¿revelación necesaria?

La posible identidad de Banksy es, otra vez, una noticia mundial

Una investigación de la agencia de noticias Reuters dio cuenta de que habrían descubierto quién es la persona que se esconde detrás del grafitero Banksy. Lo que en un momento resultó una noticia de impacto entró en una meseta al no conseguir, al menos hasta el cierre de este edición, una confirmación definitiva. ¿Qué cambia esta revelación por muchos esperada?

Incógnita. Una investigación de Reuters dice que habría identificado quién sería Banksy. Foto: afp

Hay algo obsceno en querer saber quién es Banksy. No obsceno en el sentido moral –eso sería demasiado sencillo–, sino en ese otro sentido más incómodo: el de quien levanta una piedra no para descubrir lo que hay debajo, sino para asegurarse de que no quede nada oculto.

La investigación de Reuters, que vuelve a señalar a Robin Gunningham como el hombre detrás del mito, no revela nada que no supiéramos o sospecháramos. Y sin embargo insiste. Como si el problema no fuera la respuesta, sino la pregunta. Como si la pregunta misma fuera una forma de poder.

Porque eso es lo que está en juego: no la identidad de Banksy, sino nuestra incapacidad de tolerar el anonimato en un mundo que lo ha convertido todo en biografía. Nos interesa menos el gesto –el stencil, la ironía, la intervención– que la cara que lo ejecuta. Queremos la firma, incluso cuando la obra nació para prescindir de ella.

Una función. Michel Foucault lo explicó mejor que nadie: el autor no es una persona sino una función. Una manera de ordenar el discurso, de domesticarlo. Saber quién habla permite decidir cómo escuchar. Y sobre todo, permite limitar lo que se dice.

El anonimato, en ese sentido, no es un capricho sino una estrategia. Las hermanas Brontë lo entendieron antes que nadie: esconder el nombre era liberar la escritura. Banksy hace lo mismo, pero en el espacio público, donde cada imagen es también un gesto político. Quitarle el anonimato no es desenmascararlo: es neutralizarlo. Se dice que el público tiene derecho a saber. Es posible. Pero también es cierto lo contrario: que el público tiene derecho a no saber, a no reducir una obra a la psicología de quien la produjo. Hay algo profundamente infantil en esa necesidad de descubrir quién está detrás, como si el misterio fuera una falla y no una condición.

Secreto literario. El caso de Elena Ferrante lo demuestra con claridad. Cuando se intentó revelar su identidad, muchos reaccionaron como si se hubiera violado algo esencial. No la privacidad –que tambié–, sino la forma misma en que leíamos sus libros. Porque una vez que sabemos demasiado, ya no podemos volver atrás.

La paradoja es que el anonimato, lejos de ocultar, expone. Nos deja solos frente a la obra. Sin coartadas. Sin contexto tranquilizador. Nos obliga a leer –o a mirar– sin ese aparato crítico que convierte todo en explicación. Quizá por eso molesta tanto.

Tal vez el problema no sea que Banksy tenga una identidad secreta, sino que esa identidad no nos pertenece. Y en una época que ha hecho del acceso un derecho absoluto, eso resulta insoportable.

Queremos saber quién es, como queremos saberlo todo. Pero no para comprender mejor su obra, sino para reducirla a algo manejable. Algo que podamos archivar, etiquetar, consumir. El misterio, en cambio, resiste. Y tal vez ahí –justamente ahí– es donde empieza el arte.