Una de las costumbres más extrañas de la crítica consiste en perdonarle a un escritor aquello que hace bien y reprocharle aquello que hace mejor. A Julio Cortázar le ocurrió exactamente eso. Como escribió cuentos extraordinarios y una novela que marcó a generaciones enteras, se decidió que era esencialmente un narrador. La poesía quedó reducida a un pasatiempo privado, a una afición lateral, a un jardín secundario detrás de esa gran casa que es Rayuela. Sin embargo, la publicación de su Poesía completa (Alfaguara) permite advertir algo diferente: Cortázar no fue un narrador que escribía poemas, sino más bien un poeta que escribió cuentos y novelas.
La confusión proviene, quizá, de una idea demasiado estrecha de lo que debe ser un poeta. Se espera de él una obra compacta, reconocible, organizada alrededor de una voz estable. Cortázar ofrece lo contrario. Su poesía cambia constantemente de registro. Comienza en la adolescencia con sonetos donde resuenan el modernismo, el simbolismo francés, Juan Ramón Jiménez, Góngora y el Neruda surrealista de Residencia en la tierra. Más tarde abandona esas formas rigurosas y encuentra una dicción propia, conversacional, quebrada, capaz de mezclar reflexión, humor, amor, política y metafísica en un mismo poema.
Muchos lectores se burlan de sus poesías juveniles, firmadas con el seudónimo Julio Denis. Es un error. No son perfectos, pero permiten asistir a la formación de una sensibilidad. En esos sonetos a veces excesivos, cargados de adjetivos y de imágenes, ya aparece una obsesión que acompañará a Cortázar toda la vida: la sospecha de que la realidad visible es apenas una superficie. Los cuentos fantásticos nacen de esa sospecha. Rayuela también.
Después llega Pameos y meopas y La vuelta al día en ochenta mundos, Último round y Salvo el crepúsculo, y allí pasa algo singular: el poeta abandona toda necesidad de demostrar destreza técnica. Escribe como quien conversa consigo mismo, como quien toma notas durante un viaje. Los poemas, los fragmentos en prosa, las anotaciones, los recuerdos y las invenciones forman una única corriente verbal. El lector ya no encuentra la solemnidad del joven Denis, sino una voz madura, irónica, melancólica, que comprendió que la poesía puede esconderse en cualquier parte: en un disco escuchado con auriculares, en una carta, en una noche de insomnio, en una estación de tren.
Lo más interesante es que la poesía de Cortázar ilumina retrospectivamente toda su obra. Los cronopios son criaturas poéticas. Oliveira piensa como un poeta. El señor Gómez del cuento “Las buenas inversiones” también lo es y no lo sabe. Incluso los relatos más célebres dependen menos de la trama que de una determinada intensidad verbal. Cuando recordamos “La noche boca arriba”, “Axolotl” o “Las babas del diablo”, solemos recordar una atmósfera antes que una historia. Esa atmósfera procede de la poesía.
También existe un prejuicio argentino. Borges ocupó durante décadas el lugar del poeta intelectual; Girondo, el del vanguardista; Gelman, el de la emoción política; Pizarnik, el de la intensidad extrema. Cortázar quedó aislado, en la tierra de nadie. Demasiado narrador para los poetas, demasiado poeta para los narradores. El resultado fue una lectura incompleta de su obra.
La Poesía completa muestra otra cosa. Muestra una fidelidad extraordinaria a ciertas preguntas esenciales: el tiempo, la muerte, el amor, la música, el doble, la infancia, la búsqueda de una realidad más vasta. Son las mismas preguntas que recorren sus cuentos y novelas. Cambia el género; no cambia la obsesión.
Quizá el mejor argumento para defender a Cortázar como poeta sea éste: incluso cuando escribía narrativa, seguía escribiendo poesía por otros medios. Sus mejores páginas no avanzan: vibran. No explican: sugieren. No describen un mundo: intentan perforarlo.
Muchos escritores tienen poemas reunidos en un volumen. Pocos poseen una imaginación poética tan persistente. La poesía no fue un apéndice de su obra. Fue su centro secreto. Y a lo mejor ahí, en ese centro, es donde todavía sigue viviendo.