¿Qué secreto escondía el sable del héroe que murió en el exilio?
Robado en 1963, cuando el sable corvo de San Martín fue recuperado, Onganía lo mandó al Regimiento de Granaderos. Entonces alguien preguntó "¿hay estudios científicos del sable?". Le dijeron que no. Y así un siglo después de la gloria en el campo de batalla, el arma más emblemática de la historia argentina fue examinada con resultados sorprendentes.
Era un arma sencilla: empuñadura de ébano y hoja de acero centenario, sin arabescos ni ornamentos llamativos. Pero estaba destinada a coronarse de gloria. El sable corvo que José de San Martín compró en Londres en 1811 tuvo su bautismo de fuego en San Lorenzo y acompañó al Libertador en todas las batallas por la independencia.
Después de ser legado a Juan Manuel de Rosas, en 1963 un militante peronista lo robó del Museo Histórico Nacional “para levantar el ánimo” del movimiento, hasta que el Estado lo recuperó definitivamente en 1966, cuando el presidente de facto Juan Carlos Onganía la envió al Regimiento de Granaderos a Caballo.
Aquel año alguien hizo una pregunta sagaz: ¿Había estudios científicos sobre el sable? Le dijeron que no. Un siglo y medio después, el arma más emblemática de la historia argentina todavía guardaba secretos. Un peritaje de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) develaría las propiedades de la hoja. Como la técnica habitual de extracción no podía aplicarse sin dañar la pieza, los expertos del Laboratorio de Metalografía se propusieron apelar a una alternativa no destructiva: pulirían la zona a examinar y la pintarían con un barniz que, al secarse, formaría una película para replicar su estructura.
No necesitaron completar el estudio para llevarse una sorpresa. “Cuando procedíamos al ataque metalográfico, antes de pintar con el barniz, apareció algo insólito”, recuerda el ingeniero químico Daniel Vassallo, exjefe del Departamento de Materiales de la CNEA en las Hojitas de Conocimiento que publica el organismo.
En vez de la opacidad uniforme que hubieran esperado del acero común, vieron aparecer bandas claras y oscuras alternadas. “Esto nos desconcertó, pero enseguida reaccionamos, porque asociamos esas bandas a las que presenta el acero de Damasco”, explica. Fabricado con mayor contenido de carbono, ese material “genera las bandas onduladas de rara belleza, uno de los motivos por los cuales estas armas son tan apreciadas”.
Los peritos buscaban una estructura y encontraron un origen legendario. El sable había develado su último secreto: “No había sido fabricado en Inglaterra, como se suponía, sino que era un auténtico shamsir, el sable persa por excelencia, cuya traducción significa curvado como la garra de un león".
Vassallo recuerda que, como los sables japoneses, los árabes representan una cumbre de la metalurgia precientífica.
En Europa, muy poco antes de que el General San Martín decidiera regresar a América, comenzaron a conocerse y valorarse las virtudes de estas armas: resistencia, belleza y filo legendarios. El Héroe, que regresaba a su tierra natal para hacer realidad el sueño de la gesta emancipadora, quiso que lo acompañara a alumbrar esa hazaña un arma tan excepcional como la grandeza de su sueño.
A través del testimonio de Vasallo, la ciencia iluminó un costado desconocido de la historia nacional.
—¿Qué encontró cuando se decidió hacer este estudio?
—DV: Me causa una gran alegría y sorpresa poder hablar del sable de San Martín en un 17 de agosto en un multimedia. Ese sable es una pieza difícil de calificar porque tiene tal valor sentimental que la emoción de cuando uno la juzga supera todo lo técnico. Llegó un granadero al laboratorio con el sable, y tenerlo en la mano fue una gran emoción, e hicimos un examen y vimos que la estructura metalográfica, que es lo que hacíamos en ese laboratorio. Encontramos, que en lugar de tratarse de un acero europeo, se trata de uno de origen árabe.
—¿Cómo se dieron cuenta de esto?
—DV: Porque los aceros occidentales son de esa época y actualmente también. Tienen una estructura homogénea. En cambio, los sables árabes tenían una estructura inhomogénea, es decir, tenía ciertas zonas que tenían un alto contenido de carbono y otras que tenía un bajo contenido del mismo. Cuando se los forjaba, esas zonas se distribuían de una manera que después los mismos armeros lo ponían en evidencia y que le daban a la superficie metálica el aspecto de un moaré.
Le llamaban aguas también porque eran una especie de ondulaciones que se veían. Para esto, los armeros árabes, que en realidad eran persas, forjaron en el material y después lo atacaban con reactivos especiales, por lo que hacían dos cosas. Una es poner en evidencia este bandeado que se está utilizando para la fabricación de cuchillos. Los árabes atacaban esa hoja con estos reactivos especiales y esto le permitía al comprador darse cuenta de la calidad del acero que estaba comprando porque poseía un dibujo más intrincado y complejo dando la idea de un material más reforzado. Además, hay otra característica que es interesante y es que se le daba a esa hoja un color dorado, el cual nosotros no lo vimos pero lo que sí observamos es ese dibujo de zonas claras y oscuras que nos indicó que su origen provenía de Oriente y no era un sable forjado en Inglaterra que era lo que único podía pensar a primera vista, puesto que él lo había comprado en Londres.
—El sable tenía unos cuantos años cuando San Martín lo compró, ¿no? Alrededor de unos cien años.
—DV: Es difícil de determinar. El de San Martín tenía dorado cuando lo compró porque el general Espejo en sus memorias habla del sable de él como el de latón. Cuando San Martín deja sus armas en Mendoza, que se va a Europa, en el listado de cosas que dejó aparece un sable dorado. El sable, desde que volvió a la Argentina y lo recibió Rosas, siempre tuvo ese aspecto pulido. Ese es el secreto que realmente tiene el sable de San Martín que a nosotros nos apareció de casualidad.
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