Aveces me da por divagar sobre las diferencias entre el mundo del cine y el de la literatura. Uno de los terrenos en los que suelen empantanarse mis pensamientos es el del momento en el que un escritor o un cineasta se establecen como tales. No es estrenar una película ni publicar un libro lo que produce el cambio de estado. En principio, con el dinero suficiente se puede financiar la propia obra, aunque los escritores que pagan sus ediciones arrastran cierta culpa vergonzante. Por eso, las transacciones de ese tipo se mantienen secretas, aunque se sabe que ciertas editoriales aceptan que los escritores se hagan cargo de las facturas. Esta práctica puede ser indiscriminada o selectiva: hay editores que le cobran democráticamente a todo el mundo y otros que sólo lo hacen con los que quieren figurar en un catálogo junto a los nombres importantes que no pagan. Pero los editores mercenarios tienen que tener cuidado y no publicar cualquier bodrio porque los consagrados, que son el capital de su negocio, podrían enojarse y partir. En fin, se sabe que el oficio editorial es complejo y delicado, tal vez un verdadero arte.En el cine, en ese sentido, las cosas son más sencillas. Nadie se fija demasiado de dónde viene la plata y no se considera una deshonra producirse a sí mismo: hay muchos directores famosos que invierten en sus propias películas. En la Argentina, por otra parte, el Estado suele resolver tanto los problemas de liquidez como los de talento. Pero aunque un libro o una película lleguen al público por los mecanismos más ortodoxos, nada garantiza que sus responsables tengan alguna solvencia como artistas. Ese es, tal vez, el aspecto más cruel de la creación, el que hace que miles de personas que soñaron con escribir o dirigir vean su sueño realizado sólo a medias y anden como almas en pena arrastrando una obra mediocre, y sin reconocimiento.
El problema no se soluciona, incluso se agrava, con un gran éxito de ventas o de boletería. Aunque tranquiliza mucho, ganar dinero no siempre inviste de respetabilidad. Es más, ni siquiera los premios la garantizan. No hace falta ir muy lejos para encontrar casos de cineastas o escritores que arrasan con cuanto premio se les pone en el camino y, sin embargo, no logran evitar que se los considere un fraude en ciertos círculos. Porque, efectivamente, esos círculos exigentes, arrogantes y elitistas existen. En el cine podría decir donde encontrarlo: es un puñado de críticos y programadores de los países centrales, quienes construyen una barrera capaz de crear la reputación de los que la atraviesan. En la literatura, el mecanismo se me escapa. Creo que es más sutil y, en principio, menos internacional. Para un escritor existe la consagración doméstica o, en todo caso, la del territorio de su idioma. Para un cineasta, en cambio, es el mundo o nada.
El otro día, después de leer Hidrografía doméstica, la primera novela de Gonzalo Castro, me encontré con esta obviedad en la que nunca había reparado. Ese libro es de una jerarquía tal que debería establecer a su autor entre los referentes de la literatura argentina actual. Sin embargo, han pasado tres años de su publicación y no se ha beneficiado de un mecanismo que lo coloque en ese lugar. En cambio, bastó que Lisandro Alonso –que podría ser el equivalente de Castro en el cine– fuera invitado a mostrar La libertad en Cannes para que la elite crítica mundial lo adoptara inmediatamente entre sus protegidos. No es que la proyección en Cannes asegure ese estatus. Hay muchos ejemplos en contrario, pero ese festival proporciona una visibilidad instantánea y global –que no está al alcance de los escritores– pero que le permitió a Alonso contrarrestar la indiferencia del medio local. De todos modos, y para cerrar el círculo de perplejidades, hay algo más que une a Castro con Alonso: fueron la editorial propia en un caso y el dinero familiar en el otro los que permitieron conocer las óperas primas de estos dos notables artistas.
Comparaciones ociosas
Aveces me da por divagar sobre las diferencias entre el mundo del cine y el de la literatura.