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COLUMNISTAS / Epidemias
domingo 1 marzo, 2020

Biografía del virus

Afortunadamente vivimos en una época en la que las ciencias se han desarrollado en forma exponencial. Pronto habrá una vacuna contra el coronavirus, aunque debemos extremar los recaudos: nuestra relación con los virus ha sido siempre una tragedia.

Peste negra. Llegó de China a través de la Ruta de la Seda en el siglo XIV y mató a al menos 100 millones de personas. Foto: cedoc
domingo 1 marzo, 2020

La última glaciación terminó hace cerca de 12 mil años. En pocas décadas subió el nivel del mar algunos metros, se hundió Doggerland –la tierra que unía a las islas británicas con Europa Central y Escandinavia–, y el Mediterráneo encontró en el estrecho del Bósforo un abismo desde el que se precipitó sobre el mar Negro, destruyendo las culturas que habitaban la región. Probablemente esa sea la base para la leyenda del Diluvio Universal que se relata en el poema de Gilgamesh en Babilonia, en el Génesis y en textos y la memoria de otras culturas.

Los Homo sapiens y otras especies habíamos usado el puente de Beringia, que también se hundió en las aguas, para pasar de Asia a América. Rota la conexión, se desarrollaron durante miles de años culturas aisladas de las que permanecieron en Eurasia.

Animales y virus. Hace poco menos de 10 mil años, los habitantes del Viejo Mundo domesticaron animales en los altos del Yang Tse y en el Creciente Fértil, una medialuna que iba de Turquía, por el Medio Oriente, hasta el Tigris y el Eufrates. Fue allí donde se fundó Çatal Hüyük, el asentamiento urbano más antiguo del que se tiene noticia. La domesticación de la vaca, el caballo, el borrego, la cabra, el burro, la gallina, y otros animales proporcionó una enorme cantidad de proteínas, incrementó la producción de vegetales gracias al uso del arado, y permitió que se desarrollara el caballo, el medio de comunicación más eficiente que existió hasta la Revolución Industrial.

El progreso tuvo un costo: domesticamos animales que llegaron con pulgas, piojos y otros insectos que portaban gérmenes de viruela, gripe, tuberculosis, malaria, bubónica, sarampión, cólera. Llegaron pestes que alteraron la historia. Hay un libro interesante que estudia este proceso, Armas, gérmenes y acero, de Jared Diamond.

Virus en América. Los habitantes de América no domesticaron animales ni descubrieron metales útiles. Usaron el oro y la plata para fines ceremoniales y tuvieron en la región andina llamas y cuises, que no tenían la importancia ni fueron cultivados genéticamente como los animales europeos. La mayor parte de las proteínas de los andinos eran de origen vegetal, y las de los mesoamericanos provenían de insectos.

En 1492 llegaron los europeos y, con ellos, sus animales. En 1519, Cortés desembarcó en México con 600 españoles para conquistar el belicoso Imperio azteca, que tenía una población de entre 7 y 11 millones de habitantes, reducidos en 1576 a 4 millones, y a fines del siglo XVI, a 2 millones según el censo.

El primer momento de la conquista de Tenochtitlán se puede explicar porque los aztecas se confundieron por sus mitos religiosos, pero cuando Cortés volvió a Tenochtitlán después de la Noche Negra, los aztecas combatieron con ferocidad. Se derrumbaron por la viruela que mató a la mitad de sus habitantes, incluido el tlatoani Cuitláhuac. Los sobrevivientes se desmoralizaron porque la enfermedad mataba a los indios y no a los españoles. Sus explicaciones mágicas no tomaban en cuenta que sus enemigos habían desarrollado inmunidades generadas por siglos de convivir con los virus.

Ocurrió algo semejante cuando Pizarro desembarcó en Perú en 1531 con 168 hombres para conquistar el Imperio inca. La viruela le había precedido viajando en los excrementos de aves migratorias que mataron a buena parte de la población. El inca Huayna Cápac fue bombardeado por un ave portadora del virus en el norte de Quito. Supo entonces que en el Cusco se había instalado una peste general que había matado a sus hermanos Auqui Topa Inga y Mama Toca, a su tío Apoc Iliaquita, y a otros principales de su familia. Antes de fallecer no supo que había muerto Ninan Cuyuchi, el sucesor designado, por lo que no pudo designar a otro y se desató una guerra por la sucesión entre Huáscar y Atahualpa que debilitó aún más a la enferma nación que conquistaron los españoles.

Cuando Hernando de Soto recorrió en 1540 el sureste de Estados Unidos conoció muchas ciudades indias abandonadas porque sus habitantes habían muerto por epidemias transmitidas por indios de la costa que habían contactado con los españoles. Francisco de Orellana descubrió el Amazonas en 1542 acompañado de 57 hombres y del dominico fray Gaspar de Carvajal, que describe en sus cuadernos decenas de culturas desplegadas a la vera del río. Un año después, una nueva expedición encontró que casi todas habían desaparecido por efecto de los virus.

Pestes en Europa. La viruela llegó a Roma en el 165 con el nombre “peste de Antonino”, y mató a millones de europeos. La bubónica apareció en 542, exterminó a la mayoría de los habitantes de Constantinopla, se convirtió en una pandemia y arrasó Europa matando incluso al papa Pelagio II.

La peste más atroz llegó a Europa en 1346, cuando el comercio con China se incrementó con una nueva ruta por la que llegaron miles de pieles infestadas de pulgas procedentes de Asia central. La llamada “peste negra” mató entre 1346 y 1352 a más de 100 millones de personas en Europa, donde algunas ciudades perdieron más del 80% de sus habitantes.

Caffa, ciudad asediada por mongoles víctimas de la bubónica, sufrió en 1346 el bombardeo de cadáveres por la peste. Se provocó una infección que mató a casi toda la población. Como era común en la Edad Media, los cristianos acusaron a los judíos de ser los autores del mal y mataron a miles de ellos. Solo en Estrasburgo quemaron a 2 mil, en 1349.

En la Edad Media, la persecución de los judíos fue brutal. Se difundió la leyenda de los libelos de sangre que afirmaba que los judíos crucificaban niños cristianos durante sus rituales religiosos. El Santo Niño de la Guardia fue canonizado en Toledo y decenas de judíos fueron quemados vivos acusados de su asesinato. Pasó lo mismo con Anderl von Rinn en el Tirol, beatificado por la Iglesia y con decenas de otros infantes, que luego se demostró que nunca habían existido, pero fueron pretexto para la persecución de los judíos. En ese contexto de fanatismo irracional fue fácil que les achacaran toda peste.

La gripe española. La mayor epidemia de la historia fue una gripe que acabó en dos años con el 6% de la población mundial en 1918, unos 50 millones de personas. La enfermedad se originó en la base militar de Fort Riley, en Estados Unidos, donde se dieron los primeros casos en marzo de 1918. España fue el único país que se hizo eco del problema y por eso la bautizaron como “gripe española”. Hay que tomar en cuenta que en ese entonces no existían aviones de pasajeros y la población mundial no se movía tanto como la actual.

Hasta la Segunda Guerra Mundial, en los grandes combates murieron más soldados por las enfermedades que luchando. Si tomamos como ejemplo la Guerra de Secesión norteamericana, notaremos que de las 620 mil bajas que se produjeron, 414 mil fueron víctimas de enfermedades y solo 206 mil murieron en el campo de batalla.

Coronavirus. Generalmente no somos conscientes de que vivimos en medio de una nube de microorganismos y virus que están fuera y dentro de nuestro cuerpo. Un estudio publicado hace poco en la revista de la International Society for Microbial Ecology dice que todos los días caen, procedentes de otras partes de la Tierra, hasta 800 millones de virus y unos 20 millones de bacterias por metro cuadrado. Existe siempre el temor de que llegue entre ellos algún virus procedente de un asteroide y termine con la especie.

Virus hay y habrá siempre. Muchos han sido estudiados, sabemos cómo se reproducen, cómo nos atacan, qué medicinas y vacunas tenemos para combatirlos. El Covid-19 es nuevo, la comunidad científica tiene poca información sobre su comportamiento. Por el momento hay cerca de 3 mil fallecidos y 100 mil contagiados en el mundo. Se sabe que se difunde a gran velocidad, que su índice de mortalidad varía de país a país, pero está en torno al 3%. Quienes se enojan con esta columna tienen una buena noticia: el autor está entre quienes tienen mayor riesgo de muerte, mayores de 70 años y diabéticos.

Dicen los expertos que se transmite por el contacto con portadores del virus o con gotículas que se producen cuando estos estornudan o tosen. Cuando caen sobre objetos parecería que los virus pueden sobrevivir horas o días, período en el que quien toque la superficie se puede contagiar si después lleva sus manos a los ojos, la nariz o la boca. Sin saber demasiado de medicina, el sentido común dice que habría que controlar los aviones que vienen de las zonas de mayor peligro.

Por suerte vivimos un momento de la historia en que las ciencias se han desarrollado exponencialmente. Hay decenas de grupos de médicos estudiando la patología y es posible que pronto se desarrolle una vacuna, probablemente en Israel. Sin embargo, hay que tomar todos los recaudos que sea posible, aunque no sean perfectos. Vista la historia podemos saber que nuestra relación con los virus ha sido desafortunada y hay que evitar que ocurra otra tragedia.

 

*Profesor de la GWU. Miembro del Club Político Argentino.


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