Tras dos años sin un presupuesto aprobado, el gobierno francés ha impuesto uno sin votación parlamentaria. Este último giro en el drama político y fiscal de Francia –y la ausencia de una reacción inmediata del mercado– revela hasta qué punto la Unión Monetaria Europea (UME) sirve a los intereses del país, tal y como pretendían los arquitectos franceses de la moneda única. Pero también, por extraño que parezca, sirve a los intereses de Jordan Bardella, del partido de extrema derecha Agrupación Nacional (RN), favorito de cara a las elecciones presidenciales del año que viene.
Cuando se diseñó la UEM, el Bundesbank alemán era la fuerza dominante en la política macroeconómica europea. Su sustitución por el Banco Central Europeo alteró fundamentalmente la distribución del poder monetario, lo que permitió a Francia disfrutar de tipos de interés al estilo alemán y beneficiarse, al mismo tiempo, de la garantía del BCE a la generosidad fiscal francesa.
Solo durante la crisis de la deuda de la zona euro de 2010-2012 se consolidó el papel del BCE como respaldo fiscal eficaz, cuando el entonces presidente del BCE, Mario Draghi, se comprometió a hacer “todo lo necesario” para salvar el euro, estableciendo al banco central como prestamista de última instancia. Para corregir el defecto de diseño de una unión monetaria compuesta por Estados fiscalmente soberanos, el apoyo del BCE a los bonos soberanos de los Estados miembros se condicionó a una reducción del gasto público en línea con el Tratado de Maastricht, que limita el déficit presupuestario anual al 3% del PIB y la deuda pública al 60%.
Mientras que los Estados miembros del sur de la zona del euro se vieron obligados a aplicar medidas de austeridad, Francia escapó a ese destino. La Comisión Europea, encargada de velar por el cumplimiento de las normas fiscales del bloque, se ha mostrado siempre indulgente con Francia a pesar de sus violaciones crónicas, en gran parte por razones políticas.
El término “privilegio exorbitante”, acuñado originalmente por el entonces ministro de Finanzas francés Valéry Giscard d’Estaing en la década de 1960 para describir las ventajas que confería a Estados Unidos el estatus del dólar como moneda de reserva mundial, parece igualmente aplicable a la posición de Francia dentro de Europa. Como piedra angular de la unión monetaria –y, por extensión, del sistema económico europeo en general–, Francia es prácticamente intocable, lo que le permite ampliar el déficit y la deuda sin un aumento significativo de los costes de financiación.
En ningún lugar ha quedado más clara esta realidad que en el resultado de las deliberaciones anuales sobre el presupuesto de Francia. A pesar de romper su promesa de no utilizar los poderes decretales para aprobar un presupuesto sin la aprobación del Parlamento, el gobierno del primer ministro Sébastien Lecornu sobrevivió a dos votos de censura después de que el Partido Socialista se abstuviera a cambio de ciertas concesiones en materia de gasto.
La maniobra de Lecornu reduce las ya escasas posibilidades de una reducción, aunque sea modesta, del déficit presupuestario, que se prevé que alcance el 5,4 % del PIB en 2026. Pero, dado que es poco probable que la Comisión Europea haga cumplir las normas fiscales de la UE, los mercados de bonos ven poco riesgo de que la agitación política pueda impedir que el BCE intervenga si es necesario.
Esto ayuda a explicar por qué los bonos soberanos franceses se recuperaron tras la aprobación del presupuesto. Otro colapso del gobierno podría haber llevado al presidente Emmanuel Macron a cumplir su amenaza de disolver el Parlamento por segunda vez en menos de dos años, lo que habría agravado la incertidumbre política.
Sin embargo, para estas fechas el año que viene, Francia estará inmersa en una campaña electoral presidencial que determinará su trayectoria económica y política. A menos que un tribunal de apelación revoque la sentencia que impidió a la líder del RN, Marine Le Pen, presentarse a las elecciones, Bardella, su lugarteniente de 30 años, será el candidato del partido para suceder a Macron. Las últimas encuestas de opinión muestran que Bardella derrota fácilmente a todos sus posibles rivales. Más allá de su juventud, Bardella es más elegible que su mentor simplemente porque no tiene que cargar con las asociaciones tóxicas que se relacionan con el nombre de Le Pen.
Si consigue evitar errores innecesarios y se mantiene como favorito, el debate político en Francia y en toda Europa se centrará cada vez más en una cuestión fundamental: ¿provocaría una victoria de Bardella otra crisis en la zona euro y pondría en peligro el propio proyecto europeo?
La respuesta depende menos de la agenda política de Bardella que del privilegio exorbitante de Francia dentro de la UE. Una vez en el Palacio del Elíseo, Bardella tendría todos los incentivos para explotar estas ventajas estructurales en lugar de cuestionarlas. Su entrevista del pasado mes de noviembre con The Economist, en la que pidió al BCE que comprara bonos del Estado francés, apunta sin duda en esa dirección.
Dicho esto, una presidencia de Bardella no estaría exenta de riesgos. Su reciente libro, Ce que veulent les Français (Lo que quieren los franceses), contiene los elementos habituales del género, incluida una descripción de su difícil infancia en el pobre suburbio parisino de Saint-Denis, criado por una madre soltera inmigrante italiana. Pero también ofrece algunas pistas sobre cómo podría abordar la política económica.
Quizás lo más revelador sea el estribillo con el que cierra cada capítulo, en el que Bardella describe las dificultades cotidianas de franceses de diferentes ámbitos sociales y propone cómo mejorar el nivel de vida: reindustrializar bajo la guía de un Estado proteccionista, reducir la burocracia y recortar el gasto público superfluo. Las políticas fundamentales de RN, como frenar la inmigración y exigir a los inmigrantes que se integren en la cultura cívica francesa, se tratan con relativa discreción, quizás en un intento por ampliar su atractivo.
Pero las ambiciones proteccionistas de Bardella se verán limitadas por el marco institucional de la UE. Dado que los Estados miembros han delegado efectivamente la política comercial exterior a la Comisión Europea, la única forma de que Francia aplique un proteccionismo al estilo de Donald Trump sería salir del bloque. A falta de un Franxit, es mucho más probable que Bardella trabaje dentro de los acuerdos existentes de la UE, que ya funcionan a favor de Francia.
Uno de esos acuerdos es el creciente uso de la emisión de deuda a nivel de la UE para financiar la inversión en las industrias de defensa europeas, impulsado por la necesidad de reducir la dependencia de Estados Unidos. Una parte sustancial del reciente préstamo de 90 mil millones de euros (107 mil millones de dólares) de la UE a Ucrania se destinará a la adquisición de equipo militar de fabricantes europeos. Como Estado miembro de la UE con la industria de defensa más grande y diversificada, Francia está bien posicionada para convertirse en uno de los principales beneficiarios de esta y otras iniciativas de rearme posteriores.
En última instancia, el mensaje de Bardella a los votantes franceses es de tranquilidad más que de ruptura. Su retórica lo presenta como un oportunista inteligente que busca explotar las ventajas existentes del sistema, no como un incendiario empeñado en desmantelar la UE. El problema es que el sistema en sí mismo es frágil. Sea cual fuere el camino que elija, la inquietante incertidumbre parece un hecho.
*Brigitte Granville, profesora de Economía Internacional y Política Económica en la Universidad Queen Mary de Londres, es autora de Remembering Inflation (Princeton University Press, 2013) y What Ails France? (McGill-Queen’s University Press, 2021).
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