¿De qué sirve aún más virtud?, se pregunta Thomas De Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Sobre esa frase se apoya la literatura policial, aunque bien podría fundamentar toda la literatura con excepción de los libros sagrados y los manuales de autoayuda. Cuando los bomberos se ocupan de apagar un incendio, razona De Quincey, no tenemos nada que hacer y podemos dedicarnos a disfrutar del bello espectáculo de las llamas. Otro tanto ocurre con los crímenes: no hemos de fomentarlos ni perdonarlos, pero una vez cometidos, podemos admirar su consistencia y su pureza. La novela de enigma interpreta la idea en un sentido puramente intelectual: la habilidad del asesino para ocultar sus huellas y la lucidez del detective para descubrirlas componen una charada que ha entretenido a los lectores durante más de un siglo. Alguien dijo que Agatha Christie le había sacado más partido al crimen que Lucrecia Borgia.
Pero el propio De Quincey tiene una idea diferente del placer culpable que produce la violencia. En Del asesinato..., los crímenes brutales de John Williams no son ingeniosos ni elaborados: es su extrema crueldad la que les confiere dignidad literaria. En unos pocos días de 1812, el tal Williams despachó a dos famillas enteras, incluido un recién nacido, rompiéndoles el cráneo de un mazazo para después degollarlos. Una acción excesiva e inútil, porque su móvil era el robo y no tenía ninguna necesidad de liquidar también a la criatura. Ese inexplicable plus de agresividad desestabiliza nuestro entendimiento y crea un agujero negro que nos atrae inexorablemente: nos encontramos, por así decirlo, frente a frente con el Mal. De Quincey comprende bien que ese encuentro no convoca a una reacción virtuosa sino a seguir leyendo.
La novela negra se crea a partir de ese supuesto, de la presencia de una fuerza sobrehumana encarnada en los criminales. Sus grandes artífices, como Raymond Chandler, lograron identificar esa fuerza con la coerción de la sociedad sobre el individuo. Una corriente inversa, que acaso reconozca como precursores a Mickey Spillane (el creador del detective fascista Mike Hammer) y a las páginas rojas de los diarios, concibió del relato policial como la venganza de la humanidad sana sobre sus manzanas podridas. La ficción generada desde allí requiere de criminales monstruosos y castigos ejemplares.
Con los años, esa exigencia deriva en una obra como la de John Connolly, un irlandés nacido en 1968 que sitúa en los Estados Unidos su saga del detective privado Charlie Parker. Me tocó leer El camino blanco, el penúltimo volumen traducido de la serie. Bajo la estructura de un policial negro convencional, Connolly plantea una batalla secreta entre ángeles buenos y ángeles malvados. Estos últimos son torturadores despiadados y psicópatas que asesinan por placer aliados con sectas religiosas extremistas, magnates sureños, neonazis y el Ku Klux Klan. Pero frente a ellos se alza la fuerza del bien, cuyo centro es Parker, secundado por colaboradores tan violentos como sus enemigos: vengadores de crímenes raciales, verdugos necesarios y justicieros. Entre ellos, se destacan un rabino terrorista y una pareja gay e interracial de asesinos. En el libro hay ecos de toda la historia del género, desde Hammett hasta Cormac McCarthy, pero también del maniqueísmo new age sin olvidar el cine de superhéroes. El camino blanco, “el lugar donde se hace justicia, donde los vivos y los muertos caminan juntos”, es también el lugar donde caminan juntos la corrección política y el furor religioso.
Así como el asesino de El nombre de la rosa resultaba un sustituto de Borges, el archivillano de El camino blanco es también un falso profeta y se apellida Faulkner. La pregunta que ambos libros nos hacen con una sonrisa malévola no es ya de qué sirve más virtud, sino de qué sirve más literatura.
Asesinos de ayer y de hoy
¿De qué sirve aún más virtud?, se pregunta Thomas De Quincey en Del asesinato considerado como una de las bellas artes. Sobre esa frase se apoya la literatura policial, aunque bien podría fundamentar toda la literatura con excepción de los libros sagrados y los manuales de autoayuda.