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COLUMNISTAS / TIMBREOS
domingo 14 octubre, 2018

Cero inteligencia emocional

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por Sergio Sinay

default Foto: CEDOC

A partir de un libro que vendió más de cinco millones de ejemplares en su año y medio en la lista de best-sellers de The New York Times, se expandió desde 1995 el concepto de inteligencia emocional. El libro era precisamente La inteligencia emocional, y su autor el psicólogo y divulgador científico Daniel Goleman. Antes, en 1990, habían mencionado la categoría los psicólogos Peter Salovey y John Mayer. Su colega Wayne Payne publicó en 1985 un artículo en una revista especializada titulado Un estudio de la emoción: el desarrollo de la inteligencia emocional. Y tanto el psicólogo humanista Abraham Maslow, como Howard Gardner (introductor de la idea de inteligencias múltiples) habían sugerido previamente nociones afines.
Inteligencia emocional es la capacidad de explorar y reconocer las propias emociones y sentimientos y de gestionarlos de manera funcional en todas las áreas de la vida (intimidad, vínculos, familia, trabajo, ciudadanía, etcétera). Y es, en paralelo, la capacidad de registrar los sentimientos de los otros y acompañarlos. Esto repercute en habilidades sociales efectivas, conciencia de sí y del escenario humano circundante, destreza para la autorregulación emocional, enriquecimiento de las relaciones interpersonales y desarrollo de atributos como la compasión, la comprensión, la solidaridad y, fundamentalmente, la empatía.
En nombre de la inteligencia emocional aparecieron variados negocios y variopintos gurúes de ocasión, mercachifles que proponían atajos para adquirirla a través de “entrenamientos” entre patéticos y desopilantes. Pero lo cierto es que se trata, en principio, de un atributo natural, o de un recurso que se adquiere durante la crianza y construcción de la identidad a través de ejemplos, intervenciones de referentes sensibles, experiencias vivenciales significativas y un valioso liderazgo moral. En caso contrario, no hay remedio. Cuantiosas personas nacen, viven y mueren sin haber evidenciado esta inteligencia. Y muchas de ellas suelen ser consideradas brillantes en otros campos, lo que no quita su disfuncionalidad en éste, con consecuencias para sí y para los demás.
El arte de gobernar (cuando se ejerce como arte y no como una oportunista aparición en el poder, con fines ajenos a cualquier proyecto realmente humanista) requiere una alta dosis de inteligencia emocional. Solo con ésta se puede respetar, o devolver, su dignidad a la política. Es lo que evidenciaron Gandhi, Mandela, Churchill. Es lo que en Argentina se anunciaba en Arturo Illia, ante la cruel e imperdonable indiferencia de la sociedad. Justamente aquí se anunció en 2015 el desembarco en el gobierno del “mejor equipo de los últimos cincuenta años”. Hoy desmembrado, ese equipo se mostró altamente ineficiente en lo que supuestamente sus miembros eran súper estrellas (gestión, finanzas). También exhibió grandes dosis de irresponsabilidad y ligereza en la toma de decisiones que afectan a la sociedad, despreocupándose de las consecuencias. Resultó ser un grupo de sofistas (adoctrinado por un sofista mayor) capaz de decir una cosa para negarla a continuación con hechos y palabras, mientras se dice heraldo de la verdad. Empuñando un optimismo casi maníaco negó una y otra vez la percepción y los sentimientos de millones de personas insistiendo en convencerlos de que sus padecimientos sociales, económicos y anímicos son minucias ante la felicidad inminente, que siempre se posterga un semestre más. Les dijo que la inundación que los ahoga era un chubasco pasajero y se empecinó con fundamentalismo en una supuesta verdad única y obsoleta.
Es un amplio muestrario de ausencia absoluta de inteligencia emocional, que se evidencia además en lo gestual y verbal de cada declaración pública, ya sea de un funcionario equis como del propio jefe del equipo. Timbreo no es empatía. La palabra felicidad mil veces repetida no hace feliz a nadie y un coaching fonoaudiológico no crea mágicamente comunicación, ni emocional ni de ningún tipo. Carecer de inteligencia emocional es una pesada herencia. Y se nota más cuando fallan otras inteligencias.

*Periodista y escritor.

 


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