Un par de zapatos dice más que mil discursos

Hay una diferencia enorme entre decir verdades duras y despreciar al que no llega a fin de mes.

Zapatos de hombre Foto: Freepik

En una reunión de ministros de Economía del mundo, o cada vez que un funcionario argentino pisa el Fondo Monetario Internacional, la Unión Europea u otro organismo internacional, hay algo que inevitablemente llama la atención. No son solo los números, ni los gráficos, ni las presentaciones técnicas. Es la presencia. La forma de pararse, de hablar… y también de vestirse.

El argentino tiene un estilo propio, un charme particular. No es casual. El diseño argentino es valorado en el exterior por una razón simple: busca identidad. No copia tendencias globales ni responde a la lógica del fast fashion. Tiene carácter, oficio, materia prima y una estética que dialoga con la historia y con la calle.

Por eso, en más de una reunión informal, algún colega extranjero suele comentar:
Qué lindos zapatos tenés. Seguro son de Guido o de Correa. La respuesta, seguramente :¨No. No son de cuero plástico de Zara o de H&M¨.

Lo mismo ocurre con un portafolio. Envidiado en cualquier ámbito de negocios del mundo por el corte, la textura y la calidad aparente.¨Qué buen cuero tienen en Argentina. Respuesta Sí, pero este no es cuero. Es parfois, simil cuero. Y aclara orgulloso: "Esta billetera la compré a vendedores de “top manta” en el sur de Europa".

Ese intercambio, aparentemente banal, revela algo más profundo: un ministro no es solo un técnico. Es un embajador. Y cualquier ministro, quiera o no, representa al país que gobierna. En su discurso, en sus gestos y también en sus elecciones simbólicas.

"Yo no compré nunca en mi vida ropa en Argentina": la frase de Luis Caputo para criticar a la industria textil

Argentina ha perdido o directamente despreciado durante años esa dimensión. La de mostrar al mundo lo que somos y lo que hacemos bien. Ya no vendemos Marca País. No vendemos tradición, ni idiosincrasia, ni estilo. Argentina está bien posicionada en granos, carnes y vinos, pero también arrastra una fama incómoda: incumplimientos contractuales, baja previsibilidad y escaso compromiso con la sustentabilidad y el cuidado ambiental, factores cada vez más decisivos en el comercio internacional.

Y sin embargo, diseñamos, producimos, resolvemos y simplificamos procesos complejos. Por eso tantos argentinos triunfan afuera: no por milagro, sino por capacidad creativa, pragmatismo y adaptación.

Paradójicamente, muchos en nuestro país nunca tuvieron la posibilidad real de elegir una marca nacional fuera del circuito del supermercado. Para ellos, el universo textil se reduce a etiquetas como TEX (Carrefour), Cherokee (Coto), Arkitect o Bronzini, Home Collection o Urb. No hay nada malo en eso. Pero tampoco es toda la Argentina.

El pueblo banca a Milei -y a este gobierno- porque percibe que cumplió gran parte de lo que prometió: ajuste, orden, shock, decisiones incómodas. Lo que no avala, lo que no tolera, es que ningún "papafrita" denigre a un pueblo que la está pasando mal. Hay una diferencia enorme entre decir verdades duras y despreciar al que no llega a fin de mes.
Mientras se discute simbología, formas y declaraciones, hay una realidad que no admite maquillaje: el comercio y la industria textil argentina atraviesan uno de sus peores momentos en décadas.

La producción textil registró caídas interanuales de entre el 20% y el 36% a lo largo de 2025, convirtiéndose en uno de los sectores más golpeados de la industria manufacturera. Las fábricas operan con una capacidad instalada que apenas ronda entre el 32% y el 37%, niveles incompatibles con cualquier esquema de sustentabilidad productiva.

Crisis textil: producción en mínimos, importaciones récord y fuerte pérdida de empleo

El impacto social es directo. Entre 2023 y 2025 se perdieron entre 14.000 y 18.000 empleos formales en el sector, con cierres de plantas y talleres que desarticulan economías regionales enteras. Según cámaras empresarias, una de cada diez empresas textiles cerró en el último año y medio.

El comercio minorista acompaña esa caída: el consumo interno se desplomó y el sector registró descensos superiores al 6% interanual, reflejo de una contracción profunda del poder de compra. A esto se suma el ingreso masivo de importaciones y el crecimiento explosivo del e-commerce internacional, que multiplicó envíos en porcentajes de tres dígitos, dejando a la producción local sin margen de reacción.

Los números explican que no se trata de una discusión estética ni ideológica. Se trata de empleo, de industria, de identidad productiva y de respeto social. De supervivencia para miles de personas a las que se les pide paciencia desde la comodidad de un despacho, vistiendo marcas importadas, exhibiendo logos en televisión y confundiendo franqueza con arrogancia.

Representar a la Argentina en un despacho, en una cumbre o en un pasillo informal, también implica entender al país que representan Por eso, el respaldo popular no es ciego. Acompaña el orden, el ajuste y la coherencia. Pero marca un límite claro: nadie banca que se desprecie a un pueblo que, mientras tanto, pierde fábricas, comercios y trabajo. Ese límite no es ideológico. Es moral.

Representar a la Argentina no es solo cerrar números. Es entender que cada gesto habla, que cada palabra pesa y que, a veces, un par de zapatos dice más que mil discursos sobre quiénes somos y qué país queremos volver a mostrarle al mundo.

 

LT