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Bravo el petiso

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Entre todas las cosas que hice en mi vida y abandoné, una de ellas fue estudiar Lógica en la Facultad de Filosofía y Letras. Bueno, tampoco tanto, pero en los años 80 cursé un seminario con Carlos Alchourrón, un jurista y filósofo interesado en los sistemas axiomáticos, en particular en los conjuntos de normas del derecho y sus posibles contradicciones. Me acuerdo poco del asunto, para qué les voy a mentir. Pero se me ocurrió pensar en las formalizaciones de Alchourrón cuando me encontré con un libro que no tiene nada que ver con el derecho ni con la lógica, aunque mucho con las contradicciones. Se trata del Diccionario apasionado de la novela negra, de Pierre Lemaitre, un escritor francés que ganó el premio Goncourt, y es el autor de la novela en la que se basa la serie Recursos inhumanos, protagonizada por el exfutbolista Éric Cantona. A pesar de que Cantona siempre me cayó simpático como futbolista e incluso como actor, no vi la serie, justamente porque leí el Diccionario.

Es cierto que el libro responde a su título: es un diccionario (no es exhaustivo pero las entradas están ordenadas alfabéticamente) y es apasionado, porque las opiniones de Lemaitre, cuya altura es 1,45 m, son firmes y abundantes. Cuando alguien elogia o rechaza todo lo que se le pasa por delante, es imposible no encontrar en sus juicios ciertas contradicciones, como si las normas de las que se deducen no fueran coherentes. Todo crítico se ha encontrado frente a una obra pensando: “Esto no me debería gustar, pero sin embargo...” o viceversa. Y eso suele ser un problema. Pero con Lemaitre tengo dos. El primero es que es un crítico muy ideológico que parte de la idea de que la novela negra es el mejor mecanismo para denunciar la injusticia social, y así se siente obligado a elogiar todo lo que sea de izquierda aunque no le guste. Por ejemplo, las novelas del chileno Díaz Eterovic: las recomienda porque Pinochet y el neoliberalismo, etcétera. Pero a la hora de decir algo más preciso reconoce que “si buscan tramas complejas, rigurosas y detalladas, me temo que Díaz Eterovic no es para ustedes”. Al final compensa: “Si les gustan las novelas ambulatorias, las historias en que se recorren ciudades y se callejea, las suyas les encantarán: Díaz Eterovic es el mejor guía turístico del Santiago clandestino”. No creo que el autor esté muy contento con la descripción que hace el crítico. Recíprocamente, cuando aparece alguien de derecha, Lemaitre se sulfura. Por ejemplo, con James Ellroy, a quien pondera a regañadientes no sin antes decir una vulgaridad como: “En la foto de familia de Trump, Ellroy estaría a la derecha de Clint Eastwood”. Pero con Eastwood, en particular, tiene algo. Le gusta mucho una novela de Trevanian, The Eiger Sanction, que Clint llevó al cine, pero Lemaitre se pregunta si Eastwood entendió lo que había leído. 

Lemaitre hace una excepción con Simenon, a quien pone por las nubes de la primera a la última página del diccionario. Confrontado con las ideas políticas del belga, las mezcla con sus costumbres sexuales y dice que está cansado de escuchar hablar de todo eso. Si Cantona solía meter la pelota adentro, Lemaitre es un especialista en tirarla afuera. Pero hasta los deshonestos tienen un gran momento y el de Lemaitre es aquel en el que defenestra los policiales escandinavos. 

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