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jueves 21 noviembre, 2019

Por qué el comercio de objetos nazis no debería ser anónimo

Un sombrero plegable que presuntamente perteneció a Adolfo Hitler se vendió por 50.000 euros (US$55.300) en una subasta virtual desde Múnich el miércoles.

Leonid Bershidski

Hitler con un predecesor como canciller, Franz von Papen. Foto: Bloomberg

Un sombrero plegable que presuntamente perteneció a Adolfo Hitler se vendió por 50 mil euros (US$55.300) en una subasta virtual desde Múnich el miércoles. Fue comprado, junto a otros artículos nazis, por el inversionista suizo-libanés Abdallah Chatila, quien lo donó a Keren Hayesod, la organización israelí que recauda fondos. Pero no pudo obtener todos los recuerdos nazi por lo que pujó. Es hora de poner más atención a los demás compradores.

El mercado para los recuerdos nazis es amplio y aparentemente está creciendo, alentado por varias casas de subasta como Alexander Historical Auction en Maryland y Hermann Historica en Grasbrunn, cerca de Múnich, las cuales han recogido el comercio rechazado por importantes casas como Sotheby’s y Christie’s, e incluso eBay. La autenticidad de muchos de los objetos en este mercado es muy cuestionable: el mes pasado, una amplia variedad de artefactos nazis descubiertos en Argentina —a punto de ser aceptada dentro de la colección del Museo del Holocausto en Buenos Aires— resultó falsa, fabricada especialmente para personas que coleccionan este tipo de cosas.

Bart F.M. Droog, un periodista investigativo holandés que sigue este comercio, duda que el sombrero vendido el miércoles realmente haya pertenecido a Hitler. Sin embargo, la gran cantidad de artefactos nazis —desde las acuarelas de Hitler hasta la ropa de su compañera, Eva Braun— disponibles hoy, y los precios que alcanzan, demuestran una demanda activa. No habría surgido una industria de la falsificación si la demanda no existiera.

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Los propietarios de la casa de subastas insisten en que sus compradores no son simpatizantes nazis. "La mayor parte de nuestros compradores, por mucho, son museos, colecciones establecidas o coleccionistas privados que estudian el tema a fondo", dijo Bernhard Pacher, propietario de Hermann Historica, a la estación de televisión alemana NTV. "De nosotros depende impedir que las personas equivocadas se hagan" a los artículos del Tercer Reich.

Aparte de los subastadores, pocas personas tienen alguna idea de quiénes son realmente los compradores. Es difícil imaginar que un museo estatal puje por un sombrero de Hitler; no es que haya escasez de artículos para exhibir. Pero algunos de los principales coleccionistas privados son conocidos.

Uno es el multimillonario británico de los bienes raíces Kevin Wheatcroft, quien posee 88 tanques, duerme en la cama de Hitler y admira "el ojo para la calidad" del führer. Otro era Henry Frederick Thynne, el marqués de Bath, quien al morir en 1992 dejó atrás una enorme colección de artefactos nazis, para gran preocupación de sus herederos; el fallecido aristócrata fue un veterano condecorado de la Segunda Guerra Mundial, pero también es conocido como admirador de Hitler. Aparentemente, el negacionista del Holocausto David Irving también tiene una especie de colección relacionada con Hitler. Después de declararse en bancarrota en 2002, intentó vender algunos artículos en línea, incluido el bastón de Hitler.

Droog me ha dicho que parte del interés en estos recuerdos proviene de China y otros países asiáticos, donde las atrocidades nazi son una historia más distante, más abstracta, que en Europa y en Estados Unidos.

Pero en general, la información sobre los compradores en este mercado, donde miles de artículos son intercambiados cada año a través de las subastas y fuera de ellas, es escasa. Pese a sus intenciones de impedir que los artefactos caigan en las manos equivocadas, Pacher dice que es "prácticamente imposible impedir que una o dos personas con la ideología errónea" se infiltren entre los compradores.

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El argumento habitual contra el comercio de artículos nazis es que, aun cuando deben ser preservados, es inmoral comercializarlos y obtener una ganancia. El rabino Menachem Margolin, presidente de la Asociación Europea de Judíos, escribió una carta a Hermann Historica a principios de este mes, en la que pedía a la firma cancelar la venta de objetos nazis porque "algunas cosas, particularmente cuando están tan metafóricamente bañadas de sangre, no deberían ser comercializadas".

Ahora bien, Hermann Historica estaba en todo su derecho de ignorar la petición de Margolin. En Alemania, es legal vender artículos nazis; solo los símbolos nazis como la esvástica están prohibidos. Probablemente también sería incorrecto prohibir esas ventas. Algunos artículos, especialmente los documentos, deben ser preservados para el estudio de la historia; las acuarelas principalmente banales de Hitler pueden explicar mucho sobre los determinantes de su carrera política. Además, si esos objetos tienen valor material, no es posible arrebatárselo a golpe de ley.

Chatila, quien compró el sombrero y pagó 130 mil euros por la muy decorada copia de "Mi Lucha" de Hermann Goering, hizo su parte como individuo para impedir que los artículos no pararan en manos de adoradores nazis. "Para mí es muy importante que los artículos de esta era dolorosa no caigan en manos equivocadas", dijo en un comunicado de prensa. "Me habría gustado comprar más, pero infortunadamente no gané todas las pujas".

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Los gobiernos pueden hacer más. Si Alemania realmente quiere expiar su pasado nazi, debería obligar a las casas de subastas a divulgar los nombres de quienes compran esos artículos. Si son museos o estudiosos de la historia del Tercer Reich, no debería haber problema si se publican sus nombres. Wheatcroft, quien no es historiador, no esconde su pasión por los objetos nazis; tampoco otros que la comparten. Si quieren anonimato, ¿será que hay algo malo en su interés?

Sería justo que los compradores de los artefactos que Chatila no pudo adquirir el miércoles respondieran a las preguntas de las autoridades alemanas o de los medios sobre su pasatiempo.

Por supuesto, un requisito como este podría convertir el comercio de recuerdos nazi en un mercado negro. Pero las ventas directas a los museos y las colecciones establecidas no se verían entorpecidas. En cuanto al resto del mercado, tal vez no merece la legitimidad que le dan las subastas.


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