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CULTURA / Cumbre del idealismo alemán
jueves 12 septiembre, 2019

Filosofía en 3 minutos: Hegel

Revolucionario de la dialéctica, el sistema de pensamiento confeccionado por Hegel tuvo un impacto absoluto en la filosofía de Occidente.

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Rubén H. Ríos*


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Georg Wilhelm Friedrich Hegel (Stuttgart, 1770–Berlín, 1831) Foto: CEDOC
jueves 12 septiembre, 2019

Cumbre del idealismo alemán y posiblemente de la metafísica en general, Georg Wilhelm Friedrich Hegel (1770-1831) ha legado a la posteridad una obra excepcional y compleja, deslumbrante y poco menos que laberíntica, pese a su rigurosidad de sistema, quizá el más formidable de la historia de la filosofía. Se suele considerar sus obras más importantes e influyentes la Fenomenología del espíritu (1807), la monumental Ciencia de la lógica (1812-1816), la Enciclopedia de las ciencias filosóficas (1817) y la Filosofía del derecho (1821), pero no se debería subestimar las recopilaciones de sus clases sobre filosofía de la historia y sus extraordinarias lecciones de estética. Como se sabe influyó en Karl Marx de un modo paradójico, porque este no ahorró en críticas a la teología implícita en el Espíritu Absoluto hegeliano (tercero los manuscritos de 1844), a la filosofía del derecho y a la dialéctica espiritual del proceso histórico. Los hegeliano- marxistas tienden a olvidarse de esto.

De hecho, Hegel estudió teología en el Tübinger Stift o seminario de Tubinga, una institución de enseñanza de la Iglesia Evangélica Luterana de Württemberg, donde conoció al filósofo idealista Friedrich Schelling. En 1801 comenzó a enseñar como Privatdozent (título académico que permite impartir enseñanza de forma independiente en la institución universitaria) en la Universidad de Jena, todavía bajo influencia del idealismo de Schelling, del que finalmente se apartará. Hegel se desempeñó como redactor de un periódico de la ciudad de Bamberg entre 1807 y 1809, año en el que fue nombrado rector del Gimnasio de Núremberg. En 1816 fue nombrado profesor de la Universidad de Heidelberg y, luego, en 1818, de la Universidad Humboldt de Berlín, en cuyo ámbito enseñó su filosofía del Espíritu con éxito, hasta la fecha de su muerte.

 

La novela filosófica de Hegel

 

Poco después, los hegelianos se dividen en una derecha y una izquierda. Entre los primeros (más ortodoxos, los llamados “viejos hegelianos”, discípulos directos de Hegel en Berlín) entre otros se encuentran K.F. Göschel, que publica Sobre las pruebas de la inmortalidad del alma a la luz de la filosofía especulativa (1835), K. Conradi, que autor de Inmortalidad y vida eterna (1837) o J.E. Erdmann, historiador de la filosofía moderna. Entre los segundos (los “jóvenes hegelianos) se destacan D.F. Strauss, autor de la Vida de Jesús (1835) –al cual Nietzsche le dedica una de sus intempestivas–, que tiene por mitos a los relatos evangélicos, Ludwig Feuerbach (para quien la filosofía hegeliana es mera teología), Max Stirner, autor del magnífico El único y su propiedad (1845), y Marx. Los hegelianos de derecha, conservadores en política, sostienen la analogía entre cristianismo e idealismo hegeliano, mientras los de izquierda rechazan toda interpretación teológica o religiosa de la filosofía de Hegel y se inclinaban por el método dialéctico y una antropología filosófica.

Es evidente que, de modos diferentes, tanto los hegelianos de derecha como de izquierda acentúan los elementos teológicos del idealismo de Hegel. Dicho esquemáticamente, el Espíritu absoluto hegeliano (el Geist: razón, espíritu) o la Idea es la única “substancia” en devenir, el sujeto mismo de la historia – un “calvario” – que se despliega a través de contradicciones, oposiciones y antagonismos, los cuales determinan a los individuos y a los pueblos, según cierta lógica (en realidad, una ontología), la dialéctica, cuya principal característica es resolver las relaciones de opuestos en un momento de “superación”, de Aufhebung (traducción posible: “levantar conservando”, una abolición que conserva lo abolido), de “negación de la negación”, que implica un progreso en el sentido de una mayor universalidad, una “síntesis” de la tesis y la antítesis en el léxico Fichte, no en el de Hegel. El Espíritu absoluto (es decir, que existe por sí mismo) define la realidad como ser y nada, como conciencia de sí y de lo otro, como sujeto y objeto, como particular y universal, como finito e infinito, en una palabra, contradictoriamente como lo Mismo y lo Otro a la vez.  

La Fenomenología del espíritu, cuyo subtítulo es Ciencia de la experiencia de la conciencia, muestra la sucesión de los diversos fenómenos de la conciencia individual e histórica hasta llegar al saber absoluto de sí, a la autoconciencia plena. En otras palabras, expone el movimiento del Absoluto como espíritu, del ser como pensamiento que piensa su objeto, en una enajenación que termina cuando él mismo, ante lo pensado, se descubre la única realidad, la Unidad del Todo. El círculo se ha cerrado con ese regreso del Espíritu a sí. Esa gran evolución de la conciencia en el idealismo hegeliano se realiza por medio de diferentes “momentos”, los cuales son “negados” para hacer la experiencia de otro y así sucesivamente. El primer momento negado corresponde al de la certidumbre sensible, luego a la percepción y al entendimiento, hasta que la conciencia llega al conocimiento de sí misma y a su propia identidad con el objeto por medio del concepto, y a su verdad en la religión cristiana, en la teología del Dios trino. La forma de este coincide –lo dice Hegel– con las fases de la tríada dialéctica: lo abstracto (el ser en sí), lo negativo (el ser para sí: negación de la primera fase) y lo concreto (la negación de la negación, el ser en y para sí: la totalidad de lo real). Estas tres fases, además, tienen su paralelo en la lógica (la Idea en sí y para sí), en la naturaleza (la Idea se enajena de sí y se hace exterior), y como Espíritu (la Idea finalmente retorna a sí misma).

 

El anarquista hegeliano que cree que la izquierda no sabe gobernar

 

La interpretación antropológica y política del hegeliano-marxismo, que rechaza las implicaciones teológicas del Espíritu, y algunos exegetas de Hegel, han hecho famoso un pasaje de la Fenomenología, la sección A del capítulo IV, titulado “Autonomía y sujeción de la autoconciencia: dominio y servidumbre”, más conocido como la dialéctica del amo y del esclavo o del señor y el siervo. Como sea, las palabras empleadas por Hegel, Herrschaft und Knechtschaft, exceden estas figuras históricas. Herrschaft significa “señorío”, pero también “dominación”, “poder”, “mando”, “regla”, del mismo modo que Herr quiere decir “señor” tanto como “amo”, “jefe”, “patrón”, “dueño”. Knechtschaft, por su lado, expresa “servidumbre” a la vez que “esclavitud”, “vasallaje”, “sujeción”, “cautiverio”. En ese sentido, Knecht (Knech es “arrodillarse”) significa “siervo”, “criado”, “peón”, “servidor” y también “esclavo”. Pero si traduce Herr por “amo” y Knecht como “esclavo” la relación remite a la antigüedad y a la esclavitud moderna, mientras que “señor y siervo” se refiere al vasallaje feudal. Hegel parece aludir más al esclavismo antiguo en la medida a ese “momento” le sigue el de la “Libre conciencia de sí mismo: estoicismo, escepticismo y la conciencia infeliz”.

Lo cierto es que el Herr (el “amo”, el “señor”) domina en la relación con el Knecht (el “siervo”, el “esclavo”) como resultado de una lucha a muerte de conciencias contrapuestas por el reconocimiento. Esto, en la Fenomenología, comporta un “momento” esencial de la evolución del Espíritu, porque describe la constitución de la autoconciencia (el “yo”) como en sí y para sí (por lo tanto, se encuentra cerca de la negación de la negación, de lo “espiritual”) a condición de que otra autoconciencia la reconozca como tal. Mejor dicho, se reconocen a sí mismas reconociéndose mutuamente como autoconciencias, aunque en una primera instancia este proceso se desenvuelve de manera desigual, ya que sólo una autoconciencia reconoce a la otra. La reconocida origina el Herr y la que solamente reconoce, sin acceder al reconocimiento, se convierte en el Knecht. Hasta el surgimiento de esa relación, son conciencias fusionadas con la vida, que aún no han realizado mutuamente la abstracción absoluta de abolir todo ser inmediato (en sí) para erigirse como la negatividad de la pura conciencia idéntica a sí misma (para sí). En tanto negatividades la una para la otra, estas conciencias deben presentarse a sí mismas, en abstracto, como la pura negación de cualquier vínculo con la existencia o la vida y, por eso, se comprueban recíprocamente mediante la lucha a muerte, que no es más que el mero punto de vista natural de la conciencia. La autoconciencia que se configura en “amo” no le teme a la muerte, ya que su identidad descansa en su pura abstracción, y de ese modo pone en riesgo su vida, mientras la otra, la del “esclavo”, emerge de la renuncia de luchar a muerte por miedo a esta (“el señor absoluto”), el cual impide que se conforme como una conciencia independiente, para sí y no para otro.

Hegel analiza esta dialéctica con una sofisticación conceptual superior y sumamente abstracta, pero, abreviando, puede decirse que el “señor” es una conciencia para sí, una autoconsciencia, aunque mediada por otro, y el “siervo” una conciencia mimetizada con la cosa natural, a la que se halla encadenado a través del trabajo. El Herr se relaciona con la cosa gozándola de modo mediato por medio del Knecht, que no pierde su negatividad como conciencia de sí y se liga negativamente con la cosa, pero como se le aparece como un ser independiente no puede negarla (destruirla) sino sólo transformarla en el trabajo. Sin embargo, si bien la verdad de la conciencia del Herr es la conciencia servil, a la inversa, la verdad del Knecht se resume en la primera, en el puro ser para sí que alcanza finalmente sólo por el trabajo, el lado objetivo de la subsistencia. Aunque fuera de sí, la conciencia que trabaja llega al puro ser para sí, según Hegel, en la relación negativa y permanente con el objeto como algo independiente al que da forma, exteriorizando el temor a la muerte.

Por supuesto, esta dialéctica expone sólo un “momento” en la Fenomenología de la marcha triunfal del Espíritu hacia su reconciliación consigo mismo en el saber absoluto de sí como la realidad misma. Aparte de eso, con todas sus connotaciones teológicas, la constelación hegeliana de la Herrschaft und Knechtschaft no es fácil de soslayar, como lo advierte el hegeliano-marxismo. A pesar de tratar la relación de dominio y servidumbre en términos de conciencia, y de ese modo habilitar las interpretaciones antropológicas y psicológicas, pone de manifiesto uno de los grandes problemas políticos y sociales de la civilización, sino el más colosal. Hegel no sido el primero, y sus consideraciones le deben mucho a teoría del origen de la esclavitud o el vasallaje en el derecho del vencedor de ultimar el vencido o someterlo a la servidumbre a cambio de perdonarle la vida, pero su elevación conceptual hace de la Herrschaft una cuestión que rebasa las formas históricas. El “señorío”, en su esencia, admite muchas variaciones (económicas, religiosas, sexistas, educativas, técnicas, culturales, políticas, morales, simbólicas), del mismo modo que el “siervo” –la situación de Knechtschaft–  puede asumir diversas figuras y no siempre, como piensa Hegel, solamente en la sujeción del trabajo.  

*Doctor en filosofía, escritor y periodista

@riosrubenh

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