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La gira por cuba y venezuela, los dichos de hebe y el caso Molina

DD.HH. estilo K

Mientras la casi totalidad del planeta contemplaba, entre absorta y admirada, la jornada del martes 20 de enero en la cual Barack Obama asumió como 44º presidente de los Estados Unidos, en algunas latitudes prevalecían episodios barrocos y desconcertantes.

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Mientras la casi totalidad del planeta contemplaba, entre absorta y admirada, la jornada del martes 20 de enero en la cual Barack Obama asumió como 44º presidente de los Estados Unidos, en algunas latitudes prevalecían episodios barrocos y desconcertantes. La Argentina, una vez más, se hizo notar, y en estos mismos días en los que el mundo se replantea cómo enderezar un rumbo extraviado y reconectarse con los más fuertes valores y principios de la libertad, la máxima autoridad formal de este país se complació en exhibirse con hombres y sistemas que acreditan la hegemonía de un sistema antidemocrático.

Una duda angustiante atribula siempre a quienes se proponen entender la realidad. ¿Hay que detenerse en las palabras? ¿O hay que consagrarse sólo a los hechos? Son preguntas un tanto tramposas, porque a menudo hay palabras que se convierten en hechos, y hay hechos esencialmente irrelevantes. Las palabras constituyen, se sabe.

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Pocos expresan mejor, en este sentido, el alma profunda del kirchnerismo que Hebe Bonafini, una mujer que (como reveló Sergio Schocklender en el reportaje que le hizo Jorge Fontevecchia en este diario el domingo pasado) combina una muy precaria educación formal con una frontalidad temible. Bonafini saludó así a Obama el 23 de enero, veinte años después del criminal ataque subversivo contra la guarnición militar de La Tablada: “No podemos olvidar que Obama es el imperio, no es que viene de otro lado. Es como lo mejor de lo peor: lo peor es ese imperio maldito que hizo lo que hizo, y él salió de ahí”.

Preocupada por que se le entendiera bien, añadió: “Aunque él se arrodille y su mujer y sus hijos, de ahora hasta el día que mueran, no van a pagar las masacres que hicieron en el mundo. No nos tenemos que olvidar que él es el imperio”.

Al general Raúl Castro le sirvió mucho el viaje de Cristina Kirchner a La Habana y el rato que le dispensó Fidel Castro. Pudo saberse, así, que para Cuba la llegada de Obama a la Casa Blanca suscita importantes y positivas expectativas. El hermano mayor del presidente cubano publicó en el diario Granma una pequeña columna, en la cual, además de consignar la vestimenta de Cristina y su férrea disciplina de entrenamiento personal de la argentina, aprovechó para insertar ese bocadillo esperanzado.

Pero aunque los enviados especiales a Cuba han mencionado en forma reiterada, seguramente por ignorancia o despiste generacional, la existencia de un “bloqueo” a la isla, en verdad Cuba no está bloqueada, ni mucho menos. Luego de la cuarentena impuesta por los Estados Unidos en 1961 al descubrir la instalación de rampas misilísticas soviéticas en la isla, y levantada cuando Moscú retiró los misiles, Cuba ha podido comerciar con todo el mundo. De hecho, desde 1962 y hasta el derrumbe de la URSS en 1990, se aprovisionó cotidianamente de petróleo ruso a través de una red de suministros que funcionó en forma ininterrumpida durante más de un cuarto de siglo.

Lo que existe es, claro, un embargo severo de los Estados Unidos a Cuba, medida obsoleta, injusta, ridícula e hiriente. Pero se trata de una decisión estrictamente norteamericana, mantenida desde el gobierno de Eisenhower hasta el de Bush hijo, y que afecta solamente a intercambios y vínculos entre los EE.UU. y Cuba. La Habana tiene relaciones con todo el mundo capitalista, particularmente intensas con Canadá, Europa occidental, Japón, América latina, Irán y, recientemente, Rusia y China. ¿Qué bloqueo?

En una oportuna columna publicada esta semana en Clarín, el diplomático argentino Carlos Pérez Llana hizo lo que ningún periodista había intentado: preguntarse por los intereses nacionales verdaderos que la Argentina puede proclamar en este acercamiento tan caluroso a Cuba y a Venezuela. El balance es patético por lo insignificante.

Si para Cuba valerse de Cristina para enviarle una señal de complacencia a Obama fue astuto y eficaz, para Hugo Chávez resulta de imponderable validez capitalizar las ventajas comparativas de la ganadería argentina y, por el mismo precio, florearse con la presidenta Kirchner a pocos días de un plebiscito del que debería surgir su posibilidad “legal” de dirigir a Venezuela sin mandatos ni plazos, para siempre.

En esta perspectiva, condicionar la indemnización al grupo Techint por la estatización de Sidor a un acuerdo mano a mano pactado por Chávez con Julio De Vido es otra muestra de la discrecionalidad dictatorial del venezolano que la Argentina convalida.

No resulta tampoco estéril consignar que Raúl Castro y Chávez son militares de carrera. El actual presidente cubano viste uniforme desde los años cincuenta y ha sido ministro de las Fuerzas Armadas desde hace medio siglo. Chávez es un militar formado en el ejército burgués y cada vez que puede se calza el atavío de fajina.

Es una extraña y sombría epifanía que la Argentina ande nuevamente en requiebros y relaciones íntimas con gente de uniforme, pero no es una novedad. El peronismo fue inventado por un hombre de uniforme. Durante los años cincuenta, el presidente Perón agasajó a dictadores de uniforme (Somoza, Rojas Pinilla, Pérez Jiménez, Ibáñez del Campo) y en su breve período final de los años setenta condecoró a Pinochet. La militancia peronista siempre tuvo corazón sensible para uniformados de todo el planeta, del egipcio Nasser al yugoslavo Tito, pasando por el peruano Velasco Alvarado, el boliviano Torres, el argelino Boumedienne y el panameño Torrijos. En los años setenta, a los dirigentes montoneros les encantaba vestirse de uniforme militar y fotografiarse, así disfrazados, en El Líbano, Nicaragua y Cuba.

Nada nuevo, pues, con una excepción aclaratoria. La retórica kirchnerista maneja con colosal impavidez una retórica antiimperialista que no se compagina, sino todo lo contrario, con su declamado justicierismo social. Cabe, así, preguntarse: ¿apoya o avala el gobierno de los Kirchner que el ciudadano argentino Roberto Quiñones siga sin poder recibir a su madre cubana, Hilda Molina, en este país? La prédica de los derechos humanos, recalentada desde 2003 por gente que durante los treinta años previos jamás se interesó por ellos, ¿cómo se corresponde y valida con hechos que revelan, precisamente, que son ignorados prolijamente por esos gobiernos con los que Cristina Kirchner viene de cordializar tan sobreactuadamente?

Omitir es decidir, ignorar es aprobar, callarse es opinar. Se trata de una ya arqueológica pasión del peronismo: si Juan Perón condecoró a Pinochet en 1974, Héctor Cámpora asumía el gobierno un año antes del brazo de Salvador Allende.

Férreamente antimarxista y a menudo portador de un anticomunismo troglodita, el peronismo siempre conservó, empero, cartas cubanas. La historia es prolífica en tal sentido. Cooke, Eguren, Villalón, Firmenich: durante décadas, La Habana aceptó e impulsó las mejores relaciones posibles con el peronismo. El peronismo retribuyó con lo mejor de sí mismo, su infinita capacidad de ser todo a la vez, simultáneamente y sin sonrojarse.

Nada nuevo lo de ahora. Ni siquiera alguna reflexión crítica, aunque sea atenuada, para con el papel de los cubanos de 1976 a 1983 respecto del terrorismo de Estado de la dictadura militar argentina.

El mismo kirchnerismo que acusó en marzo de 2004 a la democracia argentina nada menos que de “haber hecho silencio” sobre las atrocidades de esa dictadura en materia de derechos humanos, se refocila con esas autoridades cubanas, que ya lo eran en aquellos años y jamás condenaron en los foros internacionales a la Argentina de Videla, Massera y Galtieri, para no hablar de su apoyo a la dictadura tras el demencial desembarco en las Malvinas en 1982, incluyendo el abrazo de Nicanor Costa Méndez con los jerarcas de La Habana.

¿Cuál es el compromiso verdadero y principista del kirchnerismo con esos derechos humanos concebidos como valores de universal vigencia pero caricaturizados como herramienta de uso crudamente oportunista?

Conviene escucharla a Bonafini, pero no por su verdadero peso específico, claro, sino porque dice lo que piensan en Olivos: “A los medios, lo único que los preocupaba era si Cristina la iba a atender a la Molina (sic) o no la iba a atender, porque ellos siempre meten el dedo en la llaga. Tenemos que preguntar quién es esta mujer que tiene un pasado bastante negro, la señora Molina. Y también su hijo, averigüemos bien”.

Tenía razón Bonafini: era y es una llaga, como lo es que esta misma persona haya dicho, y jamás desmentido, que Julio López desapareció porque andaba en cosas raras y por algo será que sigue sin aparecer.

Hay en el sustrato profundo y sustantivo una discusión central que el cuerpo político argentino no quiere, o no puede asumir. Los modelos sobre los que se edifican los gobiernos a los que acaba de estrechar y elogiar Cristina Kirchner en efusiones embarazosas (su show junto a Chávez en Caracas fue impresentable) postulan, de una u otra manera, el partido único en el poder, la propiedad estatal de la economía, la eternización de los jerarcas en los cargos, la parcial o total hegemonía de los medios de comunicación estatales y un “internacionalismo” activo que implica desde intervenciones abiertas en asuntos de otros países a la relación estrecha con Irán, país con el que la Argentina tiene un conflicto abierto y no cicatrizado.

Por eso, cuando Bonafini proclama en Plaza de Mayo que “nos da mucho orgullo tener una presidenta como Cristina, ¡gracias a nuestra querida presidenta Cristina!”, existen motivos para formular juicios ominosos sobre el futuro de este país. La Argentina se exhibe dócilmente acostumbrada a contemplar sin inmutarse esta vocación nacional de seguir siendo leal al pasado más vetusto y obsoleto.

Pero como río subterráneo que fluye ineluctablemente mientras la Presidenta sigue conociendo al mundo, en la Argentina cotidiana se reiteran y reproducen indicios de un desmadre difícil de maquillar.

El Gobierno sigue tratando con exasperante parsimonia y supuesta prudencia a los cortapuentes de Entre Ríos. Lo que supo ser un movimiento amplio y fervoroso ahora se ha convertido en una pequeña patrulla de talibanes a los que la Casa Rosada respeta y mima como si se tratara de una parcialidad nacional que, dentro de la ley, opina de modo diferente de quienes conducen al país.

Las pretensiones de que Botnia contaminaba han colapsado y los informes técnicos (UBA, INTI, Greencross) coinciden en que no se puede demostrar que la fábrica uruguaya agreda al medio ambiente. Sin embargo, reducidos a tres docenas de fanáticos, los “ambientalistas” ahora vuelven a Buenos Aires para agarrársela con los pasajeros de Buquebus que van y vienen de Uruguay.

Todo el caso Gualeguaychú es un disparate majestuoso y sin precedentes, pero –eso sí– el Gobierno no “reprime”. Los cortadores de Gualeguaychú ya han tirado la toalla y se han sincerado: quieren un arreglo con los Kirchner para irse del puente. Ahí les irá muy bien: nadie supera al matrimonio presidencial en su capacidad de arreglar con rebeldes de rodillas voluntariosas.

En la Capital Federal, los estadistas de la Casa Rosada prosiguen su sofisticada y medular ofensiva estratégica contra el gobierno de Mauricio Macri, cuya gestión se sigue caracterizando por una aparentemente infinita capacidad de patear todas las piedras (Teatro Colón, Villa 31).

En su última pieza de análisis lacaniano-justicialista, el ministro Aníbal Fernández acusó al jefe porteño de ser “vago” e “inculto”.

Mientras, en la Argentina que esperaba luego de Fidel y Hugo, el Gobierno nacional sigue manipulando con audacia ilimitada las calamidades habitacionales de la Capital, para jaquear y asfixiar a un muy a menudo titubeante Macri.