OPINIóN
opinión

Lo imposible no espera

Hace cuarenta años, la Argentina hizo algo sin precedentes en la historia universal: un tribunal civil juzgó y condenó a los comandantes militares que habían dirigido un plan sistemático de terrorismo de Estado.

Se hizo sin un ejército vencedor que lo impusiera, sin un tribunal internacional que lo ordenara, y menos aún en el momento ideal. Con los acusados todavía armados, con amenazas de golpe el mismo día en que empezaron las audiencias.

En 1985, mientras en Chile y Brasil seguían gobernando los militares, la Argentina sentó ante la Justicia a sus propios dictadores. Todo eso, en uno de los momentos más frágiles de nuestra democracia, donde la alternancia política no se daba entre partidos políticos sino entre presidentes y dictadores.

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Soy de 1986. No viví la dictadura. Crecí en democracia y durante mucho tiempo la di por sentada, como se da por sentado algo que ya estaba ahí cuando uno llegó. La primera vez que tomé conciencia fue en la crisis de 2001, cuando mi papá, que es del 64, estaba preocupado por los libros que tenía en mi biblioteca. No solo le daba miedo la crisis económica, sino también el recuerdo de que pudiera haber un golpe militar. Tardé en entender que eso que parecía el estado natural de las cosas era en realidad el resultado de una decisión política tomada en las peores condiciones imaginables, no había nada que sugiriera que eso fuera lo “razonable”, y se hizo. Y valió la pena.

Unos dirán de un lado que faltó más, otros dirán lo contrario, pero como reza el poema El hombre en la arena, de Theodore Roosevelt, “no es el crítico el que cuenta, sino el que está en el barro intentándolo”.

Todo esto me hace preguntar si hay algo de ese pasado útil para el futuro. Creo que sí. Y creo que lo más útil es lo más incómodo de admitir: que las cosas verdaderamente importantes no se hacen cuando las condiciones son ideales. Se hacen cuando se tienen que hacer, aunque las condiciones sean pésimas. Alfonsín no esperó a consolidar el poder para actuar.

En perspectiva, la promesa democrática consistía en que se coma, se cure y se eduque. Hemos sido principalmente fracasados en esa misión, la democracia, por los motivos que sea, no logró hacer lo más sencillo, lo que sí ha logrado la mayoría de las democracias del planeta en estas décadas. Y esa deuda acumulada no solo es un problema en sí mismo: nos dejó más vulnerables frente a lo que vino después. Hoy la democracia además enfrenta amenazas de otra naturaleza que no reemplazan nuestros problemas de arrastre, los acumulan. El año pasado fui invitado a un evento organizado por el Forum 2000 de Vaclav Havel para exponer sobre IA y democracia. Compartí un momento con el presidente checo, Pietr Pavel, que además ha sido director de la OTAN, y dijo algo así como: “Vladimir Putin se dio cuenta de que en el desarrollo de armas pesadas no iba a poder vencer a Occidente, entonces aplicó lo que enseña Sun Tzu: que cuando no puedas ser más fuerte que tu enemigo, lo hagas más débil”, y completó mencionando que encontraron una “debilidad” de nuestra democracia deliberativa: podemos debatir al infinito entre una idea correcta, demostrada, y otra que no, y llevarla hasta el absurdo: si la Tierra es plana, si las vacunas importan, si la educación es un problema, y la lista cada uno puede completarla como quiera.

En un momento del mundo en donde nadie puede aseverar cómo va a ser el mundo laboral dentro de cuatro o cinco años, pero que la mayoría de los pronósticos arroja predicciones muy negativas –que podrán ser o no ser–, nosotros nos encontramos democráticamente imposibilitados de construir consensos mínimos para la prosperidad. Algo que, comparado con lo que hicimos en 1985, debería ser sencillo. Y sin embargo no ocurre.

Existe una tentación permanente en la vida pública de postergar lo difícil. Esperar a tener más fuerza, a que el clima político lo permita, a que los costos bajen. Pero lo que demuestra el Juicio a las Juntas es que el cálculo de la oportunidad perfecta es, en la práctica, una forma elegante de la inacción. Si Alfonsín hubiera calculado como calcularon tantos otros en América Latina, la ventana se habría cerrado.

La pregunta de fondo sigue siendo la misma que en 1985: ¿se actúa cuando es cómodo o cuando es necesario? Pepe Eliaschev llamó al fallo del 9 de diciembre la mayor hazaña civil de la Argentina contemporánea. Cuarenta años después, lo extraordinario no es solo lo que se hizo, sino cuándo se hizo. En el peor momento, con todo en contra. Eso es lo que vale recordar. No para la nostalgia, sino para lo que viene. O al menos vale la pena intentarlo.

*Miembro de la Cámara de Diputados de la Nación.