COLUMNISTAS

Cruel en el cartel

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El 17 de febrero, Bélgica batió el récord de días en que un país occidental no logró formar un gobierno: 249 sin Poder Ejecutivo. ¡Envidiable! ¿En qué se diferencia la vida real belga, con o sin gobierno? No lo sabemos. Sabemos, en cambio, que acontecen diferentes marchas de protesta por esa ausencia, que ya comienza a parecerse a un significante vacío. Algunos han querido llamar a ese estado deliberativo “Revolución de las papas fritas”, en homenaje al mancillado honor nacional: como todos saben, en inglés a las papas fritas se las conoce como french fries, es decir, papas a la francesa. Pero pocos conocen que en verdad es una invención belga. ¡Pobre Bélgica, como decía Baudelaire, ni las papas fritas le quedan! Desde cierta perspectiva libertaria –que no me es ajena en absoluto–, la falta de gobierno podría ser la posibilidad para construir un nuevo tipo de relación con la política, con lo social, con una idea instituyente del deseo. Una nueva forma de libertad. Pero si nada de eso ocurre, es porque el capitalismo contemporáneo se organiza alrededor de aquello que Lyotard llamó, ya desde fines de los 70, “los decididores”: un modo de organización social en el que los grandes intereses (económicos, culturales, científicos) legitiman su acción de manera pragmática, sin necesidad de someterse a otro relato (llámese: política). Intrigado, leo en Le Soir, uno de los diarios de la Bélgica francófona, una entrevista a una manifestante que se queja de la falta de gobierno. Para ella, es imprescindible que rápidamente se forme un gobierno “porque alguien tiene que tomar decisiones importantes, por ejemplo, qué hacer con los extranjeros”. Es una perfecta división del trabajo: para la rutina diaria no hace falta gobierno alguno (como en estos 249 días), todo funciona en manos de las grandes corporaciones decididoras; mientras que el gobierno es necesario para expulsar a los extranjeros. De hecho, podría decirse que, sustancialmente, de esas cosas se ocupan los gobiernos hoy en Europa, no de mucho más (del resto se ocupan los decididores).

¿Deberíamos ser más serios? Quiero decir: ¿deberíamos dejar de ironizar sobre la política realmente existente por miedo a que los decididores tomen todo el poder? ¿Hay que sostener a la política –y a su núcleo central: la idea de la necesidad de un gobierno– a cualquier precio, por temor al chantaje de un mal mayor? Voté por primera vez en una elección presidencial en 1989. Puse en la urna una foto de Susana Romero (¡Clarín mencionó el hallazgo en una sección llamada Curiosidades!). Pero luego dejé de hacerlo: a partir de 1999 se desarrolló entre las clases medias un sentimiento antipolítico, en el sentido más trivial del término (como si hubiera otro), que llegó a proponer votar a Clemente, el personaje de Caloi, porque no tiene manos y no puede robar… Comencé entonces a votar a importantes partidos que, en promedio, no superan el 3%. ¿Y por qué cuento todo esto? No sé. Ah, sí, ya lo recordé: estamos en un año electoral, se elige nuevo gobierno (¡a este ritmo nunca seremos Bélgica!). La Ciudad se llenó de grandes posters de políticos (donde años antes había carteles de las AFJP). No faltará oportunidad de ocuparnos de ellos. Pero para comenzar, como un tentempié, algo me llamó la atención. Son dos inmensos carteles (gigantografías, según la explícita jerga publicitaria) en el partido de Morón. En la Autopista del Oeste, mano hacia provincia, uno de Sabbatella. Se ve sólo su rostro y una leyenda: “Sabe gobernar”. El otro, en el centro de Haedo, es de Francisco de Narváez. Se lo ve en una fábrica, dándole un apretón de manos a un obrero industrial. Tiene también una leyenda: “Gobernar bien”. He aquí la pregunta del millón: ¿cuál es el afiche más progresista?

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