OPINIóN
Reforma Laboral

Entre las “reformas” libertarias y el peronismo mágico

En el fragor libertario resurge el mismo parte de muerte del “justicialismo” de 1955, 1976, 1990 y 2015. Sin embargo este “nuevo” paquete reúne “la ingeniería disciplinadora del Proceso, la flexibilización de Carlos Menem, los intentos de Fernando de la Rúa y la lógica privatizadora de Mauricio Macri”.

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Herida. | Pablo Temes

Cada vez que un proyecto social alternativo al peronismo se fortalece, proliferan las partidas de defunción sobre el movimiento fundado por Juan Domingo Perón.

En 1955, golpe mediante, se anunció su final. En 1976, también después de un golpe, se declaró su desaparición definitiva. A principios de la década de 1990, con la conversión al liberalismo que implicó el menemismo, los académicos le diagnosticaron una crisis de identidad terminal. Luego de la derrota del 2015, los analistas anunciaron su agotamiento cultural bajo la vertiente kichnerista.

Y hoy, en el fragor del champagne de las reformas libertarias que, todo indica, saldrán promulgadas sin mayores resistencias, vuelve el mismo diagnóstico gastado: la sociedad peronista ha muerto.

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El argumento es el mismo de siempre: La reforma laboral impulsada por el gobierno de Javier Milei destruye de un plumazo las bases históricas del peronismo: estabilidad laboral, negociación colectiva fuerte, centralidad sindical, protección social, Estado de bienestar. Si estas banderas se diluyen se supone que lo mismo ocurre con las subjetividades que las iban a llevar a la victoria.

La muerte de la sociedad peronista

Sin embargo, el actual paquete de reformas no inaugura nada nuevo o disruptivo de lo anterior. Más bien parece una cuidadosa selección de los capítulos más regresivos de experiencias históricas previas: la ingeniería disciplinadora del Proceso, la flexibilización de Carlos Menem, el intento de reforma de Fernando de la Rúa y la lógica privatizadora de Mauricio Macri.

La novedad no se encuentra en el contenido regresivo de la norma ni en la forma extorsiva y corporativa con que se ha logrado el apoyo del Congreso. Lo nuevo es la falta casi total de resistencias políticas y sociales.

Algunos, inclusive, hablan del supuesto alto nivel de apoyo entre los trabajadores que directa o indirectamente serán perjudicados. Esto último es, en realidad, lo que habilita los renovados anuncios de muerte del peronismo.

La sociedad peronista no está muerta porque no está hecha solo de legislaciónsino de una forma singular de integración social de los sectores medios y bajos basada en la promesa de movilidad ascendente, la dignidad del trabajo y el reconocimiento social"

Si observamos las últimas experiencias de reformas similares, veremos que, durante el gobierno de la Alianza, la reforma laboral fue el hecho que desencadenó la disolución del proyecto político con la renuncia del vicepresidente Carlos “Chacho” Álvarez. Y durante el macrismo, la reforma previsional realizada después del triunfo electoral de 2017, marcó el comienzo de su declive que se verificó 2 años después.

En cambio, en la actualidad, no parece que nadie tenga que pagar el costo político de esta regresión. Ni siquiera los gobernadores peronistas que apoyaron la medida en el Senado y sin los cuales, su aprobación sería imposible.

Descansa en una visión determinista de la historia: la idea de que las masas volverán por necesidad estructural"

La indiscutible victoria política capitalizada por los libertarios, consolida al gobierno en el tan temido tercer año de gestión, donde la paciencia social suele ponerse exigente y los tiempos se acortan. Le da un margen de maniobra importante de cara al 2027.

Pero la sociedad peronista no está muerta porque no está hecha solo de legislación. Nunca fue –ni será – un conjunto de normas laborales. Fue, ante todo, una forma singular de integración social de los sectores medios y bajos basada en la promesa de movilidad ascendente, la dignidad del trabajo y el reconocimiento social. Incluso en sus versiones degradadas (elija usted la que quiera), esa matriz configuró expectativas colectivas, identidades e incorporó a la vida política y económica a millones de personas.

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Declarar la muerte de la sociedad peronista por la mera aprobación de reformas regresivas es confundir superestructura jurídica con sedimentación cultural.

El problema no es la muerte del peronismo o su supervivencia, sino el carácter mágico que ha adquirido en los últimos años. Que conserve cierta vigencia no significa que sea una alternativa competitiva para 2027. Lo que queda no es un peronismo derrotado, es un peronismo confundido y expectante: observa el experimento libertario con la única convicción de que la radicalidad violeta y sus propias contradicciones internas terminarán por autodestruirlo. Como si el deterioro acelerado e inocultable de las condiciones de vida operara por sí mismo como fuerza restauradora del movimiento.

En eso consiste el “peronismo mágico”: en la creencia de que la miseria popular que no se supo o no se quiso evitar durante la propia gestión se transformará casi automáticamente en capital político futuro por comparación.

Esta vertiente dominante, descansa en una visión determinista de la historia: la idea de que las masas volverán por necesidad estructural, no por convicción renovada. Qué conveniente. Qué suerte.

La forma en la que nos relacionamos con la realidad es lo que nos define políticamente. Entre los negadores oficiales que pretenden ocultarla y los peronistas mágicos que se acomodan a ella, se juega buena parte del futuro de la sociedad argentina.

*Sociólogo / Consultor