En junio de 1982, con el rugir de los cañones aún resonando en el Atlántico Sur y un triunfalismo oficial que empezaba a desmoronarse, Karol Wojtyła aterrizó en Buenos Aires. A lo largo de 31 horas, el papa Juan Pablo II ofreció un refugio espiritual a una sociedad al borde del abismo y, al mismo tiempo, redefinió el rol de la Iglesia en medio de la Guerra de Malvinas, en un país dominado por la desinformación y la censura de la dictadura militar.
Sin embargo, para entender este fenómeno, es necesario mirar hacia atrás. Desde el 2 de abril, la jerarquía eclesiástica argentina —encabezada por el Cardenal Raúl Primatesta— había navegado en aguas turbulentas. Históricamente vinculada a una matriz nacionalista que unía la identidad católica con las Fuerzas Armadas, la Iglesia local respaldó inicialmente la recuperación de las islas como un "acto de justicia".
Aquella postura le sirvió a la Junta Militar de Leopoldo Galtieri para dotar a la guerra de una pátina de "gesta cristiana". Sin embargo, a medida que el conflicto escalaba y la sangre joven empezaba a derramarse en el Atlántico Sur, la retórica del Episcopado se volvió ambivalente: se pedía una "paz justa", un concepto gris que intentaba no desautorizar la ocupación militar pero que, al mismo tiempo, rogaba por el fin del fuego.


El Papa tenía programada una visita histórica al Reino Unido para finales de mayo, la primera de un Pontífice tras la ruptura anglicana. En Argentina, la noticia de que el Papa besaría el suelo del "enemigo" cayó como una bomba.
Sobre el temor de una ruptura emocional entre el pueblo argentino y la Santa Sede, Juan Pablo II tomó una decisión audaz: no cancelaría su viaje a Londres, pero volaría inmediatamente después a la Argentina. Lo que originalmente fue visto como una "visita de equilibrio" o de "desagravio", terminó siendo el evento que permitió a los argentinos empezar a procesar el duelo de una guerra que ya estaba perdida en el plano militar.
A lo largo de esas 31 horas, Juan Pablo II evitó los eslóganes bélicos y los discursos triunfalistas. Frente a multitudes en la Plaza de Mayo, habló de perdón, reconciliación y de la urgencia de deponer las armas.

Su mensaje trascendió lo religioso: recordó a la dictadura que ninguna soberanía territorial vale más que la vida humana y reforzó la idea de que la diplomacia era el camino para resolver los conflicto.
Paz frente al "espíritu de combate"
En un breve rezo en la Catedral Metropolitana, donde instó al clero a asumir el "ministerio de la reconciliación", Juan Pablo II se dirigió a la Casa Rosada. Allí lo aguardaba la Junta Militar: Leopoldo Galtieri, Basilio Lami Dozo y Cristino Nicolaides Anaya. Aunque el encuentro fue protocolar, la tensión era palpable.
Según relatos posteriores de Galtieri, el Papa evitó definiciones políticas sobre la soberanía de las Malvinas y centró su mensaje en detener las muertes en el Atlántico Sur y promover la mediación en el conflicto del Beagle. Meses después, Galtieri reconocería que la presencia de Wojtyła "perjudicó" la estrategia militar al introducir un llamado a la paz que chocaba con el espíritu de combate que buscaban mantener las Fuerzas Armadas.
Además, uno de los hitos más recordados ocurrió en la Basílica de Luján. El Papa llegó en un tren de ocho vagones desde Morón y, bajo una lluvia persistente, más de un millón de fieles lo recibió, mientras Wojtyła desplegaba su "teología del sufrimiento", encomendando a la Virgen las almas de los caídos, a quienes llamó “víctimas de ambos bandos”. Su mensaje fue que la soberanía no podía estar por encima de la vida humana.

El adiós y la rendición
El 12 de junio por la tarde, Juan Pablo II se despidió de la Argentina desde el aeropuerto de Ezeiza. En su discurso final, reiteró su deseo de una paz "justa, honrosa y duradera" y pidió a las autoridades que devolvieran a las familias la serenidad de sus hijos. Al despegar el Boeing 747 hacia Roma, dejaba tras de sí un país transformado por una experiencia espiritual colectiva que lo había preparado para el fin de la guerra.
Solamente 48 horas después de su partida, el 14 de junio, se produjo el cese de hostilidades en Puerto Argentino. La bandera argentina dejó de flamear en las islas tras 74 días de conflicto.
MV/ML