica que tiene un límite absoluto. Que hay cosas que no se hacen. Que hay una línea que no se cruza. Que la democracia no es solo un sistema de gobierno, sino una promesa civilizatoria. La promesa de que nunca más el Estado va a usar el terror contra sus propios ciudadanos.

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Hoy dialogo con numerosas personas con las que he tenido –y probablemente siga teniendo– diferencias profundas. Diferencias reales, no de matices. Y me parece bien que sea así. Me parece que es, en sí misma, una de las lecciones de aquel remoto 1984. La construcción de un “nosotros” plural, democrático y diverso es hoy tan urgente como lo fue en aquel momento. Porque la memoria del golpe y sus consecuencias no puede ser patrimonio de ningún sector político. No puede ser la bandera de un espacio ni la coartada de otro. Cuando la memoria se vuelve dogma, pierde su función más importante: la de incomodarnos a todos. La de recordarnos a todos, sin excepción, cuál es el límite.

Una memoria plural no es una memoria débil. Es, al contrario, la única memoria que puede ser verdaderamente democrática.

Pero lo que más me importa hoy es el futuro. Cincuenta años es una fecha que nos convoca a mirar hacia atrás, y está bien. Es necesario. Pero yo quiero proponer también una mirada hacia adelante, porque creo que es la que más nos hace falta.

La democracia argentina está en un momento extraño. Hay fuerzas que la cuestionan desde adentro. Hay un discurso que relativiza sus instituciones, que las presenta como parte del problema. Y hay una tentación, comprensible, pero peligrosa, de responder a eso con la nostalgia: con la idea de que hubo un momento en que todo estuvo bien y que hay que volver ahí. Yo creo que no hay ningún lugar al que volver. Se trata de inventar algo nuevo.

La promesa del Nunca más no es una promesa del pasado. Es una promesa que hay que renovar en cada generación, con las herramientas y los desafíos de cada momento. Y eso hoy significa, entre otras cosas, defender instituciones que están bajo presión, reconstruir confianza en la política y –esto me parece central– ser capaces de hablar con los que piensan distinto sin que eso sea visto como una traición.

No parece mucho. Pero en la Argentina del regreso de los fantasmas es imprescindible.

*Exministro de Cultura de la Nación.