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martes 2 octubre, 2018

En Brasil, los votantes sopesan riesgos a la economía y la democracia

En la víspera de una elección el 7 de octubre de la que saldrán los dos candidatos presidenciales de un abanico de 13 contendores, los brasileños están divididos, desilusionados e indignados.

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Raymond Colitt y Bruce Douglas


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Former President Luiz Inacio Lula da Silva Attends Artists And Intellectuals Rally In Support Of His Candidacy Foto: Bloomberg

Golpeada por años de recesión, corrupción y agitación política, la economía de Brasil es un desastre y su joven democracia está en peligro.

En la víspera de una elección el 7 de octubre de la que saldrán los dos candidatos presidenciales de un abanico de 13 contendores, los brasileños están divididos, desilusionados e indignados. Han visto cómo se han evaporado millones de empleos, junto con miles de millones en fondos públicos. Las tasas de homicidio van en aumento y las filas en los hospitales son cada vez más largas mientras los salarios reales disminuyen. En su desesperación, los votantes parecen listos para elegir a Fernando Haddad, un izquierdista del partido que llevó a la economía a la crisis, y a Jair Bolsonaro, un excapitán de ejército de extrema derecha con una dura visión de las minorías y una benigna visión de la dictadura.

El controvertido Jair Bolsonaro gana impulso en el último sondeo

Independientemente de quién gane la segunda vuelta el 28 de octubre, las elecciones podrían desentrañar la segunda economía más grande de América. En juego hay casi un billón de dólares en deuda pública, la producción de una de las principales canastas de alimentos del mundo y un gigantesco mercado para las empresas multinacionales. Pero mientras el candidato principal cuestiona la legitimidad de la votación, y solo el 14 por ciento de los brasileños expresan confianza en la honestidad de las elecciones, se pondrán a prueba instituciones democráticas que ya están debilitadas.

"Temo que los resultados de estas elecciones sean solo otro paso en el camino hacia una gran tragedia", señaló Roberto Romano, profesor de ética y derecho de 72 años de la Universidad de Campinas. "No veo esta elección como una salida, sino la prueba de la inestabilidad estructural de la democracia brasileña".

La destitución de la presidenta Dilma Rousseff en 2016 dividió al país, y el trauma de ese evento sólo se ha profundizado desde entonces. La condena por corrupción del expresidente Luiz Inácio Lula da Silva – una figura que aún es imponente – complació a muchos, pero también enfureció a sus apasionados partidarios. Rayados de "Lula libre" adornan las paredes de la mayoría de las ciudades brasileñas.

Incluso antes de que Bolsonaro, de 63 años, fuera apuñalado durante un mitin de campaña a comienzos de septiembre, el asesinato de un prominente político de izquierda seis meses antes mostró cómo la abrumadora violencia en el país había comenzado a interferir en la política. Un catastrófico incendio en el museo nacional, que destruyó gran parte del patrimonio cultural de Brasil, se sumó al sentido de un país que se ha descarrilado.

Impulso decreciente

Antes de la primera ronda electoral, Bolsonaro fortaleció su apoyo incluso desde la cama de un hospital, pero su discurso incendiario que combina el sexismo y el autoritarismo ha impulsado una alta tasa de rechazo entre mujeres e incluso fanáticos del fútbol, que se han movilizado en contra de su candidatura.

Mientras tanto, el heredero de Lula, el exalcalde de São Paulo de 55 años Fernando Haddad, ha avanzado al segundo lugar después de ser confirmado como candidato del Partido de los Trabajadores el 11 de septiembre. De hecho, las encuestas muestran que su respaldo ha aumentado más del doble en las últimas tres semanas para estrechar la ventaja con Bolsonaro, quien tiene una mayoría simple en la primera ronda. Haddad tiene la ventaja en una carrera entre ambos, según muestran las encuestas.

Pero para Bolsonaro, un antiguo paracaidista, puede que la votación no sea la última palabra. En una entrevista televisada, el candidato dijo el viernes que solo aceptaría el resultado electoral si gana.

Los comentarios hicieron sonar las alarmas: Bolsonaro a menudo glorifica gobernar por la fuerza en una nación que salió de dos décadas de dictadura militar apenas en 1985. Ha dicho que la mitad de su gobierno debe ser de las fuerzas armadas y su compañero de lista, el general Antonio Hamilton Mourao, ha planteado la idea de una intervención militar para tomar el control de la situación del traspaso.

Partido implicado

Por su parte, Haddad y su Partido de los Trabajadores representan una apuesta continua de las políticas que ayudaron a crear la peor recesión de la que se tenga registro y presidir el escándalo de corrupción más espectacular que se haya visto en la historia del país.

También hay serias dudas sobre qué tan bien trabajarían Haddad o Bolsonaro con un congreso notoriamente fragmentado. Bolsonaro viene de un pequeño partido y frecuentemente muestra poca paciencia para las concesiones. De hecho, en 1993 sugirió el cierre del congreso. El Partido de los Trabajadores es mucho más sustancial, pero podría tener dificultades para reconstruir los puentes que cortó con socios de coaliciónen los últimos años.

Sin dinero para atraer el apoyo de los centristas de Brasil, es probable que cualquier presidente esté bajo una fuerte presión desde el principio. Los debates presidenciales, mítines y entrevistas han ofrecido pocos detalles sobre los planes para lograr que los 13 millones de desempleados de Brasil vuelvan a trabajar, frenar la violencia que mató a 63.000 personas el año pasado y tapar un déficit fiscal equivalente a más del 7 por ciento de la economía.

Vacío en Brasil

Salvo un aumento imprevisto en los ingresos del gobierno y una repentina sanación de las profundas divisiones de la nación, Brasil enfrentará una larga batalla cuesta arriba.

“No ha surgido nadie que sea capaz de proporcionar al país algún liderazgo", dijo Peter Hakim, presidente emérito y miembro sénior de Diálogo Interamericano, una organización con sede en Washington que busca fomentar la gobernabilidad democrática y el desarrollo económico en América Latina. "Hay un completo rechazo a las instituciones democráticas y todos los candidatos tienen mayores tasas de rechazo que de aprobación".

El problema económico más inmediato es tapar los déficits en las arcas públicas de Brasil, que llevaron la calificación crediticia de la nación a terreno basura y su deuda pública a más del 55 por ciento del producto interno bruto, o más del doble del nivel de otros países de mercados emergentes como Turquía o Indonesia.

No solo no hay dinero para cumplir las promesas de los candidatos de mejorar la salud y la educación, sino que otra ronda de medidas de austeridad, incluidos recortes a las prestaciones de pensión, será inevitable para evitar un colapso total de la confianza de los inversionistas.


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