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COLUMNISTAS / A 200 aos de la Fenomenologia del espiritu
domingo 16 septiembre, 2007

La novela filosófica de Hegel

Para escribir una de sus obras más importantes Hegel siguió el modelo de la literatura alemana del siglo XVIII: la novela de formación. Pero, a la vez, dio una vuelta de tuerca a esa forma literaria y de la novela filosófica pasó a una filosofía novelesca. Si el deseo es uno de los aspectos centrales de su “Fenomenología”, el célebre capítulo de “La dialéctica del Amo y del Esclavo” sería retomado por dos autores en forma opuesta: por Nietzsche para afirmar al Amo contra el Esclavo, y por Marx para considerar que el Esclavo, con su trabajo, transformaría al mundo.

por Redacción Perfil

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domingo 16 septiembre, 2007

Hace doscientos años se publicaba el que pasaría por ser el libro más difícil jamás escrito: Fenomenología del espíritu de Hegel. A la oscuridad de su prosa se agrega la dificultad de ubicarlo en un género determinado. Hegel estuvo influido por cierto tipo de novela característico de la literatura alemana e inglesa del siglo XVIII: la novela de formación, cuyo paradigma era el Wilhelm Meister de Goethe. Esas novelas narraban la iniciación de un joven en los distintos aspectos de la vida guiado por sucesivos maestros y diversas experiencias. El aprendizaje se hacía a lo largo de un accidentado viaje en el cual el héroe era sometido a una serie de pruebas, de avatares progresivos hacia zonas cada vez más profundas del saber y de la vida.
La narración se desenvolvía como un itinerario, como un camino, una sucesión de estaciones de paso. El héroe, luego de haber realizado el ciclo, encontraba por fin su identidad, se retiraba del mundo, se dedicaba a la meditación y a evocar sus propias hazañas. El protagonista más que un individuo singular representaba a un tipo humano universal, de ahí el carácter filosófico de esas novelas. Hegel dio un nuevo giro a esa forma literaria y de la novela filosófica pasó a una filosofía novelesca. El sujeto de la obra se mueve en tres planos distintos y a la vez coincidentes: los momentos por los que transcurre la vida del individuo son análogos a los períodos de la evolución histórica de la humanidad, y a las etapas por las que pasa el conocimiento para llegar al saber. Una de las dificultades de la lectura consiste en que nunca se sabe bien a cuál de los tres sujetos – el individuo, la humanidad o el pensamiento– se está refiriendo el texto que fluctúa permanentemente de uno a otro. Asimismo recurre para ilustrar algunas de las etapas de la trama a personajes literarios: Antígona, Don Quijote, Don Juan, Fausto, los Bandidos. Esta oscilación entre los destinos particulares –reales o de ficción– y las ideas universales explica también la extrañeza de la prosa hegeliana en la que el frío y riguroso razonamiento usado cuando se refiere al desarrollo del saber está inextricablemente mezclado con un desenfrenado barroquismo, apropiado para describir las pasiones de los hombres y la turbulencia de las situaciones dramáticas. Esto explica también que los capítulos tengan títulos que nunca se habían visto en un tratado filosófico y recuerdan en cambio a los folletines de la época: “El amo y el esclavo”, “La conciencia desdichada”, “El placer y la necesidad” , “La ley del corazón y el delirio de presunción”, “La virtud y el curso del mundo”, “La ley del día y la pasión de la noche”, “El alma bella”.
En cada etapa por la que el sujeto transcurre –individuo, humanidad y saber– descubre que en la anterior había tomado por la verdad lo que no era más que una ilusión, o una verdad limitada y provisoria. La confianza del inicio se transforma en desilusión y arrepentimiento cuando se advierte que lo dejado atrás no fue sino equivocación y derrota. No se trata sin embargo de caminos que no conducían a ninguna parte, ya que esos tramos fueron errores históricamente necesarios; la verdad no reside sólo en el resultado sino en el proceso. Los pensamientos y sentimientos falsos tienen importancia porque la verdad se hace camino a través de la experiencia de los errores. A tal punto el error era inevitable que el temor a errar era también un error.
La relatividad del conocimiento en cada momento no cae, sin embargo, en el relativismo escéptico ya que no se arriba nunca a la plena nada; la negación da origen a una nueva fase. No es, por lo tanto, destrucción pura sino transición. Es vano preguntarse si tenía algún interés detenerse en lo que no constituía sino gérmenes, esbozos, si no hubiera valido más empezar por el final. No, dice Hegel, porque la verdad no es sólo el resultado sino el camino y no puede salteárselo.
El deseo, un impulso humano que será protagónico en el psicoanálisis y en la filosofía postestructuralista, constituye un aspecto central de la Fenomenología. El hombre adquiere conciencia de sí al verse como el que carece de lo que desea. El deseo es acción porque se desea suprimir la cosa deseada como independiente, para asimilarla al yo deseante. Pero el deseo de comer o copular permanece todavía en el mundo natural, biológico. El verdadero deseo humano es deseo de otro deseo, es decir desear el reconocimiento del otro, y así surge la lucha de conciencias por el reconocimiento mutuo. Esa lucha no puede terminar con la muerte del adversario porque el sobreviviente no tendría nadie que lo reconociera. Es preciso, pues, que uno de ellos abandone la lucha y reconozca al otro sin ser reconocido por éste; se establece de ese modo las relaciones de amo y esclavo. El esclavo intenta convencerse de que aun encadenado es libre, forja ideologías que colocan la libertad fuera del mundo real, tal el estoicismo, el escepticismo y la “conciencia desdichada”, símbolo del cristianismo.
Pero el Amo que depende del trabajo del Esclavo termina siendo Esclavo del Esclavo y el Esclavo es en cierto modo el Amo del Amo. Sólo con la liberación del Esclavo se da el reconocimiento verdadero de un hombre por otro hombre. La dialéctica del Amo y del Esclavo, el capítulo más famoso del libro, influyó en dos autores en forma diametralmente opuesta: en Nietzsche, para afirmar al Amo contra el Esclavo; en Marx, para considerar que el Esclavo con su trabajo transformaba al mundo y terminaría por liberarse del Amo.
No se ha reparado que fue Hegel el primero que en la Fenomenología analizó, premonitoriamente, ciertas peculiaridades del fascismo, al descubrir, refiriéndose al Imperio romano, algunos aspectos del totalitarismo moderno: el uso político del inconsciente, de lo irracional –“la pasión de la noche”, “el reino subterráneo”, “el derecho de las sombras”– reprimidos por el orden social –la “ley del dia”– y a la vez manipulados cuando hacía falta movilizar a las masas, sobre todo a la juvenud, para la guerra o la violencia física.
La Fenomenología ha inspirado a escritores de ficción del siglo XX. En La invitada de Simone de Beauvoir y en A puerta cerrada de Sartre está el tema hegeliano de la lucha de conciencias. Las manos sucias ilustra el capítulo de la Fenomenología “La virtud y el curso del mundo”. Así el círculo se cierra: Hegel se inspiró para hacer filosofía en la literatura y siglos después otros escritores se inspiraron, a su vez, en su obra filosófica para hacer literatura.


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