Marcelo Tinelli es una personalidad destacada de la cultura. De la porteña, argentina y rioplatense. Una de las más destacadas. Es uno de los personajes más populares, si no el más popular de la televisión. Y, por ende, de la cultura. Negar esto es creer en una acepción del término “cultura” absolutamente reaccionario y elitista.
La cultura es (o debería ser) lo que forma parte de un lenguaje común. Algo que nos identifica, nos comunica, nos sucede colectivamente, nos guste o no. Y Tinelli nos sucede, nos identifica y nos comunica. No me gusta Tinelli, no me interesa ver su programa, no me importa nada de lo que pasa en su universo. Pero no puedo negar que sé quién es. Por eso escribo sobre Tinelli.
Tinelli es parte de la cultura. Y si ahora pasa a formar parte de mi vida, es porque, como el sol para Marilina Ross, aunque no lo veamos, Tinelli siempre está. Esa omnipresencia es la confirmación de que el tipo es un ícono cultural. Si Andy Warhol hubiera vivido en la Argentina de hoy, lo hubiera retratado como a Marilyn o a Liz.
Que sea una personalidad destacada de la cultura no significa que deba ser premiado como tal. Tinelli es parte de una cultura, como también lo son el machismo y la cosificación de la mujer, algo constitutivo de la identidad Tinelli. Y si no se lo puede negar culturalmente, tampoco es cuestión de andar premiándolo. Premiarlo significa convalidar esos valores que Tinelli fomenta.
El Estado debería destacar otros aspectos de la cultura: ayudar a difundir causas poco difundidas, legitimar a artistas o referentes sociales que no tienen gran repercusión mediática, fomentar otro tipo de estéticas, éticas y poéticas. Tinelli ya tiene suficiente pantalla y difusión como para tener que darle un reconocimiento institucional.
Está bien que exista, se exprese, que haga lo que se le canta. Y, como lo que hace es tan vasto, sé que a veces me toca personalmente. Como me pasa hoy, porque soy hincha de San Lorenzo. O como me pasó hace algunos años, cuando Ideas del Sur produjo Todo x 2 Pesos y Okupas, dos programas excelentes, que veía con devoción.
Está bien, también, que la gente vea a Tinelli si quiere. Yo prefiero mantenerme al margen de ese universo con epicentro en ShowMatch y con mil ramificaciones. Pero al que guste, ahí tiene. Lo que me jode, por igual, son dos cosas: el premio a Tinelli y la reacción pseudoprogre a ese premio.
La indignación general por la distinción a Tinelli reproduce otro lugar común, tan nocivo como el machismo: el del pequebú que pone a la cultura en un Olimpo inmaculado donde, de tan intocable, se vuelve inmirable, inescuchable, ilegible, inaccesible. Un parnaso culturoso y biempensante que no hace más que elevar la cultura a la estratósfera, alejarla de cualquier atisbo de gusto popular y, lo peor de todo, deja lo masivo en manos de Tinelli y el tinellismo.
No sé si se puede volver masiva una noción de cultura más acorde a estéticas menos conformistas y a valores que nos son dados como “naturales”. Pero nadie debería impedirnos seguir intentándolo. Ni los culturosos berretas, ni Tinelli, ni los oportunistas que premian a Tinelli ni nadie.
*Periodista.