La Guerra de Malvinas desde la trinchera, la verdadera historia
Entrenamiento express, pocos recursos, insalubridad, una quinta parte de la comida necesaria y una lista de enfermedades atípicas en menores de 20 años. Así fue la guerra de 1982, un cúmulo de desidias y apresuramientos que anidaron en 74 días de combate en el barro y estallaron después.
“Bañarse diariamente es casi una utopía en la guerra, se ensucia el pelo y, si está largo, es muy probable que pueda haber piojos. Los de la cabeza no trasmiten enfermedades graves como los piojos corporales, que anidan en la ropa; entre ambos provocan serios trastornos en las personas…
“La ingesta de calorías diarias debía rondar entre 4500 y 5000 calorías para un hombre, y se la preparaba en ocho menús distintos para cuatro comidas; te la debían entregar en viandas que pesaban 2,3 kilos, pero de ahí a que llegaran a las tropas había un abismo que no fue siquiera considerado antes de las operaciones y, cuando se lo quiso hacer era tarde; los cielos estaban en poder inglés y los helicópteros no podían arriesgarse para eso, eran para combate…
Guerra de Malvinas. La verdadera historia.
“Una ración así solo la recibíamos cuando ya estábamos prisioneros de guerra de los ingleses. Combatir con la panza vacía no sólo es difícil, puede ser mortal…
Malvinas desde la trinchera
“En Puerto Argentino, nosotros hablábamos de ‘fatearnos’: escaparnos al pueblo a conseguir algo más de comida, porque nos daban, sí, pero era muy insuficiente, o mal preparada. Las lentejas, por ejemplo, salían enteras en las deposiciones, porque no las remojaban. Y no pasar hambre era un problema… cada noche íbamos a los rancheros, los jefes de cocina, para pedirles algo, pero si era muy tarde, no te querían dar.
“Una noche, no llegué a tiempo pero fui igual, y me dieron. Estaba volviendo a mi puesto y los ingleses empezaron a bombardear. Lo primero que vi fue un ‘piletón de extracción de turba’, como llamábamos a los panes de pasto que tenían los kelpers para hacer leña. De un salto me metí entre la turba, pero literalmente salí volando por el aire, por la onda expansiva de la explosión. Mientras iba viendo todo al revés, caí inconsciente…
“Cuando desperté, estaba bañado por la comida que había conseguido y sobre unas piedras, rodeado por unos soldados que me querían llevar al hospital. No sangraba, me partía el dolor de espaldas… Cuando volví a mi posición, el cabo me levantó en peso.
Lecciones de Malvinas:una huella imprescriptible de la historia argentina
“La guerra siguió, después terminó y el dolor de espaldas no se iba. Fui al Hospital Militar, me daban muchas vueltas y me trataban por lumbalgia, pero decían que era ‘siniestrosis’ y hasta me dieron un bastón. Me hacían ir y venir, pero todo seguía así, hasta que fui a un traumatólogo por mi cuenta, y me dijo: “usted tiene tres vértebras sacras rotas”.
Todo esto es apenas un pequeñísimo resumen de todo lo que Horacio Angel Maldonado, un veterano de la Guerra de Malvinas en 1982, tiene para contar.
Malvinas: La verdadera historia
Autor de Las dos heridas de Malvinas, la que provocó la guerra y la que la indiferencia social dejó. La post guerra de Malvinas (1982-2020), el libro ofrece una abrumadora densidad a través de 470 páginas de información, estadísticas, citas periodísticas, testimonios, bibliografía internacional y off the records. En todo ese andamio, nada sobre, pero el autor asegura que ningún político quiso leerlo. Se publicó en 2021… ¿sería una cuestión de ideologías?
No, nada de eso. “También se lo dejé a Javier Milei en la portería de la Residencia de Olivos, y ni siquiera figura en el listado público de regalos recibidos, y yo tengo la constancia y el número de recepción”.
“No es cuestión de ideologías, fue así en todos los gobiernos que hubo. Quizás por el temor a ver reflejada su inoperancia, su ineptitud y su indolencia”, explica sin medias tintas. Así de claro y sin pelos en la lengua es su libro testimonial.
El libro hiperdocumentado de un veterano de la Guerra de Malvinas, Horacio Angel Maldonado.
Dice con tristeza que algunos quieren romantizar el patriotismo de los soldados y otros, sacar algunos trapos al sol cada 2 de abril, pero sólo si les conviene; en general, el resto del año todo es soledad para los veteranos de la guerra.
“Me siento como una marioneta vieja, como uno de esos títeres de trapo desempolvado el 2 de abril para un homenaje rutinario”, se sincera. “Aunque quiera evitarlo, no puedo, una guerra es algo tan asqueroso que es imposible olvidarla y menos me sale si cada otoño se pone en marcha un lamentable circo patriotero”, tira de frente.
Hijo de un albañil y una costurera, Maldonado no anda con vueltas. Fue criado con modestia en una casa de la zona norte del conurbano bonaerense. “Sin lujos y sin agua caliente, pero con sobrada dignidad”, aclara, por más que no sea necesario.
Soldado raso en un regimiento de infantería, volvió de la guerra y tuvo que hacer de todo para encontrar su lugar. “Hoy ando por la vida distinto al resto”, dice. A pesar de eso, fue uno de los impulsores en la lucha por el reconocimiento estatal de lo que vivieron los veteranos que aún se consideran “combatientes” aunque haya cesado el fuego. “Tienen que seguir dando batalla para encontrar un lugar en la sociedad”, le sale con el cansancio de los que tienen que repetir siempre lo mismo, desde hace 44 años.
“El año pasado hubo más de 210 muertes de veteranos de Malvinas, y son secuelas de guerra”. Como todos ellos, Maldonado también regresó de la guerra “con la mente turbada de sensaciones y pensamientos desagradables; hasta me fui a vivir solo a una cabaña en medio de la montaña, pero mi cabeza vino conmigo, y me perseguía”.
En Malvinas pasó de todo. “La guerra es la máxima expresión humana de la violencia y ahí en la guerra se ven los instintos, aunque muchos digan que el hombre no tiene instintos como los animales, pero haber participado de una guerra me permitió ver cómo afloran” detalla.
Guerra de Malvinas. En la imagen, el periodisa Marcelo Rosasco.
“Uno puede ser un buen soldado preparado para pelear en la guerra, pero para la muerte y destrucción nadie está preparado, y que uno se pueda acostumbrar a todo eso, es otra historia. No te enseñan a matar, te provocan hasta que generan en vos la reacción para poder matar ante ciertas circunstancias. Tampoco te enseñan a procesar haber matado a alguien. Ojo, tampoco te preparan para rendirte y después procesarlo…. Y si desobedecés, pueden fusilarte por eso. Nadie te dice cómo va a ser la procesión por dentro”, enumera antes del silencio incómodo.
El 14 de junio de 1982 el campo de batalla se silenció. “54 bocas de fuego (obuses) cañoneándonos, los buques… entre 3 y 5 navíos nos bombardeaban (…) los ataques de la aviación de combate y sus helicópteros, y como si faltara algo estaban los fuegos de morteros y las armas antitanque, anti bunker. Todo eso se silenció”, escribió el combatiente Maldonado.
Ese día fue un caos, recuerda. Les ordenaron replegarse y regresar. Y sin embargo, a poco de llegar, les ordenaron volver al frente: “Acá ni reemplazos se podía tener. Soldado herido o muerto, era un soldado menos. Pero en esta guerra ocurrieron hechos que desnudaron la miseria humana de muchos, sin distinción de jerarquías o responsabilidades”.
Y cayeron piedras sin llovar. También vino a Malvinas el ex Príncipe Andrés.
“Eramos tropa de infantería, pero teníamos un cañón de apoyo y lo manejábamos nosotros. Toda la tropa de infantería real se la habían llevado hacia los montes y habíamos quedado nosotros solos. Mirábamos al frente, pero mirábamos todo y a la derecha vimos unos helicópteros ingleses elevándose, saturando con cohetes posiciones argentinas.
“Atrás nuestro estaba lo que quedaba de la artillería, que todavía estaba haciendo fuego, y recibíamos todos los bombazos. Pero nosotros teníamos que hacer tiros con visión, no con un obús, no teníamos cómo medir distancias y decidimos: ‘¡tiremos igual!
“De pronto no había bombardeos, pero los helicópteros venían hacia nosotros, directo. Encima no teníamos radio… ¡otra pelotudez de los superiores! Cuando tenemos el helicóptero a pocos metros de estar encima nuestro, dijimos ‘¡sonamos! Nos detectaron y nos van a sacudir… ¡Vamos a volarlo!’.
“Atrás nuestro, alguien venía corriendo hacia nosotros, era el soldado Miguel Angel Trinidad, que nos gritaba: ‘¡no hagan fuego sobre el helicóptero! ¡ No hagan fuego!’… no entendíamos nada... El helicóptero que iba a matarnos pasó sobre nosotros con un trapo blanco. La guerra había terminado.
“Salimos del pueblo y caminamos por entre posiciones de combate abandonadas, destruidas, bordeando cráteres de explosiones… Alguien pateó un casco que adentro tenía restos humanos”, describe. Luego, los subieron a un barco para volver a tierra continental.
“Llegamos a Puerto Madryn, nos avisan que vamos a desembarcar directamente en el puerto. Ya no me podía calzar, mis pies estaban totalmente hinchados, con lunares negros bien grandes en las plantas y en las puntas de varios dedos. Eso era ‘Pie de Trinchera’. Alguien me había dado unas medias gruesas suaves, lo único grato que recuerdo de aquellos días.
“Bajé así, en medias, descalzo y con los jirones del pantalón medio envueltos con cinta adhesiva, de lo roto que estaba. En el muelle se me acercaron para llevarme en silla de ruedas y no quise, les dije que caminaba solo. Me cruzó un oficial, un milico de esos que en su puta vida le había visto la cara a la muerte en combate, y me reprochó que estuviera descalzo. Le respondí con una puteada, no pude evitarlo, él se detuvo para seguila, pero se habrá dado cuenta de que era un desubicado, se dio media vuelta y se alejó”.
Los soldados que regresaron con vida, debieron continuar con el Servicio Militar Obligatorio, como si hubieran estado de franco.
Al poco tiempo, comenzaron a divulgarse casos –muchos casos- de ex combatientes que tenían dolencias muy inusuales para su corta edad: cáncer, diabetes, hipertensión, cardiopatías, obesidad, soriasis. Unos 290 casos entre todas las fuerzas –si no fueron más- tuvieron pie de trinchera, una enfermedad que no es contagiosa, pero asoma por la excesiva exposición al frío y la humedad. Muchos terminaron con amputación total o parcial de sus miembros.
Merecería capítulo aparte el tema del estrés postraumático, que aquí solo tendrá un triste e injusto párrafo.
Entre el 12 de abril y el 15 de junio de 1982, el Hospital Militar hospitalizó a 21 combatientes con “síndrome de post-stress traumático”, pero insólitamente no se relacionó su cuadro con el marco bélico. En simultáneo, el Informe Oficial del Ejército Argentino sobre la Guerra de Malvinas dice que se registraron 15 casos de pacientes psiquiátricos en el frente de combate.
Desde el día uno, los británicos contaron con profesionales de salud mental ¡“en líneas de combate”! Los argentinos, en cambio, no tenían ni un solo psiquiatra en el Hospital Militar de Puerto Argentino.
“Finalizada la contienda, a un ex soldado veterano de guerra que acudía por ejemplo, al Ejército Argentino con un problema de salud mental en los años inmediatamente posteriores, una junta médica le practicaba un interrogatorio tipo película de espías; sólo faltaba que fuera atado a la silla”, ejemplifica el texto en pág. 313.
Combatientes durante la Guerra de Malvinas.
En 2004, 22 años de finalizada la contienda, el Ejército Argentino creó el Primer Centro de Salud Mental para atender a los veteranos. Fue después que el entonces Ministro del Interior, Aníbal Fernández dijera “no podemos tener un muerto más”, comentario en relación a la “carpa verde” que durante casi cuatro meses los aludidos montaron en Plaza de Mayo, frente a la Casa de Gobierno, en señal de protesta.
“Ese Centro mantuvo la tónica que se vino aplicando en el Hospital Militar de Campo de Mayo: asistencia terapéutica de escaso resultado, combinada con mucha medicación” (pag 315).
Un estudio realizado, entre enero 2005 y diciembre 2009, sobre 546 argentinos tratados en el nuevo Centro sorprendentemente desvincula su patología psiquiátrica de lo que padecieron durante la guerra. Y lo dice hasta con números: “48,9% presenta síntomas no vinculados a la salud mental o casos asintomáticos; 23,6% presentó Trastorno de Estrés Postraumático; 16,3%, con trastornos en su estado de ánimo; y 11,2% padece transformación persistente de la personalidad tras una experiencia catastrófica”.
Son muchas las pérdidas, pero una que cayó como rayo en un amplio radio fue el suicidio de Gustavo Andrés Domenichelli, 26 años después de la Guerra de Malvinas, el 13 de junio 2008, un día antes de un nuevo aniversario inútil.
Domenichelli tomaba un cóctel de medicamentos psiquiátricos; tenía un informe médico externo que detallaba su patología; asistía a diario al Centro de Salud Mental del Ejército Argentino, pero parece que los partes indicaban que “no demostraba evidencias de algún tipo de dicapacidad psíquica relacionada a la Guerra de Malvinas”.
“Ese día, regresó a su casa como tantos otros, saludó a su familia, se encerró en su cuarto y se disparó el mentón. Hoy yace en el Cementerio Municipal de Ezpeleta” (pág 317). Con él el camposanto de Quilmes inauguró un muy destacado sitio para homenajear a los ex combatientes en su viaje por el Más Allá. El lugar hiela la piel; es lo más digno de toda la necrópolis en donde el contexto es derrumbe, desidia, tumbas profanadas, mugre y saqueo.
Cientos de historias como éstas se desgranan en el libro de Maldonado, que el soldado pagó de su propio bolsillo, porque ninguna editorial “de las grandes” quiso publicarle al veterano de Malvinas. Tampoco es posible encontrarlo en las librerías; Las dos heridas de Malvinas, la que provocó la guerra y la que la indiferencia social dejó. La post guerra de Malvinas (1982-2020) sólo se vende en Mercado Libre.
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