domingo 25 de septiembre de 2022
COLUMNISTAS opinión

Elizabeth, Jean-Luc y yo

Siempre me pareció raro que, como reina, Isabel no hablara en primera persona sino también en nombre de su hermana.

18-09-2022 01:21

Nací en 1951, un año antes de que Isabel II ascendiera al trono. Mi primer contacto con ella fueron las estampillas. Ignoro completamente los motivos pero, en esa época, se estilaba que los padres inculcaran a los niños la costumbre de la filatelia. Las del Reino Unido eran chicas, casi cuadradas y de distintos colores. Todas con la efigie de ella, así como las de España, un poco más grandes y rectangulares, venían con la de Franco. Pero hay otro recuerdo, que nunca pude procesar hasta ahora. En casa de mis abuelos paternos, mi tía Sara, que era profesora de Inglés, solía burlarse de la joven soberana imitando una voz balbuceante que decía las palabras: “My sister and I”. Durante años las conservé en la memoria, sin saber de dónde venían.

Siempre me pareció raro que, como reina, Isabel no hablara en primera persona sino también en nombre de su hermana. Setenta años más tarde se me ocurrió la idea elemental de buscar “My sister and I” en la web y conseguí develar una parte del misterio. Isabel pronunció las palabras el 13 de octubre de 1940, antes de ser reina, en su primer discurso en público. Tenía 14 años y se presentó con su hermanita Margaret, de 10 años, en el programa The Chidren’s Hour de la BBC. Como parte de la propaganda de guerra, mandó saludos en nombre de las dos princesas a los niños de la Commonwealth que no podían estar en sus casas. Hoy se puede escuchar online el discurso que mi tía debe haber visto en un noticiero cinematográfico (iba casi todos los días al cine). 

Se me acaba de ocurrir una hipótesis que explica por qué mi tía se burlaba de Isabel cuando no era más que una nena de 14 años. La razón no fue sin duda la cruzada antibritánica de los historiadores revisionistas. Me temo que mi tía, como muchas mujeres de la época, estaba enamorada del príncipe de Gales, como se conocía a Eduardo VIII antes de su ascenso al trono y su abdicación por amor (al menos, así dice la leyenda). Tengo una prueba indirecta de esta hipótesis. Ignoro por qué a mis padres se les ocurrió llamarme Eduardo (no había ninguno en la familia), pero mi tía solía decir que yo tenía nombre de rey. Es bien posible que su infatuación por el personaje haya hecho que mi tía no le tuviera ningún cariño a Jorge VI ni a su hija, la pequeña Elizabeth, quienes ocuparon sucesivamente el cargo que Edward dejó vacante. 

Como me acabo de enterar, Jean-Luc Godard se murió en la misma semana que su contemporánea. Elizabeth será recordada seguramente por lo que dice de ella una serie bastante mediocre, mortuoria y teatral que confirma lo que siempre decía Godard: que el cine inglés no existía. En cambio, no sabemos cómo recordaremos a Godard. Fue demasiado importante para el cine, tal vez porque fue quien primero comprendió que el cine iba más allá de las películas, aun de las suyas propias. Más allá de panegíricos y diatribas y mucho más allá de esas listas con las supuestas mejores de todos los tiempos que solo sirven para envilecer a los críticos que las compilan, Godard fue un cineasta del tiempo presente como acaso no haya existido otro, justamente porque comprendió que el arte teje con el presente su propio futuro. Nadie, ni los miembros de las casas reales, estuvieron tan obsesionados como él por la supervivencia de su oficio. Tal vez ese sea su legado.

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