A 50 AÑOS DEL GOLPE

Adolfo Pérez Esquivel sobrevivió a los vuelos de la muerte aunque le dijeron "ni el Papa te salva"

Aquella madrugada, según el relato del propio Nobel de la Paz, llegó a resignarse y entregarse al Dios, pero después de dos horas de espera en el aeródromo se le informó que sería trasladado a la Unidad Penal 9 de La Plata.

Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de la Paz. Foto: NA

La noche del 5 de mayo de 1977 Adolfo Pérez Esquivel, detenido por la dictadura militar, fue sacado de la Superintendencia de Seguridad Federal y llevado un aeródromo del Conurbano bonaerense con el objetivo de ser arrojado vivo al Río de la Plata, el castigo que habían padecido cientos de detenidos ilegales y del que, sin embargo, él se salvó a último momento.

Era uno más de los "vuelos de la muerte" puestos en marcha por la Junta Militar para deshacerse de los detenidos ilegalmente. Eran inyectados con sedante pentotal, se les ataban pies y manos y eran arrojados todavía con vida al Río de la Plata desde aviones Skyvan, que cuentan con grandes compuertas traseras. El propio Pérez Esquivel conocía bien ese mecanismo de exterminio y lo había denunciado ante la Organización de Estados Americanos (OEA).

En una entrevista dada a la Televisión Española en 1998, el ex represor Adolfo Scilingo recordó que "todos los miércoles se hacía un vuelo y se designaba en forma rotativa distintos oficiales para hacerse cargo de esos vuelos, de forma tal que la mayor cantidad de integrantes de la Armada pasaran por esos vuelos".

"A los que el día antes se les elegían para morir, se les llevaba al aeropuerto dormidos o semidormidos mediante una leve dosis de un somnífero y engañados, haciéndoles creer que iban a ser llevados a una prisión del sur", relató. "Se les daba una segunda dosis muy poderosa, quedaban totalmente dormidos, se les desvestía y, cuando el comandante daba la orden, se les arrojaba al mar uno por uno".

Cómo se salvó Pérez Esquivel del "vuelo de la muerte" en 1977

"Fui detenido el 4 de abril de 1977 en el Departamento Central de la Policía Federal cuando fui a renovar mi pasaporte", relató el Nobel de la Paz en 2010, al declarar en el juicio que se celebró contra once agentes y tres médicos penitenciarios que se desempeñaron en ese lugar.

El entonces representante del Servicio de Paz y Justicia (Serpaj), organismo que defiende los derechos humanos en América latina, fue llevado desde allí a la Superintendencia de Seguridad Federal y nunca se le informó por qué era detenido. Relató que lo "encerraron en un ‘tubo’, un calabozo muy pequeño, oscuro, maloliente, sucio".

"El 5 de mayo de 1977 me ponen las esposas y dicen que me van a trasladar. Me sacan de la Superintendencia y me llevan al aeródromo de San Justo", continuó en su declaración. "Me encadenan en un avión que carretea en la pista y vuela hacia el Río de la Plata. Veo las luces de Colonia, de Montevideo, de La Plata, es decir, el avión da vueltas".

"Me encadenaron en el asiento de un pequeño avión, sobrevolamos con militares el Río de la Plata, el Paraná de las Palmas, el Paraná Mini, la isla Martín García, parte de la costa uruguaya...", dijo. Y continuó: "Pregunto qué va a pasar conmigo, porque sabía que arrojaban los prisioneros de los aviones. Nadie me contesta y, después de mucho tiempo, el piloto llama al oficial y le dice: ‘Tengo orden de llevar al detenido a El Palomar’, la base aérea de Morón".

Aquella madrugada, según el relato del propio Pérez Esquivel, llegó a resignarse y entregarse al Dios, pero después de dos horas de espera en el aeródromo se le informó que sería trasladado a la Unidad Penal 9 de La Plata. Uno de los suboficiales le dio una macabra bienvenida: "A usted no lo va a salvar ni el Papa. Somos señores de la vida y de la muerte y a usted ni los obispos lo van a salvar".

"Ahí pasó de todo, desde una presión psicológica muy fuerte, hasta las requisas, en las que la guardia golpeaba las celdas, nos hacía desnudar, poner las manos contra la pared, las piernas abiertas, revolvían las celdas y tiraban todo lo que había".

Y siguió: "Nos golpearon, nos insultaban. Después nos metían en la ducha de agua fría y nos hacían pasar un jabón amarillo para sacar las marcas de los golpes. Lo que más me aterró, una vez en el calabozo, era sentir cómo golpeaban a otros compañeros de la prisión. Eso era lo más duro".

Pérez Esquivel afirmó que durante sus 13 meses como detenido "hubo amenazas de muerte". "Después de enterarse de que me habían dado el Memorial Juan XXIII de la Paz y que yo era candidato al Premio Nobel, me dicen ‘de aquí se sale con las patas hacia adelante’. Lo que buscaban era quebrarnos moralmente, psicológicamente, humanamente. Esa era la política del penal".