martes 09 de agosto de 2022
COLUMNISTAS opinión

Cuaderno de frases

Nunca fui fetichista con nada, pero si lo fuera, supongo que lo sería con cuadernos que compraría solo para transcribir frases de libros.

31-07-2022 03:26

Pensaba escribir este artículo y no entregarlo, iba a guardarlo en una silobolsa hasta conseguir cobrar un salario digno. Pero me arrepentí: me debo a mis lectores. No quiero decepcionar a las multitudes que, llueva o truene, se levantan un domingo a primera hora solo para leer esta columna (el fetichismo de la lectura y su secreto). Hablando de fetichismos, recuerdo ahora cierta vez, en la época en que yo publicaba en un sello perteneciente a un megaholding multinacional, que su director editorial me regaló, en Barcelona, una lapicera pluma fuente, hermosa y cara, gesto que, luego me enteré, solía hacer con otros escritores invitados a presentar sus libros en tal bella ciudad. Precisamente a uno de esos otros escritores le regalé la lapicera, desinteresado yo por esos asuntos y, a la inversa, entregado él al fetichismo de la colección de esos objetos. Nunca fui fetichista con nada, pero si lo fuera, supongo que lo sería con cuadernos que compraría solo para transcribir frases de libros que me fueron interesando recientemente. Como no tengo ningún cuaderno a mano (y además la Bic que estaba usando se quedó sin tinta) aprovecho este domingo de invierno para compartir aquí algunas de ellas. De Las medusas. Estética y terror, de Silvia Schwarzböck (Marginalia, Valparaíso, 2022) reparo en esta frase: “Lo que se trata de cambiar en el teatro, para triturar su aura, no es el drama, sino el escenario. El escenario –dice Walter Benjamin interpretando a Brecht– es ‘el abismo que separa a los actores del público como los muertos de los vivos’. Este abismo, constituido por el enterramiento de la orquesta, es el que revela, para el público, el origen sagrado del teatro. Por eso, por ser la garantía del aura teatral, el escenario se convierte, para Dadá igual que para Brecht, en el equivalente al Palacio de Invierno. Por todo lo que simboliza, hay que tomarlo. Pero cuando se lo quiere tomar, lo que se descubre es que ha perdido significado. El escenario ya no se eleva desde una profundidad inconmensurable: se ha convertido en un podio”.

De Zelarayán (Jorque Quiroga coordinador, Ediciones Biblioteca Nacional, Buenos Aires, 2015), compilación de ensayos en torno al escritor mencionado en el título, me detengo en la primera y la última frases de la introducción de Horacio González: “(…) Le tenía cierto temor porque las pocas veces que me encontré con él, en situaciones siempre de paso, me dedicaba alguna observación que, no por enigmática, costaba poco saber que era despectiva (…) pero a través de este libro vuelve a escucharse su voz, un cronista de una Entre Ríos desvanecida (…) y de una Buenos Aires que recorre como pordiosera del espíritu todas las formas de cultura (…) Y esa voz vuelve a asustarme”. Del mismo libro anoto esta frase de Luis Chitarroni (al pasar: Luis, arreglemos de una vez para vernos, antes de que la Argentina explote del todo o que la viruela del mono acabe finalmente con el mundo): “Mientras la industria editorial argentina convalece, Zelarayán ventea y no transige, desecha jerarquías, establece otras, se apasiona o se esconde en una sordera eficaz y suscita admiración, temor, desconfianza, cálida simpatía entomológica y comentarios de perdonavidas”. 

Tenía una de Trotsky, de Fuga en Siberia en un trineo de renos, pero me quedé sin espacio. La dejo para otro cuaderno.

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