Una solución europea para el desafío chino de Alemania
La profunda interdependencia económica desarrollada entre Alemania y China en las últimas cuatro décadas se ha vuelto ahora en desventaja para el país europeo.
BERLÍN - Antes de su muy esperado viaje a Beijing -el primero como canciller alemán-, Friedrich Merz ofreció una evaluación franca del papel internacional de China. Según Merz, China fomenta sistemáticamente dependencias, busca reconfigurar el orden internacional y podría alcanzar paridad militar con Estados Unidos. Además, como han señalado cada vez con mayor frecuencia los responsables políticos alemanes, el presidente ruso Vladimir Putin no podría sostener su guerra en Ucrania -que ya lleva cuatro años y ha quebrado el orden de seguridad europeo posterior a la Guerra Fría- sin el apoyo de China.
Este diagnóstico sincero de un rival sistémico no puede ocultar que Alemania enfrenta un dilema: pese a los desafíos en materia de seguridad y economía que plantea China, la presión sobre la economía alemana podría sugerir un enfoque conciliador hacia ese país. Pero en lugar de buscar concesiones y acuerdos para Alemania, Merz debería centrarse en organizar el poder europeo de manera que responda eficazmente a los desafíos planteados por China, así como por Estados Unidos.
La profunda interdependencia económica desarrollada entre Alemania y China en las últimas cuatro décadas se ha vuelto ahora en desventaja para Alemania. En 2025, China volvió a ser el socio comercial más importante de Alemania, con un intercambio bilateral que alcanzó aproximadamente los 252.000 millones de euros (297.000 millones de dólares). Sin embargo, las importaciones de productos electrónicos, equipos informáticos y componentes industriales desde China han llevado el déficit comercial bilateral a niveles récord -89.000 millones de euros en 2025-, mientras que la disminución de la demanda china de maquinaria de precisión, vehículos y productos químicos alemanes ha provocado que las exportaciones a China caigan casi un 20% en solo tres años, hasta los 81.000 millones de euros.
Lo que los economistas denominan el “shock chino 2.0” está impulsando un debate nacional sobre la competitividad de Alemania. China es un indicador clave porque ha caído al sexto lugar entre los mercados de exportación alemanes, cuando hace cinco años ocupaba el segundo puesto, detrás de Estados Unidos.
Las causas de este retroceso son múltiples. Las empresas chinas se han vuelto más capaces de fabricar productos de mayor valor y más complejidad tecnológica, por lo que ya no dependen de importaciones más costosas. Al mismo tiempo, algunas empresas alemanas han localizado en gran medida sus actividades comerciales en China, produciendo en China para el mercado chino.
Para complicar aún más la situación, la persistente debilidad económica de China y su grave crisis inmobiliaria han reducido la demanda interna. En resumen, la caída de las exportaciones alemanas a China continuará.
El desafío central para Alemania, y para Europa, es conciliar los imperativos geopolíticos con la práctica económica y equilibrar los intereses empresariales de corto plazo con las tensiones estructurales de largo plazo -incluidas no solo la enorme sobrecapacidad industrial y el acceso distorsionado a los mercados, sino también los controles a la exportación de materiales críticos-. La sobrecapacidad manufacturera de China no es simplemente un fenómeno de mercado; es un instrumento de poder. La industria china está inundando el mercado con sobreproducción subsidiada por el Estado, lo que alimenta la deflación en China y presiona los precios en Europa.
Si China instrumentaliza estratégicamente la interdependencia, no basta con reconocer este hecho y apelar a la “competencia justa”. Una estrategia europea debe responder de manera concreta a la lógica del sistema económico chino.
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Para empezar, Europa debería actuar con rapidez para impulsar el crecimiento económico aumentando la inversión en innovación, tecnologías limpias e infraestructura digital, al tiempo que profundiza el mercado único -especialmente en servicios, mercados de capitales y energía-. Reducir la fragmentación regulatoria y agilizar los procesos de autorización permitiría liberar inversión privada, especialmente si se combina con una política industrial europea focalizada que apoye sectores estratégicos sin socavar la competencia. Al mismo tiempo, Europa debe ampliar sus asociaciones comerciales más allá de los mercados tradicionales y movilizar instrumentos de financiación conjunta para atraer capital privado.
En segundo lugar, deben reducirse sistemáticamente las dependencias críticas en materias primas, tecnologías clave e infraestructura digital. Esto implica establecer objetivos claros de diversificación, promover una economía circular europea y adoptar mecanismos de compras conjuntas a nivel europeo.
En tercer lugar, Europa ha comenzado a pasar del libre comercio a una postura más defensiva. Pero los controles de exportación, la revisión de inversiones, las investigaciones por subsidios y las herramientas de política industrial deben coordinarse de manera aún más estratégica a nivel europeo. El unilateralismo nacional debilita el poder de negociación de todos. Europa debe utilizar su poder de mercado para desarrollar un enfoque unificado frente a la sobrecapacidad industrial, las alianzas industriales y las agendas en foros multilaterales. China podría ser invitada a invertir en Europa bajo reglas claras a cambio de acceso al mercado.
Dado que China trata la política económica como un instrumento geopolítico, el viaje de Merz a China será una prueba importante de la credibilidad europea. Superar esa prueba requerirá compromisos vinculantes. Si el canciller alemán llama a la unidad europea, el gobierno alemán no puede, al mismo tiempo, buscar excepciones industriales nacionales. China observa cuidadosamente dónde flaquea la cohesión europea y pone sistemáticamente a prueba la coherencia de la Unión Europea. Una estrategia europea unificada exige disciplina estratégica.
Aunque China persigue la dominación tecnológica e industrial, un modelo de crecimiento que genera sobrecapacidad y crecientes tensiones sociales no es invulnerable. La UE posee activos significativos que puede desplegar en su competencia con China: el poder del mercado único, la capacidad regulatoria y la excelencia tecnológica. Pero estos activos solo generan influencia si Europa actúa de manera cohesionada.
Al mismo tiempo, la competencia sistémica no debe eliminar el espacio para la cooperación. En materia de política climática y estabilidad financiera global, por ejemplo, sigue siendo necesario un compromiso pragmático. Pero la cooperación solo puede ser sostenible si se basa en intereses claramente definidos y en vulnerabilidades reducidas.
Para enfrentar la magnitud del desafío que plantea China, Merz debe estar dispuesto y ser capaz de movilizar el poder de Europa. La rivalidad estratégica exige acción estratégica. La visita de Merz será algo más que diplomacia económica simbólica únicamente si transmite unidad europea hacia el exterior y disciplina europea hacia el interior.
Daniela Schwarzer, miembro del Consejo Ejecutivo de la Bertelsmann Stiftung, es exdirectora del Consejo Alemán de Relaciones Exteriores, exdirectora ejecutiva para Europa y Asia Central de las Open Society Foundations y autora de Krisenzeit: Folgen Sicherheit, Wirtschaft, Zusammenhalt – Was Deutschland jetzt tun muss (Piper, 2023).
Copyright: Project Syndicate, 2026.
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