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Cae la noche

Lluvia 20240224
Ciudad | Lluvia | Unsplash | Todd Diemer

“Me he dado cuenta de que la vejez es la edad épica por excelencia, porque todos los días echas un pulso con la muerte. A esa edad ya no eres dueño de tu futuro próximo. Todo tiene que ser consultado con la muerte”, dijo Manuel Puig en la época de Cae la noche tropical, cuya versión teatral dirigida por Pablo Messiez se puede ver hasta el 10 de marzo en el Astros. Con grandes actuaciones de Leonor Manso, Ingrid Pelicori y Eugenia Guerty, la obra logra transmitir algo de la épica mentada por su autor en torno a una de las cosas menos épicas de la vida, como ir muriendo de viejo. Al igual que en la novela, Luci y Nidia, las dos hermanas octagenarias, se comportan como quienes tienen todo el tiempo del mundo por delante para hacer uso de su mayor patrimonio (o tal vez el único real): el diálogo, el tráfico de recuerdos que llena ese ambiente del Río de Janeiro de los años 80 en el que se instala la acción. Y como en la novela, nada parece poder detener el flujo de información que circula entre ambas, incluso cuando media la distancia física. Hablando, se hacen fuertes y esquivan la muerte.

La sentenciosa inmovilidad de la puesta, sumada a las casi dos horas de duración, propicia caer en distintos grados de abandono, hace posible dejarse llevar por otras historias que Puig escribió. El clima estático, lento como los ritmos de la vejez, permite evocar, incluso, a partir de los personajes que están en el escenario, otras adaptaciones. A mí, por ejemplo, me aparecía a cada rato la joven Manso de Boquitas pintadas, la película de Torre Nilson. 

El clima estático, lento como los ritmos de la vejez, permite evocar otras adaptaciones

Pero lo más lindo fue cuando me vino a la mente el propio Puig en sus últimos años, los cariocas, tal cual lo describió María Esther Gilio: “Bajó los cuatro pisos corriendo. Su expresión era más alegre que la del día anterior. Vestía short y camisa blanca y no representaba más de 40 años. 

—Venga, sentémonos un poco (…) y enseguida comenzó a prestar atención a algo que ocurría lejos de nosotros, en la esquina.

—¿Qué pasa?

—Nada. Que deben ser las 11, porque allí llega el cartero. Este es uno de los mejores momentos de mi día: las cartas”.

Imantado por el espíritu de Luci y Nidia, el hombre que las imaginó también conjuraba la vejez con la épica que mejor conoció, la de las palabras.