COLUMNISTAS

A partir de una frase

En una crónica llamada La hora del consumo de orgullos, escribe Carlos Monsiváis: “Si algo le queda al nacionalismo es su condición pop.

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En una crónica llamada La hora del consumo de orgullos, escribe Carlos Monsiváis: “Si algo le queda al nacionalismo es su condición pop. No popular, algo ya más bien anacrónico a fuerza de sentimental, sino pop, con el acento en el perfil publicitario”. La frase es el comienzo de un artículo sobre Julio César Chávez –uno de los más grandes boxeadores mexicanos de todos los tiempos– en el que Monsiváis se hace un festín describiendo el chauvinismo kitsch de una sociedad en busca de héroes. Pero a mí, que la leo con la leve impunidad que me da sacarla de contexto sin pagar ningún precio al rigor académico, me provoca una serie de nuevas asociaciones: ésa frase habla también de un cierto estado de la literatura argentina contemporánea, de algunos textos, de más de una novela, de varias discusiones en suplementos culturales o en blogs, de un tipo de estado de situación. ¿Existe una literatura kirchnerista? No sólo la respuesta es no, sino que la mera pregunta es ya una aberración discursiva. Sin embargo (ah, siempre hay un sin embargo…) concomitante al ciclo duhaldo-kirchnerista se abrió un espacio en el que una línea de la literatura argentina repensó o mejor dicho retomó la tradición populista, antiintelectual, supuestamente plebeya, pero ahora asumida en clave pop, en clave perfil publicitario, para decirlo en términos de Monsiváis.

Digo “concomitante”, como podría haber escrito “sincrónico”: no una relación de causa/efecto, sino la conformación compleja de una cierta episteme, de una cierta escritura del presente. La literatura peronista –o mejor dicho, que toma al peronismo como ameno clima de época, como la apertura hacia temas obturados u olvidados del drama nacional, como horizonte con quien dialogar– se ha vuelto pop en el peor de los momentos: cuando el peronismo de izquierda vuelve a demostrar que nunca existió algo con ese nombre, y cuando el pop perdió su ambivalencia, su tensión interna, ganado irremediablemente por el habla pre-fascista del lenguaje mediático. En el pop existió siempre un conflicto irresuelto –que lo volvía interesante– entre una dimensión crítica, contracultural, inasimilable, y una eficiente adaptación al mercado y al consumo (su encanto residía en que no se sabía dónde empezaba una faceta y dónde terminaba la otra). Pero ésta es la época del ocaso del pop, de la evaporación de su cara irónica y del absoluto triunfo de mainstream. Nada radical puede ya esperarse del pop; sólo revistas de rock para resentidos treintañeros ABC 1 auspiciados por Levis, o futuros becados a Europa por alguna fundación socialdemócrata.

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Se escucha, por supuesto, tópicos ya conocidos: de un lado, la ciudad letrada, la tradición liberal, las señoras gordas, la herencia de Sur; y del otro, la escritura que proviene, sin mediación alguna, de la vida, el barrio, el aguante, el arrabal, los cuerpos indómitos, el deseo irredento. Pero hay en este binarismo una pequeña trampita, un nombre no nombrado: menemismo. El menemismo también es el peronismo. Y sobre todo, es el que convirtió el viejo populismo en populismo de mercado. Y esa categoría –esa escritura– no ha sido puesta en cuestión por la literatura populista de estos últimos años. Al contrario: nada se constata más que esa línea de continuidad, que ese modus operandi. Como en los 90, el mercado sigue siendo el horizonte insuperable de la literatura populista.

Resta el tema de la ciudad letrada. Pues sí: la literatura tiene que ver con la lectura, con las bibliotecas privadas y con la erudición disimulada. No me avergüenzo ni me arrepiento de pertenecer a esa tradición. El populismo narrativo es a la literatura lo que el clientelismo al campo popular. Ninguna ciudad letrada se derribará en su nombre. Es sólo repolitizando la sintaxis de la ciudad letrada, poniéndola en crisis desde adentro, cargándola de contenido crítico, que se puede poner en jaque al otro tipo de mainstream, el más poderoso, el mainstream liberal.