A mediados de los ’80 pasaban cosas muy extrañas. Por ejemplo, uno podía encontrarse de casualidad tomando algo en Gandhi, y salir de allí con un ofrecimiento directo para ser ayudante de cátedra. Algo por el estilo me sucedió: de un día para el otro me encontré dando clases en una materia llamada “Introducción al conocimiento científico”, en el CBC. Tenía 20 años, estudiaba sociología y, a las apuradas, tuve que leer libros extraordinarios como La estructura de las revoluciones científicas, de T.S Kuhn o Contra el método, de Paul K. Feyerabend. Duré 6 meses. Pero en estas décadas, varias veces releí esos libros. Siempre con una certeza: además de haber en ellos una (o varias) teoría sobre el funcionamiento científico, hay además, o sobre todo, un inmenso yacimiento de preguntas literarias, de metáforas, alegorías, narraciones. Sólo es cuestión de leer esos textos con cierto desprejuicio, con la tranquilidad que otorga no pertenecer a ese campo, de no pertenecer a ningún campo. La estructura de las revoluciones científicas reposa en el uso de una tríada de conceptos tan poderosos como seductores: paradigma, ciencia normal, anomalía. Para Kuhn la ciencia avanza a partir de cambios de paradigmas, donde cada revolución científica modifica la perspectiva histórica de la comunidad que la experimenta. Entre tanto, entre revolución y revolución, el paradigma funciona y se fortalece en términos de ciencia normal. La razón de ser de la ciencia normal reside en mantener el funcionamiento del paradigma, su poder explicativo, su duración en el tiempo. Señala Kuhn: “La característica más sorprendente de los problemas de investigación normal es la de cuán poco aspirar a producir novedades importantes”. ¿Está Kuhn hablando de epistemología o de la literatura argentina contemporánea? No lo sé. Tal vez de ambas cosas a la vez.
Pues, una vez instalado el paradigma en un lugar de hegemonía, la ciencia normal realiza el trabajo crucial de construir un piso de inteligibilidad: una de las cosas que adquiere una comunidad científica con un paradigma, es un criterio para seleccionar problemas que, mientras se dé por sentado el paradigma, puede suponerse que tienen solución. La ciencia normal no tiende hacia novedades fácticas o teóricas y, cuando tiene éxito, no descubre ninguna. Simplemente funciona. Escribe Kuhn en su definición de paradigma: “Considero a éstos como realizaciones científicas universalmente reconocidas que, durante cierto tiempo, proporcionan modelos de problemas y soluciones a una comunidad científica”. Pero cada tanto llega un invitado inesperado: la anomalía. Para Kuhn la emergencia de la anomalía está siempre ligada a la posibilidad de descubrimientos y, por lo tanto, de revoluciones científicas: “cuando la profesión no puede pasar por alto ya las anomalías que subvierten la tradición existente (…). Los episodios extraordinarios en que tienen lugar esos cambios de compromisos son las revoluciones científicas”. Finalmente, lo que Kuhn propone es una sociología de la historia de tipo discontinuista que, teniendo en cuenta el año de publicación del libro (1962), podría ubicarse en el mismo horizonte de época de otras teorías discontinuistas, como las que, en la estela del posestructuralismo, esboza Georges Canguilhem en Ideología y racionalidad en la historia de las ciencias de la vida.